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LA POBREZA Y LA MARGINACIÓN NO SON VIRTUALES

Y nuevamente, los grupos vulnerables estarán a expensas de la “caridad” de los poderosos. ¿Quién decidirá a quien se le otorga la vacuna primero? En la competencia por la existencia, ¿quién merece vivir y quién morir? La pregunta no es en modo alguno retórica. Apunta anticipadamente a un hecho que estamos por experimentar y que trairá consigo serios problemas éticos y morales.

Reyes Muñoz Tónix, SchP/CCM

La pandemia que ha azotado a todo el mundo ha quitado un velo que encubría una de las más terribles realidades a nivel global: la pobreza y la marginación real en la que viven millones de seres humanos. Acostumbrados, en muchas realidades, a encubrir nuestros horrores con imágenes y argumentos, un virus (el SARS-CoV-2, conocido globalmente como COVID-19 o coronavirus) vino a evidenciar a las sociedades la tremenda miseria y desigualdad entre los pueblos, al mismo tiempo que puso en evidencia la arrogancia humana, con todos sus avances tecnológicos y científicos, eso que llama progreso y desarrollo, que no está a la altura para hacerle frente a un diminuto virus microscópico, que ha dado muerte a miles de personas. La carrera por la invención de una vacuna, hasta ahora, sólo deja entrever la mezquindad con la que las naciones más avanzadas, buscan por ser los primeros. La tendencia en la “nueva normalidad”,  no está la idea de compartir, sino de competir. Quien llegue primero tendrá, al parecer, un poder absoluto. La vacuna no sólo representa la expectativa y la esperanza de muchos, sino la imposición ideológica de otros.

Y nuevamente, los grupos vulnerables estarán a expensas de la “caridad” de los poderosos. ¿Quién decidirá a quien se le otorga la vacuna primero? En la competencia por la existencia, ¿quién merece vivir y quién morir? La pregunta no es en modo alguno retórica. Apunta anticipadamente a un hecho que estamos por experimentar y que trairá consigo serios problemas éticos y morales.

Tristemente sabemos, por la tendencia ideológica en la que estamos inmersos, que los que están arriba, los que “producen”, están ya formados en los primeros lugares. Sería ilusorio pensar que los grupos vulnerables están  contemplados para que suban al “arca de Noe” de la salvación en primera instancia. Es constatable, en la realidad, la desmedida cifra de miles de muertes, de entre los cuales, en su mayoría son de los sectores vulnerables. Cierto es que el COVID-19 no respeta clases sociales; que han muerto ricos y pobres, anónimos y reconocidos, artistas y gente de a pie. El virus tampoco respeta moralidad alguna, lo mismo han muerto buenos y malos, virtuosos y viciosos. Los más de 19.6 millones de casos y 727 000 muertos en todo el mundo (https://www.rtve.es) muestra la dimensión a la que nos enfrentamos, y los números aumentan todos los días.

Sin embargo, al mismo tiempo, el deterioro de lo humano sigue evidenciando su podredumbre. Ni los estragos del virus han llevado a la reflexión seria sobre el valor de la vida. Son muchos los muertos a causa de la violencia, la corrupción, el narcotráfico, los robos, los femenicidios, la trata de personas, la política, las ideologías y tendencias económicas, y hasta los credos.

La crisis económica, que no es solamente consecuencia de la pandemia, el recorte de empleos, la falta de oportunidades, el cierre de comercios e instituciones, hace evidente que estamos ante una situación terrible y trágica para millones de familias. La pobreza y la marginación no son virtuales, son reales. La pandemia sólo ha evidenciado lo que ya cargabamos vergonzosamente como humanidad. Sería una conducta hipócrita achacarle al virus la situación denigrante e indignante en la que viven millones de personas. La indiferencia, el individualismo, el consumismo, el egoísmo, las diferencias entre grupos humanos, la tendencia a la acumulación, el trato desigual entre los seres humanos, los cinturones de miseria, las migraciones infames, las muertes sin sentido, las hambrunas, la falta de insumos en los hospitales, las crisis sociales, los discursos políticos absurdos, ya formaban parte del escenario. No, no es responsabilidad del coronavirus vivir como vivimos. Ni tampoco lo es el pretender vivir como vivíamos antes, con las mismas miserias y las mismas tendencias, prontos a volver al derroche, a la superficialidad, a la vanidad cotidiana. A la separación, ahora, entre sanos y enfermos, contaminados y limpios, portadores asintomáticos o activos.

Desgarradoramente todo esto nos es virtual. La pobreza y la marginación no son el guión de una película terrorífica, fruto del imaginario de una mente macabra. Es la evidencia de una realidad que nos muestra hasta donde hemos llegado como humanidad. Y el grave peligro en que podemos caer si consideramos que los marginados y los pobres desaparecerán con tan sólo apagar el celular o la televisión, o cerrar los ojos. Terrible acostumbrarnos al escenario de los miles de muertos y millones de enfermos, pero más terrible en convertirlos en seres humanos virtuales.

 

 

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