Editorial

¿Fracasó la conquista de México?

En nuestro país, los pueblos originarios que se encontraban asentados en este territorio desde antes de la llegada de los españoles, todavía sufren el castigo de ser discriminados y desplazados en su propia tierra, así como la pobreza, la dificultad de acceder a los servicios de salud y de justicia, más que ningún otro grupo vulnerable de nuestra sociedad”. PGP 2031-2033

Editorial CCM

Los 500 años de la caída de México-Tenochtitlán evoca todavía las heridas que se niegan sanar. Aunque en años anteriores se dejó en el ático de las fechas de ignominiosas, el 13 de agosto de 1521 es dato que las jóvenes generaciones en México ignoran o recuerdan poco; sin embargo, debido a las tendencias de reinterpretación de la historia, hoy la conquista quiere verse como uno de los actos más crueles, de ocupación militar, de invasión y genocidas que la historia humana haya visto. 

Los 500 años fueron conmemorados por el gobierno de México en un acto que ahora ya no recuerda la caída de la Gran Tenochtitlán, sino que marca el medio milenio de resistencia indígena. El presidente de la República afirmó que la conquista fue un gran fracaso al decir que este evento fue comparado con una catástrofe y cataclismo afirmando que “las conquistas, las invasiones, las guerras, siempre serán un riesgo para la humanidad. Además del agravio principal, traen consigo afectaciones culturales, sociales y daños colaterales. Suele pasar que la ambición y la tristeza viajan, viven y duermen juntas. Políticos, monarcas y hombres de Estado no deben omitir estas lecciones que surgen de amargas realidades y se convierten en enseñanzas mayores”.

Las lecciones de los 500 años de la caída de la antigua ciudad reflejan, en primer lugar, la profunda necesidad de conocer la historia que nos dio origen sin acribillamientos desde nuestra atalaya. Este juicio lleva sin duda una carga negativa que ve esta parte de nuestra historia como un hecho que debería maldecirse para bendecir todo lo que estaba antes de la llegada de los españoles a México. La aproximación que hagamos debe ir de la mano de justo equilibro que nos permita apreciar que la conquista significó el paso de una civilización a otra.

El hecho de nuestro mestizaje es, en sí mismo, el resultado de ese proceso. Predominó un sincretismo cultural, religioso y hasta económico que subsiste en nuestros días. Hablamos castilla, pero no es el español peninsular por ser adornado con muchas palabras originales del Nuevo Mundo. Nuestra forma de ser es mexicana y pertenecemos al ser Iberoamericano. Es irreal pensar que lo anterior a la conquista debería resucitarse a manera de revancha; nuestro juicio debería conciliar en vez de derrumbar, de escuchar en vez de amordazar.

Es cierto, los pueblos y comunidades indígenas padecen indecibles penurias, pero eso no es resultado del juicio que tenemos sobre la conquista. Es nuestro mestizaje el que los ha olvidado reduciéndolos al folclor y a ser curiosidades de tiempos remotos. Se oficializan sus idiomas, pero no nos esforzamos por comprenderlos. Por un lado, los alabamos; por el otro, los excluimos y somos racistas. No caben en las ciudades y comunidades del México que excluye y margina, incluso en estos tiempos de la llamada cuarta transformación. 

Hoy la verdadera catástrofe está en la nueva conquista, política e ideológica, que ha permitido la mayor devastación de todos los tiempos teniendo como bandera el indigenismo manipulador.  Como bien afirman los obispos de México en el PGP 2031-2033: “En nuestro país, los pueblos originarios que se encontraban asentados en este territorio desde antes de la llegada de los españoles, todavía sufren el castigo de ser discriminados y desplazados en su propia tierra, así como la pobreza, la dificultad de acceder a los servicios de salud y de justicia, más que ningún otro grupo vulnerable de nuestra sociedad”. 

Esa es la realidad. En lugar de adornar estos hechos como adoctrinamiento disfrazado con lemas de resistencia, todos deberíamos reparar y asumir la conciencia de que México, políticos y gobernados, somos un país que todos los días destruye y amenaza a quienes no sean iguales ni piensen como nosotros… Eso es común, de forma particular en las cúpulas que pretenden el Estado de Bienestar.

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