Editorial

Con los migrantes, el doble discurso

Indignantes, las acciones de la Guardia Nacional y del Instituto Nacional de Migración dan cuenta de la violación a los derechos humanos de los migrantes cuando se constata que esas instituciones se han convertido en una extensión de la Border Patrol en territorio mexicano.

Editorial CCM

No han sido suficientes programas, ni medidas o estaciones migratorias. No hay planes económicos ni de trabajo, tampoco acciones coordinadas entre países para dar más oportunidades. Las caravanas migratorias centroamericanas y haitianas en Chiapas son la manifestación de la crisis humanitaria y, sobre todo, de la agudización de las condiciones para el desarrollo humano de los migrantes y de la población chiapaneca de Tapachula, acrecentadas por la corrupción de las autoridades que jamás se ha ido, a pesar de las promesas de que, en México, la transformación ya las ha erradicado.

Indignantes, las acciones de la Guardia Nacional y del Instituto Nacional de Migración dan cuenta de la violación a los derechos humanos de los migrantes cuando se constata que esas instituciones se han convertido en una extensión de la Border Patrol en territorio mexicano. Sin embargo, la preocupación fundamental es cómo el gobierno pretende hacer una graciosa comparsa de las violaciones a los derechos humanos conforme a los dictados de las políticas estadunidenses que ponen al Estado mexicano como el ejecutor de esas acciones. 

La reactivación del programa “Quédate en México” incluso fue de preocupación para la Iglesia católica mexicana al considerar que “ese protocolo de Protección a Migrantes afecta profundamente los derechos humanos de las personas solicitantes de asilo. Las personas que solicitan asilo en Estados Unidos se veían obligadas a esperar la resolución correspondiente en la frontera entre México-Estados Unidos, lo que coloca a las personas en situaciones de vulnerabilidad y peligros que ponen en riesgo sus vidas, integridad física, emocional y espiritual”.

Unido a lo anterior, la crisis pasa por la debilidad, fracaso y ausencia de efectivas políticas migratorias para resolver el problema rebasando a las instituciones nacionales, dejando a su suerte a los organismos internacionales y estructuras de la Iglesia católica comprometidas con esos esfuerzos. Y las causas son múltiples. Un documento de la Dimensión Episcopal de Movilidad Humana de la Comisión Episcopal de la Pastoral Social pone, en pocas páginas, lo que no explican grandilocuentes discursos políticos que se adornan con el dolor de los migrantes porque, como explica, “la situación de la población migrante rebasa las capacidades y posibilidades”. 

“Estamos ante una situación que, más allá de comedores y dispensarios médicos requiere de una política migratoria justa y humana que proteja y defienda los derechos de las personas migrantes”. Así relata lo que, poco a poco, arma la bomba de tiempo en el sureste mexicano: Carencia de recursos del gobierno federal que fortalezca las capacidades de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados, incapacidad para desahogar la frontera sur y trasladar a los solicitantes de refugio al centro del país, impedir el tránsito libre a quienes ya tienen estancia legal o gozan de la condición de refugiado, escasez de fuentes de empleo para nacionales y extranjeros, represión de la Guardia Nacional y de los agentes del Instituto Nacional de Migración, corrupción de autoridades que trafican con migrantes o venden documentación migratoria… Con razón, ese documento concluye de manera contundente lo que es este drama patrocinado por “un gobierno aferrado a su política de contención convirtiéndose en el muro de la frontera estadounidense”.

Este es el frente abierto que no apareció en el discurso triunfalista del mensaje por el tercer informe de gobierno del presidente de la República. Este es el Estado rasero del doble discurso. En su frontera sur denigra, golpea y maltrata a centroamericanos y haitianos y, por el otro, aparece como paladín para suavizar al fracaso de los Estados Unidos abriendo, de par en par, las puertas a refugiados afganos. Así es el país de la transformación, convertido en candil de la calle y oscuridad de la casa.

Share:

Leave a reply