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Hace 5 años…

1985 y 2017 son dos años que han quedado marcados para siempre en la conciencia colectiva. Hemos avanzado, sin duda, en la cultura de la protección civil gracias a la ciudadanía, pero también hay evidencias de la falta de voluntad para reconstruir lo caído.

Editorial CCM

En 2017, un sismo coincidió con el recuerdo de aquel de 1985. Nadie creía que, tras el simulacro general, la realidad sería dramática y tremenda. Días antes, el 7 de septiembre de ese año, Chiapas y Oaxaca fueron sacudidos por un terremoto sin precedentes en casi un siglo devastando amplias zonas, dejando a miles sin vivienda y afectando el patrimonio cultural y religioso de ambas entidades.

Era fatídico presagio que abrió la herida que el sismo de 1985 había dejado en la conciencia de los capitalinos. En 2017, el terremoto que partió la Ciudad de México, entró por una zona impensable, el estado de Morelos. A 120 km al sur de la ciudad, las condiciones de la tierra incrementaron tanta energía que provocó la muerte de 369 personas, 57 edificios se derrumbaron, el patrimonio histórico quedó seriamente dañado, además de un número importante de personas gravemente heridas. 

Tras el sismo, los daños comenzaron a emerger particularmente en el sur de la Ciudad. De los más paradigmáticos fue el colegio Rébsamen. A cinco años de la tragedia es increíble que aun sigan los procesos: murieron 19 niños y siete adultos y en el 2022, los padres de familia claman por la justicia que no acaba de llegar cuando dos personas fueron sentenciadas: Mónica García Villegas y Juan Mario Velarde Gámez, pero sin que autoridad alguna haya respondido por la negligencia en otorgar permisos para la construcción y operación del colegio.

El mejor aliado para tapar estas irregularidades y omisiones es el paso del tiempo. En los subsecuentes días al sismo, la sociedad civil fue la primera en llegar a las zonas colapsadas para ofrecer ayuda incondicional. Rescatistas alzando el puño para indicar que alguien estaba bajo los escombros, se convirtió en símbolo de resistencia para a convocar a cientos para lograr una labor increíble la cual hoy muchos agradecen.

Pero en este país, las cosas, muchas veces, viven de las ilusión de las promesas. Todavía en 2018 existían damnificados de 1985 viviendo en campamentos irregulares como el de Colector 13 en la Gustavo A Madero. Despúes del temblor de 2017, todavía se perciben las heridas que no cierran. Uno de los sectores más afectado fue la Iglesia cuyo patrimonio cultural aun espera soluciones eficaces que permitan la rehabilitación de decenas de templos y parroquias. En el epicentro, el Estado de Morelos, el secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano y obispo de Cuenavaca, Ramón Castro Castro, presentó unas fotografías del templo de Santiago Apóstol en Jiutepec. Constató la ruina del templo, inhabilitado y en escombros, sostenido por estructuras metálicas que impiden lo que parece inevitable, el colapso. En la diócesis de Cuernavaca, 240 templos fueron afectados en 2017.

La dura crítica del obispo de Cuernavaca por la falta de apoyos no se hizo esperar siendo categórico: “El problema es también que ni hacen ni dejan hacer!”, sentencia que exhibe la falta de voluntad política para reconstruir lo afectado.

Esa situación es la punta del iceberg de situaciones más complejas en la presente administración. Tras el sismo de 1985 fueron creadas instituciones para afrontar las consecuencias de los fenómenos naturales como Centro Nacional para la Prevención de Desastres y el Fondo de Desastres Naturales -Fonden- Hoy, el Fideicomiso del fondo no existe y los recursos son de difícil comprobación, opacos y al arbitrio de funcionarios que no brillan precisamente por la transparencia.

1985 y 2017 son dos años que han quedado marcados para siempre en la conciencia colectiva. Hemos avanzado, sin duda, en la cultura de la protección civil gracias a la ciudadanía, pero también hay evidencias de la falta de voluntad para reconstruir lo caído. Hoy parece existir un sistema de protección civil conducido por incompetentes y la respuesta a desastres no ha sido la mejor ni la más efectiva. Hace 5 años, la naturaleza implacable exhibió las carencias de un sistema político. ¿Qué tanto hemos aprendido las lecciones?

 

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