Editorial

Iglesia y elecciones ¿Y después?

La democracia mexicana pasó rápido de una franca madurez y plenitud a un preocupante deterioro causado especialmente por quienes, alguna vez, lucharon por instituciones robustas, fuerte y autónomas, ahora detonadas desde dentro y este proceso electoral, aun antes de captar los votos, ya está bajo la sospecha del fraude y la manipulación.

Editorial CCM

El 6 de junio está a la puerta. Lo que ha sido llamada la “elección más grande de la historia” llega por un período de campañas nada fácil, ensombrecido por la desafortunada violencia que ha quitado la vida a más de 80 candidatos.

Han sido campañas pobres, carentes de propuestas sólidas y reales. Entre las dos principales coaliciones, una se empeña a impedir el regreso de los corruptos, “estar al cien con ya sabes quién” y, del otro lado, detener el avance de lo que ha sido un desastre para México. Las polarizaciones llegan a niveles muy preocupantes, mientras que las elecciones pueden representar un cambio, por otro lado, el ánimo popular no está convencido de que el sufragio sea determinante para cambiar un rumbo que se encamina hacia la pérdida de las libertades y la consumación del autoritarismo.

La democracia mexicana pasó rápido de una franca madurez y plenitud a un preocupante deterioro causado especialmente por quienes, alguna vez, lucharon por instituciones robustas, fuerte y autónomas, ahora detonadas desde dentro y este proceso electoral, aun antes de captar los votos, ya está bajo la sospecha del fraude y la manipulación. Se proyecta otra “reforma electoral”, por increíble que parezca, sujeta al antojo y capricho de la artificial mayoría legislativa que parece obedecer sólo a la voluntad de un poder que revirtió, en tres años, los cambios que podían dar derroteros diferentes al país.

Los electores esperamos respeto al voto y es una exigencia hacia quienes ostentan el poder, acatar los resultados porque, afortunadamente, los sufragios se cuentan gracias a los ciudadanos y por los ciudadanos. 

Sin embargo, es urgente impedir la mayor descomposición de la democracia. Y esto va más allá de la jornada del 6 de junio. En este período electoral, numerosas iniciativas de pactos y acuerdos han sido planteados para dar cauce a una transformación real y no sólo ideológica. Destacan las propuestas de la Iglesia católica a través de mensajes y cartas como las de las provincias eclesiásticas de Guadalajara y Morelia o de la misma Conferencia del Episcopado Mexicano en donde, como en otras elecciones, recuerdan la ineludible responsabilidad de votar como deber moral y de conciencia. Foros, jornadas, conferencias, oración, testimonios… No cabe duda, en esta campaña la Iglesia, a través de los obispos y de los laicos organizados, han dado las herramientas para incentivar el sufragio consciente para “realizar un esfuerzo de discernimiento con el objetivo de optar por quienes puedan realizar el auténtico bien común”.

Elección tras elección, la enseñanza de la Iglesia se orienta hacia una misma dirección; sin embargo, desde la laicidad de una República, eso que se ha exige para la jornada electoral debe ser vigilado permanentemente. Para la Iglesia, jerarquía y laicos, la opción ya no debe ser sólo emitir un voto responsable para un orden justo en la sociedad. 

¿Por qué, elección tras elección, la Iglesia se esfuerza en dar razón del sufragio, pero las cosas están en franco deterioro? En estos momentos donde las democracias parecen eclipsarse por las sombras del autoritarismo, es ineludible una permanente vigilancia que consolide el voto. Exigir, demandar, actuar… La Iglesia ya debería pasar de encauzar el sufragio a exigir los compromisos derivados del voto y luchar por la democracia no para entablar relaciones de conveniencia sino de auténtica promoción del bien común. Existe el diagnóstico, está la radiografía; sin embargo, ¿no hay medicina eficaz que remedie la enfermedad? Este 6 de junio, lo que está en juego impactará sin duda a muchas generaciones. ¿Y después? 

 

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