Editorial

Arremete COVID-19 a episcopado Mexicano

Cuatros obispos eméritos murieron, tres de ellos por complicaciones asociadas por el covid-19. Un número elevado considerando que en lo que va de la pandemia, siete prelados dejaron de existir por la enfermedad y cerca de 40 estuvieron infectados.

Editorial CCM

La expansión de la variante ómicron del covid-19 sigue ascendiendo, provocando millones de contagios mientras los gobiernos, organismos internacionales y sistemas de salud aplican acciones y estrategias para contener lo más posible al temido virus. El 11 de enero de 2022, un comunicado de la Organización Mundial de la Salud señaló que “el virus SARS-CoV-2 no ha dejado de evolucionar” y cataloga a las cinco variantes como “preocupantes” afirmando que “es de prever que el SARS-CoV-2 siga evolucionando, por lo que es improbable que ómicron sea la última variante preocupante”.

En México, el ritmo de contagios prosigue vertiginoso a pesar de que las cambiantes afirmaciones de las autoridades de la Secretaría de Salud que pronostican un pronto descenso minimizando las consecuencias del virus. Hasta el 5 de febrero, más de 5 millones 140 mexicanos habían contraído la enfermedad y las defunciones acumuladas son de más de 309 mil. Aunque se afirma que ómicron es menos letal, los decesos se cuentan por más de 500 personas diariamente en esta ola.

Lamentablemente, la Iglesia católica de México ha resentido este impacto. Millones de católicos han padecido la enfermedad o han muerto. Desconocemos sus nombres e historias de vida, su lucha particular y los anhelos frustrados o que jamás se habrán de consumar debido a la prematura muerte en esta pandemia. Este golpe llegó hasta los pastores y ministros. Al 14 de enero, 264 sacerdotes, 13 diáconos permanentes y 10 religiosas dejaron este mundo al perder la lucha contra el virus.

En cuanto a los obispos, la Iglesia de México sufrió un duro golpe esta semana que concluye. Cuatros obispos eméritos murieron, tres de ellos por complicaciones asociadas por el covid-19. Un número elevado considerando que en lo que va de la pandemia, siete prelados dejaron de existir por la enfermedad y cerca de 40 estuvieron infectados. 

Los recientes decesos recuerdan especialmente al misionero josefino Hermenegildo Ramírez Sánchez, elevado al episcopado en 1975 fue el primer prelado de Huautla en Oaxaca la cual pastoreó por 30 años; a Onésimo Cepeda Silva, emérito de Ecatepec, polémico y controvertido quien, como Ramírez Sánchez, fue el primer pastor de una recién nacida diócesis, la de Ecatepec, fundada en 1995, hasta que en 2012, le fue ordenado el retiro por causas de edad y, finalmente, del obispo emérito de Saltillo, Francisco Raúl Villalobos García, el longevo prelado quien todavía festejó el 101 cumpleaños de vida en medio del covid-19 que le aquejó, no obstante las optimistas noticias de haber cursado la enfermedad sin mayores complicaciones ni síntomas, cosa que sorprendió al fallecer por un posible paro respiratorio asociado al coronavirus que nos aqueja. Y finalmente, no puede dejarse de lado la muerte de Antonio Ortega Franco, auxiliar de la arquidiócesis de México, obispo muy apreciado y querido, de sobrenombre El Santito, cuya vida terminó debido a padecimientos prexistentes.

Como afirmó el Papa Francisco en marzo de 2020, la tempestad del covid-19 sigue poniendo “al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad”. Estas palabras así parecen evocar la memoria. La Iglesia de México aun necesita hacer una reflexión más sincera y profunda de esta frágil condición. 

El coronavirus seguirá entre nosotros y, como señaló el Pontífice, “el Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo parece naufragar”. Elevar una oración sincera, en lugar de condenar y hacer juicios sumarios sobre la vida de estos prelados. Confiando en Dios de que ellos ya descansan en paz.

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