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La Iglesia necesita comunicar a Cristo

La Iglesia necesita comunicar a Cristo

Concilio Vaticano II

Pbro. Glenm Gómez Alvarez

El anuncio del Evangelio, considerado como una propuesta o un servicio, no está pensado para seres abstractos, sino para cada persona, real, concreta, histórica, asentada en una situación particular y marcada por tendencias sicológicas, ideológicas, sociales, políticas, económicas, culturales y religiosas, porque “todos han sido comprendidos en el misterio de la redención”.

Con el Concilio Vaticano II la Iglesia anima la esperanza en medio de condiciones existenciales difíciles para una humanidad que, después de la II Guerra Mundial, se articuló en un nuevo orden internacional que derivaría en la guerra fría, la división mundial en bloques capitalistas y socialistas, amén de diversas crisis geopolíticas. Asimismo, aquellas sociedades posguerra, inmersas en distintas circunstancias, experimentaban el surgimiento de nuevos movimientos culturales.

Los gloriosos 50s…

La década de los años cincuenta es una preparación inmediata al concilio. Juan XXIII, haciendo lectura objetiva de los signos de los tiempos, condujo a la Iglesia a una renovación pastoral que partía del conocimiento de la realidad y buscaba, mediante la penitencia y no el triunfalismo, la purificación de conciencias y estructuras.  “El hecho de que por medio de la penitencia se pueda cambiar y dejarse cambiar es un don positivo, un regalo.”

 ¿Cuál era el panorama en aquella década? A modo de revisión, destacamos el ascenso al trono de la monarquía británica de la reina Isabel II, recién fallecida. Eran tiempos en los que el mundo sucumbía ante el rock & roll y las ligas moralistas censuraban las “escandalosas” contorsiones de cadera de Elvis Presley.

Empieza la televisión a color, conjuntamente, al Movimiento de los Derechos Civiles que pretendía ponerle fin a la segregación racial en Estados Unidos. El ADN humano es descubierto y poco después, se realiza el primer trasplante de órganos humanos (riñón). La revolución cubana triunfa, mientras la dictadura del “caudillo” y “generalísimo” Franco, en España, se afianzaba.

En 1958 se fundó la Comunidad Económica Europea y Estados Unidos pone en órbita el satélite Explorer 1, llegando con retraso a la carrera espacial iniciada por el satélite artificial soviético Sputnik 1, lanzado el 4 de octubre de 1957.

La Iglesia no era ajena a todos esos cambios, aunque observados con reserva y preocupación. Pio XII, con una particular interpretación cristiana y teocéntrica, afirmaba: “si miramos cuidadosamente las causas de tantos peligros, presentes y futuros, vemos fácilmente que las decisiones, las fuerzas y las instituciones de los hombres están inevitablemente destinadas al fracaso, si la autoridad de Dios, que ilumina las mentes con sus mandatos y sus prohibiciones, que es principio y garantía de la justicia, fuente de verdad y fundamento de las leyes-, o se descuida, o no se coloca en el lugar que le corresponde, o incluso se suprime. Toda casa que no descansa sobre cimientos sólidos y seguros, se derrumba; toda inteligencia, que no es iluminada por la luz de Dios, se aleja más o menos de la plenitud de la verdad… Ahora bien, sólo la religión cristiana enseña esta verdad plena, esta justicia perfecta y esta caridad divina, que elimina el odio, la animosidad y las luchas”.

Juan XXIII

Pio XII, que ha estado al frente de la Iglesia desde 1939 muere a sus 82 años, el 9 de octubre de 1958 y el 28 de octubre de ese año, en el cuarto día del cónclave, con 76 años de edad,​ es electo Angelo Giuseppe Roncalli quien opta por el nombre de Juan XXIII.

El nuevo papa, a sólo tres meses de su pontificado, comunicó la convocatoria de un concilio ecuménico ante un grupo de cardenales presentes en la Basílica de San Pablo Extramuros- Roma- el día 25 de enero del año 1959.

El 29 de abril de ese año, Juan XXIII dirá que el anuncio del Concilio Ecuménico fue inspiración del Espíritu Santo que anima a la Iglesia a un “aggiornamento” (puesta al día) para que se acerque al mundo actual y transmita el Evangelio a los hombres y mujeres de estos tiempos.

 Más tarde, con la encíclica Mater ed Magistra, sus opciones pastorales quedan reflejadas: “La santa Iglesia, aunque tiene como misión principal santificar las almas y hacerlas partícipes de los bienes sobrenaturales, se preocupa, sin embargo, de las necesidades que la vida diaria plantea a los hombres, no sólo de las que afectan a su decoroso sustento, sino de las relativas a su interés y prosperidad, sin exceptuar bien alguno y a lo largo de las diferentes épocas.”

En la Navidad de 1961, la bula papal Humanae salutis, ofrece detalles sobre el próximo concilio, que se constituirá, todo él, en un verdadero acto comunicacional en el que la Iglesia como estructura social se abre a los nuevos tiempos para interactuar y avanzar en la comunión ad intra y la misión ad extra. De este documento destaco algunos aspectos:

  • La Iglesia existe para comunicar el Evangelio a todas las gentes y lo hace teniendo como apoyo y garantía de su misión la consoladora promesa de Jesús: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos» (Mt 28,20).
  • Los tópicos a tratar en el eventual concilio, brotaron del “oír”, primeramente, al Colegio cardenalicio, al Episcopado de todo el mundo, a la Curia romana, a los superiores generales de las órdenes religiosas, a las universidades católicas y a las facultades eclesiásticas.
  • La Iglesia es consciente de una grave crisis de la humanidad, que traerá consigo profundas mutaciones: “Un orden nuevo se está gestando, y la Iglesia tiene ante sí misiones inmensas, como en las épocas más trágicas de la historia. Porque lo que se exige hoy de la Iglesia es que infunda en las venas de la humanidad actual la virtud perenne, vital y divina del Evangelio.”
  • Como servidora del Reino de Dios, sin ignorar los males que la humanidad experimenta, “Nos, sin embargo, preferimos poner toda nuestra firme confianza en el divino Salvador de la humanidad, quien no ha abandonado a los hombres por Él redimidos.”
  • Mas aún, “siguiendo la recomendación de Jesús cuando nos exhorta a distinguir claramente los signos… de los tiempos (Mt 16,3), Nos creemos vislumbrar, en medio de tantas tinieblas, no pocos indicios que nos hacen concebir esperanzas de tiempos mejores para la Iglesia y la humanidad.”
  • La Iglesia es una instancia en relación y comunicación permanente no ha sido una “espectadora pasiva ante la evolución de los pueblos, el progreso técnico y científico y las revoluciones sociales; por el contrario, los ha seguido con suma atención. Se ha opuesto con decisión contra las ideologías materialistas o las ideologías que niegan los fundamentos de la fe católica. Y ha sabido, finalmente, extraer de su seno y desarrollar en todos los campos del dinamismo humano energías inmensas para el apostolado, la oración y la acción.”
  • Finalmente, señala que este Concilio “ecuménico y universal” que quiere abrirse al mundo será, sin duda, la circunstancia para “llamar la atención de todos nuestros hijos para que, con su colaboración a la Iglesia, se capacite ésta cada vez más para solucionar los problemas del hombre contemporáneo.”

Apertura del Concilio, 11 de octubre de 1962

Con ocasión a la solemne apertura del Concilio Vaticano II, junto al sepulcro de San Pedro en Roma, el jueves 11 de octubre de 1962, Juan XXIII inicia su discurso resaltando la vitalidad de la Iglesia y el enorme reto que representa la enseñanza de la Iglesia, en forma excepcional “a todos los hombres de nuestro tiempo, teniendo en cuenta las desviaciones, las exigencias y las circunstancias de la edad contemporánea.”

Hay, todavía, en la propuesta de Juan XXIII una interpretación restrictiva de la realidad o, dicho de otro modo, una manera particular de entender los acontecimientos a partir de la divergencia de la sociedad (occidental) con respecto a los fundamentos cristianos, señalando que el gran problema planteado al mundo, desde hace casi dos mil años, subsiste inmutable: “Cristo, radiante siempre en el centro de la historia y de la vida; los hombres, o están con El y con su Iglesia, y en tal caso gozan de la luz, de la bondad, del orden y de la paz, o bien están sin El o contra El, y deliberadamente contra su Iglesia: se tornan motivos de confusión, causando asperezas en las relaciones humanas, y persistentes peligros de guerras fratricidas.”

Igualmente, persiste el anhelo de retorno al “antiguo orden” o quizás, una visión idílica de los efectos del concilio para el mundo: “Iluminada la Iglesia por la luz de este Concilio —tal es Nuestra firme esperanza— crecerá en espirituales riquezas y, al sacar de ellas fuerza para nuevas energías, mirará intrépida a lo futuro. En efecto; con oportunas “actualizaciones” y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales.”

Ahora bien, Juan XXIII examina desde una óptica optimista las circunstancias históricas que eran descifradas por algunos miembros de la Iglesia como “prevaricación y ruina”. Para estos sectores la época actual que vivía la Iglesia, comparada con las pasadas, ha ido empeorando. El papa critica duramente esta percepción de quienes se comportan “como si nada hubieran aprendido de la historia, que sigue siendo maestra de la vida, y como si en otro tiempo todo hubiese procedido con un triunfo absoluto de la doctrina y de la vida cristiana, y de la justa libertad de la Iglesia.”

A estos profetas de calamidades, “avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente”, el papa  les recuerda que en el presente momento histórico, “la Providencia nos está llevando a un nuevo orden de relaciones humanas que, por obra misma de los hombres, pero más aún por encima de sus mismas intenciones, se encaminan al cumplimiento de planes superiores e inesperados; pues todo, aun las humanas adversidades, aquélla lo dispone para mayor bien de la Iglesia.”

Hay una observación extraordinaria respecto a la actual libertad de la Iglesia de frente a los poderes civiles, políticos y económicos, al punto de afirmar que los concilios precedentes se celebraron con “gravísimas dificultades y amarguras, por la indebida injerencia de los poderes civiles.”  Y subraya: “Verdad es que a veces los príncipes seculares se proponían proteger sinceramente a la Iglesia; pero, con mayor frecuencia, ello sucedía no sin daño y peligro espiritual, porque se dejaban llevar por cálculos de su actuación política, interesada y peligrosa.”

¿Cuál era el objetivo principal del Concilio?  A esta pregunta Juan XXIII responde que el fin será la defensa y revalorización de la verdad: “El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado en forma cada vez más eficaz” y, sin apartarse de él, “mirar a lo presente, a las nuevas condiciones y formas de vida introducidas en el mundo actual, que han abierto nuevos caminos para el apostolado católico.”

“Misericordiae medicinam”

El papa introduce la necesidad de buscar nuevas formas de comunicar el Evangelio a la sociedad pues, “una cosa es la substancia de la antigua doctrina, del “depositum fidei”, y otra, la manera de formular su expresión; y de ello ha de tenerse gran cuenta —con paciencia, si necesario fuese— ateniéndose a las normas y exigencias de un magisterio de carácter predominantemente pastoral.”

Es interesante que a la afirmación “predominante pastoral” sobreviene una estrategia que define la relación de la Iglesia con el mundo, ya no condenando con severidad sino usando la “medicina de la misericordia”: La Iglesia “quiere venir al encuentro de las necesidades actuales, mostrando la validez de su doctrina más bien que renovando condenas.”

 La Iglesia, sin renunciar a la verdad religiosa, quiere mostrarse “madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad para con los hijos separados de ella.”

En esta perspectiva amplia y universal, el papa anima a que la Iglesia promueva en el mundo la unidad de la familia cristiana y humana pues estima, como un deber suyo, “el trabajar con toda actividad para que se realice el gran misterio de aquella unidad que con ardiente plegaria invocó Jesús al Padre celestial, estando inminente su sacrificio.”

Este tema será eje en su encíclica Pacem in terris:  “Por tanto, entre las tareas más graves de los hombres de espíritu generoso hay que incluir, sobre todo, la de establecer un nuevo sistema de relaciones en la sociedad humana, bajo el magisterio y la égida de la verdad, la justicia, la caridad y la libertad: primero, entre los individuos; en segundo lugar, entre los ciudadanos y sus respectivos Estados; tercero, entre los Estados entre sí, y, finalmente, entre los individuos, familias, entidades intermedias y Estados particulares, de un lado, y de otro, la comunidad mundial. Tarea sin duda gloriosa, porque con ella podrá consolidarse la paz verdadera según el orden establecido por Dios.”

Vale decir que Juan XXIII será reconocido por su apuesta al diálogo cuando la crisis de los misiles de Cuba amenazaba, nuevamente, al mundo.  En 1962, mientras se celebraba ya el Concilio, Roncalli sorprendió a tirios y troyanos al pedir que Washington y Moscú, en las personas de sus lideres Nikita Kruschev y John F. Kennedy, no permanecieran sordos «ante la angustia de la Humanidad».

Así, el 25 de octubre de 1962, Juan XXIII dirigió un mensaje “a todos los hombres de buena voluntad”, texto que previamente había enviado a las embajadas soviética y americana en Roma y donde el papa pedía el inicio de las negociaciones para poner fin al conflicto. El día 26, Khrushchev envió una carta a Kennedy, donde proponía un debate sobre desarme y donde pedía que Cuba no fuese invadida por las tropas americanas. Kennedy por su parte, respondía prometiendo que cesaría el bloqueo a la isla, si la URSS sacaba las rampas de misiles soviéticos. Finalmente, el 28 de octubre, Khrushchev aceptaba la propuesta de Kennedy.

Volviendo al discurso de apertura, encontramos una exclusiva mención al Espíritu Santo y se hace en función de la necesaria comunión que el Concilio exige para lograr que el común trabajo – entiéndase “serenidad de ánimo, concordia fraternal, moderación en los proyectos, dignidad en las discusiones y prudencia en las deliberaciones”- corresponda a las actuales aspiraciones y necesidades.

Juan XXIII, llamado por el Papa Francisco como “el papa del Espíritu Santo”, en la solemnidad de Pentecostés de 1962, indicaba: “Pronto el mundo podrá ver con sus ojos lo que es el Concilio; qué maravillas sabe ofrecer la Santa Iglesia católica en la luz de su divino Fundador Jesús, cómo la quiso, la hizo y a lo largo de los siglos sigue vivificándola entregada a la salvación de todas las almas y de todas las gentes… El Concilio Vaticano Segundo quiere lograr en forma espontánea y de aplicación amplísima expresar lo que Cristo representa todavía y hoy más que nunca como luz y sabiduría, como dirección y estímulo, como consuelo y mérito de sufrimiento humano en la vida presente y garantía de la futura.”

El optimismo de Juan XXIII fue puesto a prueba y, sobre el particular, decía Monseñor Loris Capovilla, secretario particular que el papa: “Solía repetir a menudo un aforismo atribuido a san Bernardo: “Ver todo, soportar mucho, corregir sólo una cosa cada vez”. Y añadía: “Pero trabajar siempre, y no darse la vuelta hacia la otra parte de la almohada para dormir”. Sí, el Papa Juan fue un optimista. “Nunca he conocido a un pesimista –decía- que haya concluido algo bien. Y ya que nosotros hemos sido llamados a hacer el bien, más que a destruir el mal, a edificar más que a demoler, por eso me parece tener todo en orden y deber proseguir mi camino de búsqueda del bien, sin dar más importancia de la debida a los diversos modos de concebir la vida y de juzgarla…”

Juan XXIII tuvo un breve pero productivo pontificado y será recordado como el papa que permitió a la Iglesia Católica comunicarse con los hombres y mujeres en los tiempos modernos.

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