Nacionales

Los Patos

Hogares Providencia Padre Chinchachoma i.a.p.

Metro Candelaria Ciudad de México.

Estación, subterránea, del metro de la CDMX, los patos.

Arriba, la Iglesia de San Jeronimito, capilla ubicada en un suburbio.

Dentro de ella una placa de metal en el suelo, que a la letra dice: “P. Alejandro García-Durán de Lara, Padre Chinchachoma, Sacerdote escolapio. Fundador de los Hogares Providencia. 28 de junio de 1935- 8 de julio de 1999. AMAD”

Con motivo del aniversario de muerte, o mejor, nacimiento a la vida nueva.

Una vida que se recuerda, una palabra que inquieta: ¡AMAD!

AMAD resume la vida del Chincha. Pero, ¿a quién? A Dios  y al callejero: niño, niña, varón, mujer, anciano, pero pobre. En el amor caben todos. ¿A cual quiera? ¡No!, al más pobre, al más necesitado, al abandonado, a quien nadie atiende. ¿Quién es el abandonado? No hay margen de error: en la revelación que Dios le dio al Chincha es el miserable, quien está por debajo de la palabra pobreza. Ser pobre es triste, miserable es cruel y trágico, inhumano.

Los alrededores de San Jeronimito están llenos de miserables. Hombres y mujeres fuera de este mundo por la droga y el alcohol, y quien sabe que otras cosas más, que a simple vista se ve que les ha quitado la vida. Sus cuerpos mugrientos huelen mal, su aspecto descompuesto, sucio, genera miedo a los transeúntes que ni siquiera quieren tocarlos. Arrumbados en las esquinas, en las banquetas, orinados y adormilados, apenas existen, o si existen, es porque estorban. Están acostados literalmente en la entrada del metro, en las calles por donde hay que pasar necesariamente. Los gestos de desaprobación sin evidentes: estorban.

La basura es parte del escenario y el mal olor es un hedor característico del abandono.  Lo que no se abandona huele bien. Aquí la pobreza no solo se ve, se respira. Los puestos de comida se entremezclan con la suciedad del entorno, pero están repletos de gente sencilla. Es el comedor de los pobres, el restaurante de los jodidos. Aquí no veo personalidades ni exclusividades, sino seres anónimos que buscan erradicar el hambre a bajo costo, y a perros que buscan encontrar las sobras que caen al suelo para saciar el hambre. Las manos sucias de los comensales no se distinguen de las que preparan los alimentos. Aquí todos son iguales y nadie cuestiona nada. El vocabulario soez es la melodía que acompaña el ambiente junto al sonoro ruido de los carros apilados alrededor, pero a nadie le importa. Los intelectuales, los bien vestidos, los sabios de este mundo están en otros lados. ¿Quizá Dios también? ¿Dios está ausente aquí?

Los mendigos abundan, los hay en otras partes del país y del mundo, es seguro, pero aquí están visibles. Frente a San Jeronimito distingo un basurero. ¡No, no es un basurero! ¡Allí vive gente! La pocilga da frente a la Capilla desde donde se ve la imagen de un  Cristo colgado en la pared. Si ellos lo miran, entonces, el Cristo también. ¿Qué mirará el Cristo colgado? ¿Qué mira Dios cuando ve este escenario? ¿Estará conforme? ¡No! Me niego a pensar en un Dios fuera de este mundo. Dios está aquí y lo ve todo, y lo padece porque es suyo. Esto es suyo.

Por las calles de la plaza y el gran mercado (tianguis se dice aquí) deambulan mujeres que venden su cuerpo a bajo costo. Alguna de ellas se ve muy joven para estar ya en el oficio; la mayoría, mujeres pobres y de tez morena, del interior del país. Arregladas exteriormente, hacen resaltar su femeneidad para “rentarse”. En ello no habrá nunca amor, más bien uso. Las miradas lascivas de los ávidos de placer voltean a verlas, pero no ven una mujer, ven deseo barato. Es muy de mañana para que haya clientes, ¡pero los hay! En las esquinas dialogan, no, mejor, intercambian, negocian el costo-beneficio. La miseria es un mal que engendra males. El mal no es querido por Dios, es consentido por cada hombre y mujer. Resulta infantil responsabilizar a Dios por todos los males.

Contemplando esto, reafirmo: Dios no puede querer la miseria. La miseria es un pecado, en términos religiosos; una putada en términos llanos. La miseria no se expone en grandes foros públicos, la miseria se erradica con acciones reales. La pobreza es un mal social.

El AMAD del Chincha se parece al AMAD de Jesús, reparo. El amor que se piensa no es amor. El amor mental es un absurdo. El amor que no se hace vida es una bella quimera. El amor cristiano es acción, compromiso. El AMAD de Jesús no se explica sin el prójimo, sin el necesitado. El AMAD del Chincha no se comprende sin los miserables, los de la calle, los desamparados, los sin nadie. Pero no es un amor que se conforma: es un amor que todo lo cambia.

El AMAD del Chincha tenía un destinatario concreto: el prójimo sufriente, el de la candelaria, de la estación los patos, el de la calle, el de la prisión, el de los olvidados. En sus escritos se habla del pobre, pero aquí el pobre adquiere rostro y cuerpo. La miseria tiene aspecto horrible y repugnante. Todos los discursos acerca de los pobres no tienen sentido ni razón de ser sino van acompañados de acciones liberadoras, redentoras. La pobreza no se celebra, se erradica. Por eso, algo está mal en los discursos que hablan de los pobres: están mal porque no están acompañados de acciones.

            Este es mi mandamiento nuevo dijo Jesús: “ámense los unos a los otros como Yo los he amado” (Jn 13,34-36). ¡Ámense! La redención de los pobres y los miserables no está solo en el dinero, sino en el amor. El amor lleva a mirar al otro como mi prójimo. El gran proyecto humano de Jesús era este: Dios y el prójimo, unidos en comunión de amor. Las desigualdades son responsabilidad de los hombres no de Dios.

            ¡AMAD!, todo parte del amor. No hay acción bella que no sea el resultado del amor. El amor que se guarda para uno mismo no es amor. El amor es para darlo. El amor libera del egoísmo, de los miedos, de las falsas seguridades. El amor vence al odio, a toda clase social que separa y distingue. El amor mira al otro como hermano, como hermana, no como enemigo. Por amor uno es capaz de vencer todo prejuicio. El amor auténtico acerca. El amor lleva a realizar obras que la razón no entiende. “El amor es más fuerte que la muerte” (Cantar de los Cantares 8,6 ).

            El amor del Chincha tenía su fuente en al amor divino. Dios me ama, yo lo amo, soy amor. El amor que experimentó en Dios fue el mismo amor que transmitió a los callejeros. Dios te ama, yo te amo, somos fruto del amor. No se trataba, por lo tanto, solo de un amor filántropo, que tanto bien hace, sino de un amor que dignificaba la misma naturaleza humana y que partía de Dios mismo. En “el Dios te ama” estaba impresa la más alta pasión contemplativa de la vida divina. Detrás de la suciedad,  de la mugre, de la pestilencia, del mal olor, hay un hijo y una hija de Dios. Detrás de cada uno de ellos hay un hermano y una hermana.

Y esto no aplica sólo para los miserables. En el corazón de Dios hay cabida para todos, pero no todos quieren estar en él. Algunos optan por una felicidad pasajera, terrena, tangible, apegados a los bienestares de esta vida. Saben que no será para siempre, porque la vida dura poco, pero se contentan con ésta, porque ésta es la única que les satisface. La vida futura  puede esperar, ahora hay que gozar el presente.

El AMAD de Jesús, y del Chincha, no cayeron bien, no fueron aceptados sin más. Abrazar la miseria no es de este mundo, ni es para todos. De los males hay que estar lejos, hay que construir murallas, paredes, rejas, poner guardias, es algo de lo que hay que huir, de lo que no debemos contaminarnos. Por eso hay que pasarse a la otra acera cuando te encuentres con un mendigo, porque es probable que te robe algo. Su aspecto lo delata. De los miserables tiene que encargarse alguien, de preferencia otros.

La fuerza del AMAD no solo cuestionó a los hombres, por así decirlo,  materialistas. También aquellos que presumen de un gran espíritu se escandalizan ante el amor real a los miserables. Jesús contó un día que un mendigo yacía en el suelo y que nadie lo atendió. Dos personajes bien identificados, cuya identidad quedó desnuda, hombres ellos religiosos y creyentes, pasaron de largo sin mirar al hombre que está tumbado en el suelo. Y solo uno, un samaritano, un hombre cualquiera debe interpretarse, que no tenía nada de qué presumir y que de seguro ni creyente era, fue capaz de hacer algo por él. Los oyentes de  Jesús se escandalizaron, empuñaban las manos, se les endureció el rostro, en son de protesta por el ejemplo tan burdo de lo que debe ser un hombre de Dios (Lc 10,25-37). Para Jesús, un hombre de Dios, una mujer de Dios es la que está con los demás. Y, aún más, con los que menos son queridos en esta tierra. En definitiva, un pensamiento al revés… Y en otro pasaje remató: “que de bueno tiene el amar a quien ya te ama; hay que amar a quien no te ama” (Mt 5,43-48; Lc 6,27-36). El amor cristiano no es condicional, no espera ser retribuido, no espera compensación alguna. En definitiva, no busca el aplauso de nadie.

Quienes vieron al Chincha en acción se escandalizaron también. Los hombres de Dios no andan sucios ni andrajosos, ni copian a los desposeídos en su vestir y en el descuido de su persona. Los hombres de Dios deben vestir pulcramente, no se rozan con la suciedad, ni comen con ellos, mucho menos su comida sucia. Los hombres de Dios no hablan con el que roba, con el que se droga, con el alcohólico, y mucho menos tienen por amigas a unas putas. Los hombres de Dios son separados para otros menesteres, están allá, en la lejanía, discurseando sobre un amor imaginario, que conmueve por irreal. Son letrados, intelectuales, hablan con palabras elegantes, refinadas. Se juntan en reuniones para planear, programar la vida cristiana para los demás, y llaman a esto necesario. Nada de pensar en los baldíos, en rescatar almas perdidas en los basureros; nada de codearse con los miserables de la estación de los patos de la Candelaria, y de tantos baldíos que hay en todos los países del mundo. ¡Ese es trabajo de otros! Los que piensan son necesarios, dicen, y se regodean en sus argumentos que solo a ellos convencen. Cierran tratos, planes y programas los llaman, con sonrisas y apretones de manos, y por qué no, con un buen vino. Los hombre de Dios viajan mucho  y conocen el mundo, no se conforman con visitar la estación de los patos.

Hablan del hambre teniendo suficiente pan en sus mesas, del frío en sus grandes palacios, de soledad en compañía, aunque no toda agrade, para ser sincero. Señalan a los cuatro vientos las injusticias en el mundo, se enojan, se molestan, elevan el tono de voz, son de pensamiento global, pero no se les ve a menudo teniendo la misma acción del samaritano, de la parábola que un día fue puesta en labios de Jesús, porque no hay tiempo. Además, los pecadores y desafortunados deben venir a los templos, ¡no al revés! La gran propuesta de Jesús es salir al encuentro del otro, así como Dios sale todos los días a nuestro encuentro sin reparar en quiénes somos.

AMAD no es cuestión de dinero. El dinero no redime, alivia, es útil, pero no salva. Lo que salva es el encuentro con el hermano, el amor compartido, el alimento hecho común unión, el caminar juntos. ¿Qué es el amor sin mirada?, ¿qué el amor sin roce?, ¿qué el amor sin sonrisas intercambiadas? Lo que se ama se toca, se conoce, se respira. El amor abstracto no es amor. El amor cristiano precisa de la cercanía con los demás. Ya sé que no todos van a estar en Los Patos. Pero todos podemos hacer algo por cada hombre necesitado que camina a nuestro lado. La donación, el compartir, es un acto generoso de amor que nos vuelve más humanos no más religiosos.

El Chincha decidió ir a vivir con los suyos, decidió tomar la Candelaria por campo fértil para Dios y por hogar propio. Ahora allí descansa su cuerpo, junto a los suyos, donde va a rezar, o mejor dicho, dialogar el miserable.

Amad. Todo se reduce al amor. El amor obra maravillas. En el amor no hay distinción de personas, solo hay hermanas y hermanos. El amor no entiende de religiones. El amor siempre hace el bien a los demás.

 

Reyes Muñoz Tónix. SchP                                hogarescalasanzmexico@gmail.com

 

Padre Chinchachoma i.a.p.

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