Editorial

Sociedad de San Pablo, conversión necesaria

Los cambios son motivo para reparar lo necesario. Que la provincia mexicana absorba a la de Estados Unidos no es más que un signo que debería mover a cada paulino a la reflexión. No es motivo de alegría, más bien de profunda responsabilidad. Y nadie debe quedar impune. Hay responsables que deben dar cuenta de los talentos que Dios les entregó y prefirieron enterrarlos o robarlos

Editorial CCM

Con la creación de una nueva provincia en Norteamérica de la Sociedad de San Pablo, los signos de una reconfiguración no deben quedar meramente en un tema meramente administrativo y de estructura. Su impacto debe calar en la esencia y sentido de la acción apostólica, la radicalidad por el Evangelio, meterse en una dinámica de cuaresma para retomar el sentido de su creación.

En 1947, el padre Hugo Zecchin llegó a México para emprender la obra encabezada por Santiago Alberione. Su extensión fue ambiciosa. Pronto, los paulinos movieron y conmovieron. Sus publicaciones fueron punto obligado de consulta y motivo del debate de las ideas entre grupos católicos. “Familia Cristiana”, emulando a su similar italiana, fue incluso puesta en la mesa de políticos que veían en ese instrumento un “peligroso” elemento de cultura católica. “Vida pastoral” era esperada por cientos de párrocos y laicos como un subsidio indispensable de formación. Libros y publicaciones para hacer del nombre paulino un referente indiscutible que tuvo en sus manos instituciones de formación filosófica, de comunicación y administración de medios.

Los paulinos también estuvieron ligados a los planes nacionales y programas de rehabilitación de sacerdotes caídos en desgracia. Casa Alberione de Guadalajara fue pionera del programa que inspiró a diócesis y arquidiócesis enteras a tomar en cuenta un punto olvidado: el cuidado integral y el desarrollo humano de decenas de presbíteros. 

Quienes recuerdan el nombre de los paulinos tenían una marca, garantía de buena formación, de especialistas y peritos en comunicación, de sacerdotes capaces en el manejo de los modernos medios, de prensa, de ediciones con doctrina ortodoxa y reflexiva.

Sin embargo, algo se rompió al interior de la Sociedad de San Pablo México. Su imagen ahora es la de una comunidad cada vez más disminuida, apocada, eclipsada y sumida en los escándalos. Antes, sus librerías eran parada obligada para el lector católico, ahora sólo son aparadores de folletitos y estampitas. Los casi 60 paulinos de México, a los que ahora se suman aproximadamente otros 20 de Estados Unidos, muestran una congregación en agonía que, si sobrevive, es de puro milagro gracias a la intercesión de don Alberione.

Los abusos al interior de la Sociedad de San Pablo han sido encubiertos por una cúpula que se niega a soltar las riendas de la Sociedad y se ha enquistado como uno de los peores cánceres en el organismo. Tras el cese de uno de sus miembros, Juan Huerta Ibarra, especialistas en el seguimiento de abusos cometidos por clérigos han explorado hasta dónde llegó la responsabilidad de sus dirigencias para mover y esconder a un delincuente, expulsado de la congregación tras la presión de la víctima y de activistas.

El examen obligado es hacia los responsables de esta debacle con nombres y apellidos Provinciales que se han turnado en el cargo por periodos continuos beneficiándose mutuamente a la manera de los carteles, su responsabilidad lleva la pérdida de las vocaciones, de la salida de sacerdotes y, además, de la opaca administración, de los recursos y bienes de la Sociedad de San Pablo en México sin dejar de lado la gravísima responsabilidad por los encubrimientos de pederastas.

Esa dinámica implica dolor del pecado y reconocimiento sincero de las culpas. Hacer penitencia y reparar los daños. Sería muy fácil echar la culpa a otros o que las actuales descomposiciones se deben a la cultura de los tiempos infectando el carisma inspirado a uno de los apóstoles más creativos, fuertes, dinámicos y amantes de Cristo y san Pablo, el beato Santiago Alberione.

Los cambios son motivo para reparar lo necesario. Que la provincia mexicana absorba a la de Estados Unidos no es más que un signo que debería mover a cada paulino a la reflexión. No es motivo de alegría, más bien de profunda responsabilidad. Y nadie debe quedar impune. Hay responsables que deben dar cuenta de los talentos que Dios les entregó y prefirieron enterrarlos o robarlos. Sin lugar a duda, los paulinos tienen grandísimos vacíos, una escasa asistencia pastoral y nula presencia apostólica social. Su esplendor se apagó hace mucho tiempo, pero ese mismo da oportunidades. Una conversión es necesaria para llegar a la resurrección.

  

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