Editorial

El destapador y las corcholatas

La sucesión presidencial era la liturgia típica del partido en el poder. Todos se alineaban. El tapado presidencial se envolvía automáticamente en la burbuja que impedía a cualquier poder social y político golpearlo.

Editorial CCM

No hay nada más emblemático en el sistema político mexicano que el tapado. Y aunque se dice que viene desde la dictadura de Porfirio Díaz, el peculiar personaje fue creado gracias al ingenio del cartonista y escritor del periódico Excélsior, Abel Quezada (1920-1991), ante la tensión que representó la elección del candidato del PRI a la presidencia en 1958, la pasarela de funcionarios para ser favorecido por el dedo presidencial era la señal del eclipse y fulgor del presidencialismo en la era del partido de la dictadura perfecta.

El tapado era la creación del presidente de la República ideal para el pueblo, por lo tanto, indiscutible candidato para arrasar en cualquier proceso electoral manejado por cualquier método, incluso el del fraude. Todo el sistema se volcaba en conocer a los suspirantes. Unos, se destapaban. Otros, prácticamente perdían cuando el dedo señalaba a quien menos se pensaba podría ser el ungido. El ritual era imprescindible para sostener al aparato que funcionaba amparado en el autoritarismo, la disciplina y el verticalismo disfrazado de democracia aparente y reproducido a pequeña escala en los estados del país donde la dominación priísta se nutría de los feroces cacicazgos que sólo se inclinaban ante el poder del presidente.

La sucesión presidencial era la liturgia típica del partido en el poder. Todos se alineaban. El tapado presidencial se envolvía automáticamente en la burbuja que impedía a cualquier poder social y político golpearlo. De la estricta institucionalidad: Quien se mueve, no sale en la foto según aquel adagio del nonagenario líder sindical, comandante y baluarte de las huestes del PRI corporativo. O de soportar los más frustrantes engaños y perfidias que se resumían, como decían los políticos de viejo cuño, en el “arte de comer caca, sonreír y pedir más…”

El devenir de la transición democrática hizo que el tapado del PRI se hundiera en la crisis. De hecho, ya no operaría en sus formas y parafernalia desde aquella última pasarela de priístas distinguidos que destapó a Carlos Salinas en 1988 y que se frustró con el asesinato de Luis Donaldo Colosio. La transición llevó a la oposición al poder y el tapado se iría diluyendo hasta quedar en lo anecdótico del partido omnímodo.

Sin embargo, lo que se presumía un afianzamiento de la democracia parece recobrar las viejas formas donde ahora hay un destapador y corcholatas. Después de las elecciones intermedias del 6 de junio, un inédito proceso de destapes y autodestapes llegaron a la opinión pública en un ejercicio muy prematuro para apuntar al posible sucesor o sucesora del actual presidente de México. Con dos potenciales suspirantes, ninguno negó las pretensiones para consumar su carrera política y de gobierno para que en el 2024 se pongan la transformadora banda presidencial. López Obrador lo llevó al extremo: de ser tapados a llamarlos corcholatas del juego político donde hay un destapador. 

Para nadie es desconocido el juego que la presidencia hizo en la última elección y donde su intervención fue, en pocas palabras, inmoral e inaceptable para quien ha dicho ser un demócrata amante de la soberanía popular. El juego de las corcholatas no tiene la misma disciplina de antaño y ahora en las tribus del partido en el poder se jugarán todo por ver afianzadas sus ambiciones de grupo. El tapado priísta era el protegido y acogido por el pueblo según el presidente. Hoy, las corcholatas parecen ser sólo fichas desgastadas de un único tablero. La sucesión presidencial ha comenzado de forma anticipada con el riesgo de echar por la borda la presunta transformación para recrear, de forma velada, una pérfida dictadura perfecta, pero no como la del priísmo. La de MORENA es más salvaje y pervertida.

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