Editorial

La masacre de Reynosa, ¿Narcoterrorismo?

La situación del país no podría ser más alarmante a pesar de que, desde la presidencia de la República, se insista en que la todo está en paz. Lo evidente no necesita demostración.

Editorial CCM

Reynosa se convirtió en la capital del terror franco y crudo en todas sus palabras cuando el sábado 19 de junio, células armadas del crimen organizado la emprendieron contra gente inocente que nada tenía que ver con facciones o cárteles de la droga. De manera inmisericorde y con saña inaudita, esos criminales alzaron las armas para tomar la vida de 19 personas.

Por lo que se sabe, la rivalidad entre células armadas de los cárteles fue uno de los motivos a fin de calentar la plaza y emprender una guerra por el control de la ciudad limítrofe con los Estados Unidos. Desde ese ataque, la zona no vive en paz. Hay un toque de queda impuesto por la misma ciudadanía ante la incapacidad de las autoridades para garantizar plena seguridad que les permita volver a retomar con cierta normalidad sus actividades. 

Los orígenes de esta violencia tienen diversos antecedentes que no son fácil de explicar. La fragmentación de los cárteles es uno de los motivos, pero no el exclusivo. Desde tiempo atrás, balaceras, crímenes, torturas, secuestros, desapariciones y homicidios mantienen asolada a la población. En 2016, un análisis de especialistas del Colegio de la Frontera Norte intentó dar claves para conocer por qué el estado de Tamaulipas está quebrado, fragmentado y corrupto. No sólo se trata de los elevados índices en la comisión de delitos de alto impacto, el problema está arraigado en una procuración de justicia extremadamente deficiente. En ese análisis titulado Estudio sobre la violencia en Tamaulipas: diagnóstico y acciones de respuesta se decía que desde 2015, “Tamaulipas se encuentra entre los estados con más numerosos y severos casos de tortura (Cámara de Diputados 2015), no existe una sola sentencia en contra de militares, marinos, policías federales o estatales en los últimos cinco años, es más, la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Tamaulipas no ha emitido una sola recomendación por tortura a corporaciones locales en los últimos seis años; a pesar de tener más de 370 quejas que involucran a policías estatales en actos detención arbitraria y tortura”.

A pesar de lo anterior, estos signos de profunda descomposición mantienen al Estado en una situación frágil al punto del quiebre a la que se suma el franco deterioro político enfrentando a las autoridades estatales y federales por el caso del desafuero del gobernador causando un virtual estado de guerra que, a la postre, llevó al abandono de los apoyos efectivos de la federación en materia de seguridad pública que beneficien a la ciudadanía que se ha dispuesto a marchar por la paz a pesar de las amenazas y de los riesgos que los ponen en la mira del crimen y de la corrupción política que se visten de varios colores partidistas.

Mons. Eugenio Lira Rugarcía, obispo de Matamoros, en una misa por la paz celebrada el 23 de junio, recordó en una cauta, pero incisiva homilía en la que atribuyó las causas de la desgracia al pecado y el egoísmo, a las víctimas de la violencia y sus familias: “Reynosa ha perdido a varios de sus hijos únicos… y ¿quién nos ha arrebatado a estos hijos, hermanos, padres, amigos, vecinos y compañeros únicos e irrepetibles? La violencia, egoísta e inhumana… y, señalando, a los hacedores de la violencia, afirmó: “Quienes actúan así, están muertos. Sus culpas mortales, como dice san Beda, los tienen encerrados en un féretro…”

La situación del país no podría ser más alarmante a pesar de que, desde la presidencia de la República, se insista en que la todo está en paz. Lo evidente no necesita demostración. Como afirman los obispos de México en el mensaje La paz como anhelo de la plenitud humana publicado el 23 de junio: “Nuestra sociedad mexicana se ha visto perjudicada considerablemente, por escenarios de inseguridad y violencia… Dicha realidad, lejos de disminuir, continúa amenazando a nuestras comunidades”.  Los argumentos endebles sobran y el fracaso es estrepitoso. Se ha fallado en el principal cometido que llevó a este régimen a la presidencia cuando aseguró la pacificación y la desmilitarización de la seguridad pública. Y aunque no se quiera reconocer por temor a la injerencia del extranjero, efectivamente, este país enfrenta al narcoterrorismo que pretende doblegar al Estado mexicano.

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