Editorial

Adiós padre obispo Arturo…

Mons. Arturo Lona Reyes fue desagradable para los poderes del este mundo. Sufrió once atentados contra su vida. Pudo haber muerto bajo las agresiones o acribillado por balas que querían quitarlo del camino, pero la Providencia fue su aliada. Recordando estos atentados, el obispo afirmó no guardar ningún rencor contra sus agresores y haber perdonado a sus enemigos.

Editorial CCM

Una vida episcopal sumamente fecunda se ha extinguido. Arturo Lona Reyes (1925-2020) terminó su peregrinación terrena después de una lucha contra las complicaciones asociadas por el covid-19.

Nacido en Aguascalientes, Lona fue ordenado en 1952 cuando tenía 26 años. Su llamado al episcopado fue gracias a Pablo VI quien lo nombró obispo de Tehuantepec para suceder a José de Jesús Clemens Alba Palacios. Su llegada a ese obispado marcó un tono distinto fuera del común de los obispos. No era común verlo con las típicas indumentarias del episcopado. De playera blanca y mezclilla, siempre con la sencilla cruz pectoral de madera que usó hasta su muerte, Lona rompió con el arquetipo impuesto de la autoridad para hacerse padre-obispo con los indígenas de los chimalapas en Oaxaca.

Su labor pastoral fue la de construir y dar herramientas para salir adelante. Fundador de universidades, cooperativas y proyectos productivos, la pastoral indígena de Lona Reyes fue la del Concilio Vaticano II y de las comunidades eclesiales de base. Asociado con otros nombres de esta opción preferencial como el de Sergio Méndez Arceo, Samuel Ruiz o Bartolomé Carrasco, su apostolado fue incómodo para los caciques de la región asociados con el poder del partido de Estado y de los señores del narcotráfico.

Lona fue desagradable para los poderes del este mundo. Sufrió once atentados contra su vida. Pudo haber muerto bajo las agresiones o acribillado por balas que querían quitarlo del camino, pero la Providencia fue su aliada. Recordando estos atentados, el obispo afirmó no guardar ningún rencor contra sus agresores y haber perdonado a sus enemigos.

Si Lona Reyes fue incómodo para los poderosos, al interior de la Iglesia también fue blanco de las sospechas. En sus mejores años como pastor, y cuando la Iglesia católica mexicana buscaba congraciarse con el poder, las interpretaciones de ser el impulsor de una teología de liberación mal entendida y de vínculos con grupos guerrilleros y subversivos fueron causa de que el nuncio del poder, Girolamo Prigione, impusiera en 1996 un obispo codjutor a Lona Reyes. Un capítulo representativo de estas suspicacias fue haber impulsado el polémico Seminario Regional del Sureste para la formación de sacerdotes y clero nativo de esa zona de México, por ello fue merecedor de intervenciones canónicas que declararon a ese seminario como centro de enseñanzas que se apartaban de la correcta doctrina católica.

Para nadie era sospechoso que el primer nuncio apostólico y otros obispos tuvieran en la mira a Lona Reyes por esta opción preferencial por los pobres. En algunas declaraciones a medios, al obispo en retiro se le preguntó sin cortapisas: “¿Ya perdonó al nuncio Prigione?” A lo que afirmó: “Sí, ya. En una ocasión me habló y me dice ‘he estado haciendo gestiones para que sea arzobispo de Yucatán’, mire, ya lo perdoné, pero a Yucatán no me voy…” A pesar de estos acosos en la Iglesia de México, Juan Pablo II respaldó a Lona animándolo a seguir adelante: “Tu trabajo no es comunismo”, le dijo el santo pontífice.

El obispo Arturo Lona continuaba con un tremendo trabajo en favor de los más perjudicados por los sismos de 2017. Nunca dejó el Istmo. Siguió viviendo en esa zona y alternó su vida entre su natal Aguascalientes y la diócesis a la cual amó. Vivió fiel e incluso la sabiduría popular lo inmortalizó en corridos que narraron su vida. ¿Cuál sería su epitafio?, preguntaron los medios a este obispo que hasta el final, tuvo como único emblema del episcopado, la sencilla cruz de madera, como signo de lo que debería ser el cristianismo. Lona Reyes sólo respondió: “Que escriban ‘luchó’ y tres puntos suspensivos…”  

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