Editorial

“La violencia entró a nuestros hogares”

Como sentenció el subsecretario de Población, Migración y Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, la violencia entró a nuestros hogares. Esto fue consecuencia de la ausencia de políticas públicas efectivas que desprotegieron el desarrollo de la familia por décadas. El covid-19 sólo acentuó el silencio y terror que vive la niñez lo que ahora quiere prevenirse con el regreso a las aulas. El dilema de las familias no es menor… Se trata de la salud y de la misma vida.

Editorial CCM

Conforme avanzan los días, la angustia de los padres de familia crece debido a lo que parece un inminente regreso a “clases voluntario” de millones de estudiantes en edad escolar en medio de una despiadada tercera ola que continúa contagiando a miles, a razón de más de veinte mil por día, y la campaña de vacunación que parece estancada cuando, cifras al 19 de agosto, confirman que 55 millones 643 mil 238 personas recibieron las vacunas y que de ese universo, 30 millones 219 mil 721 tienen el esquema completo de dos dosis o de una mientras que 25 millones 423 mil 517 personas fueron vacunadas con nuevos esquemas.

El tema del regreso masivo a clases no es cosa menor. Contra las voces de la oposición que han calificado la decisión como de “incongruente y criminal”, esta semana, durante la conferencia matutina presidencial del jueves 19 de agosto, el gobierno de la República tuvo el respaldo de la UNICEF en el tema. Fernando Carrera Castro, representante del organismo, afirmó que el regreso a clases tendría más beneficios que riesgos cuando es urgente recuperar los rezagos educativos además del equilibrio en la salud mental de la infancia afectada por el aislamiento y la carencia de la convivencia escolar. Aun cuando no descartó la posibilidad de contagios, la cuestión debería centrarse en la “manera eficaz de manejarlos”.

Las cifras más alarmantes vinieron del subsecretario de Población, Migración y Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación. Prácticamente el diagnóstico parecería devastador en medio de la pandemia. No sólo se trata de las elevadas tasas de deserción escolar que se han registrado; los picos de violencia intrafamiliar, abusos sexuales infantiles, embarazos infantiles, homicidios, suicidios y desapariciones de adolescentes, según las cifras oficiales, están en récords jamás registrados desde 2018. 

Esto hace que el planteamiento de regresar a las aulas, independientemente del color del semáforo epidemiológico, sea más beneficioso que perjudicial según las autoridades de la Secretaría de Gobernación: “El regreso a clases es sin duda una medida preventiva importantísima, las escuelas son espacios de formación, pero también de convivencia que permiten incluso prevenir y detectar los otros tipos de violencia de que son objeto los niños”…

No obstante, las preocupaciones legítimas de los padres de familia advierten sobre las condiciones inseguras en las aulas. No hay que perder de vista que el covid-19 se ha convertido en un mal que se propaga de forma más virulenta y de manera catastrófica con consecuencias y secuelas importantes. La crítica incide especialmente en la falta de protocolos, de medidas efectivas de prevención, el tratamiento de contagios y, sobre todo, de vacunas para la población mayor de 12 años. 

La disidencia magisteral, a través de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, no se alinea a los dictados del gobierno afirmando que no hay condiciones propicias para el regreso a clases seguro, apurando a encuestas virtuales para conocer la opinión de jefes de familia.

Volver a las escuelas es necesario sin duda. Los obispos de México llaman a responder con vigor y a través de un “nuevo cambio en el modelo de desarrollo”. En julio pasado, a través del mensaje por el inicio del ciclo escolar 2021-2022, en este contexto de pandemia covid-19, la Iglesia católica de México admite que el regreso a clases presenciales debería estar sustentado en un programa estratégico general que contemple respuestas graduales y la reconversión de los centros educativos para ser adaptados a la nueva realidad, incluso en una “realidad híbrida” que acepte esta posibilidad de aulas en casa. “Es hora de que ganen los niños”, afirma, pero en la realidad, no hay presupuesto que alcance para esos propósitos.

Efectivamente, como sentenció el subsecretario de Población, Migración y Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, la violencia entró a nuestros hogares. Esto fue consecuencia de la ausencia de políticas públicas efectivas que desprotegieron el desarrollo de la familia por décadas. El covid-19 sólo acentuó el silencio y terror que vive la niñez lo que ahora quiere prevenirse con el regreso a las aulas. El dilema de las familias no es menor… Se trata de la salud y de la misma vida.

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