Editorial

Para vivir la Semana Santa

En tiempos de pandemia, vivir la Semana Santa es oportunidad de reflexionar sobre el don de la vida. Es claro que el virus llegó para quedarse y esto ha obligado, supuestamente, a cambiar nuestras costumbres, pero hay un riesgo: la relativización de la fe. No podemos ser incautos para afirmar que la explosión de virtualidad es garantía de una efectiva evangelización, no obstante, esos medios son elementos que nos permiten llegar más lejos y en poco tiempo. La Semana Santa, efectivamente, ha mutado, pero no su esencia.

Editorial CCM

El camino cuaresmal ha terminado. De nuevo, la primera luna llena después del equinoccio de primavera marca el tiempo de la pasión del Señor y de la celebración de la Pascua, de la gloriosa resurrección de Cristo quien vence a la muerte para darnos vida en abundancia.

La Semana Santa tiene este 2021 está envuelta en un ambiente distinto. Tras la expansión del temido covid-19, el confinamiento nos obligó a practicar las devociones de este tiempo aislados de la comunidad y a través de los dispositivos personales, televisión o medios de comunicación. En 2020, se insistió en la responsabilidad, en “tener sana distancia”, prescindir de la comunidad y evitar las reuniones masivas en templos y espacios. La pascua anual fue, en otras palabras, una vivencia más íntima y familiar que los obispos recomendaron a los fieles de la Iglesia de México en los momentos más difíciles mientras seguían escalando los casos de contagios y defunciones.

Sin embargo, muchas familias han recibido un mensaje, y ese proviene de las autoridades del gobierno de la República, en el que puede “romperse” este confinamiento. Tras la inauguración del período vacacional, miles de personas abandonaron sus hogares para abarrotar aeropuertos y centrales de autobuses en camino a los destinos turísticos necesitados del urgente aporte económico que los mantenía al borde del colapso. Parece que la Semana Santa es todo, menos una oportunidad de reflexión, de intimidad y de devoción, es válvula de escape ante una enfermedad la cual llega el momento de aprender a convivir con ella.

En Europa ya se habla de una cuarta oleada de la enfermedad que ha restringido la capacidad de movimiento y las devociones de Semana Santa cambiaron para que, de nuevo, sean una experiencia de espiritualidad virtual sugiriendo una agenda de las costumbres piadosas en la virtualidad.

En México, los obispos han sugerido su vivencia más bien de una forma familiar y evitando cualquier aglomeración; sin embargo, han advertido de las incongruencias de las autoridades en donde se ha tolerado la apertura de bares, centros de espectáculo, localidades vacacionales, cines o lugares de reunión mientras que los templos deben observar un aforo limitado considerándolos aún como lugares “de alto” riesgo y de actividades no esenciales. Incluso, un particular decálogo de vacaciones de Semana Santa fue sugerido por el vocero encargado de la pandemia de la Secretaría de Salud en el cual las personas pueden hacer cualquier actividad, pero “recomendó” hacer cualquier evento religioso “desde casa”.

En tiempos de pandemia, vivir la Semana Santa es oportunidad de reflexionar sobre el don de la vida. Es claro que el virus llegó para quedarse y esto ha obligado, supuestamente, a cambiar nuestras costumbres, pero hay un riesgo: la relativización de la fe. No podemos ser incautos para afirmar que la explosión de virtualidad es garantía de una efectiva evangelización, no obstante, esos medios son elementos que nos permiten llegar más lejos y en poco tiempo. La Semana Santa, efectivamente, ha mutado, pero no su esencia. Con sana distancia o congregados, en la virtualidad o asistiendo a los templos, con procesiones o sin ellas, este tiempo del paganismo pandémico se distinguirá del nuevo dinamismo de la evangelización centrada en la Pascua para entender que la Semana Santa es evento “para llevarnos a lo esencial: a la vida que tiene su fundamento en la Palabra de Dios que Jesús nos ha dado, al encuentro con Él, la Palabra viva, a la responsabilidad ante el Juez de vivos y muertos.” (Benedicto XVI).

  

 

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