Editorial

Violencia, masacres, covid-19… Nada que festejar

“Porque los valores, comportamientos, conductas y formas de ser que le daban significado a nuestra vida, parece que ya no encajan en esta nueva realidad. Esto ha traído consigo desaliento, desorientación y superficialidad, dando paso a otro rasgo de nuestro tiempo: una especie de depresión humana, espiritual y moral”. (No. 37). Efectivamente, no hay nada que festejar.

Editorial CCM

Este 1 de julio, un austero festejo en Palacio Nacional recordó el triunfo del presidente de la República en las urnas. Rememorar esa noche del domingo electoral más importante de la última década es traer a cuenta la arrasadora victoria en la que 30 millones de electores dieron un espaldarazo al eterno candidato. El hartazgo se percibía a flor de piel y los mexicanos, por las vías de la racionalidad, institucionalidad y democracia, optaron por una renovación de las cosas, un nuevo rumbo antes de que fuera demasiado tarde cuando México se sumía en la incertidumbre, apabullado por la violencia, la corrupción y agobiado por la pobreza.

En dos años, las cosas parecen más oscuras que nunca mientras el discurso parece relativizar la realidad. Cuando se condena el paso del neoliberalismo, parece que en la realidad ese neoliberalismo es la continuación pragmática del gobierno que dice ser liberal y progresista.

El populismo es la forma de asirse en los pobres como motor del cambio, cuando la pobreza asciende vertiginosamente, rampante, en la peor crisis de la historia contemporánea que golpeará a millones por los efectos del covid-19. La única estrategia es una pretendida victoria que pone al TMEC como la panacea del progreso y riqueza para un país lánguido, débil y apabullado.

“México es, pues, un país de oportunidades en el que sus habitantes de todas las clases sociales podrán gozar de bienestar, paz y felicidad…” dijo el presidente de la República en el festejo solo para los más cercanos de su gabinete, los funcionarios “florero” como se les ha llamado mientras el poder omnímodo de un solo hombre parece repetirse como en el pasado, pero en el empecinamiento de errores y el monólogo disfrazado de pretendido diálogo.

Cuando los mexicanos votaron por la paz, a dos años del “triunfo histórico democrático del pueblo”, al reservado festejo llegó el tufillo de la masacre, peor que la pandemia. En contraste, ese mismo día del recuerdo del 1 de julio, la violencia en diversos puntos del país era el plato común, acostumbrado, como la cifras del covid-19, reportadas cada noche, donde los muertos son pura estadística anónima en una especie de lúgubre carrera entre la violencia y la pandemia.

Con todo esto, el país parece sumirse en un túnel no para ver la luz al final, sino para prolongar la oscuridad. No se trata de pesimismo, ni de opiniones que parecen llamarse “conservadoras” para apostar al mal del país. La realidad es que en México permea la irresponsabilidad donde la palabra de uno solo está llevando a millones al desfiladero. Con el año electoral a la puerta, ahora el discurso amenaza con asumir esas viejas técnicas deleznables del pasado donde el poder presidencial era la única sentencia incontrovertible de los resultados electorales en la pura simulación y charlatanería que perfilan el fraude de no respetarse el potencial voto de castigo por el fracaso de la polarizada 4T, ahogada en la crisis de su mismo sentido.

En el Proyecto Global de Pastoral PGP 2031-2033, los obispos de México dilucidan el significado de los momentos de crisis donde parecemos huérfanos: “Porque los valores, comportamientos, conductas y formas de ser que le daban significado a nuestra vida, parece que ya no encajan en esta nueva realidad. Esto ha traído consigo desaliento, desorientación y superficialidad, dando paso a otro rasgo de nuestro tiempo: una especie de depresión humana, espiritual y moral”. (No. 37). Efectivamente, no hay nada que festejar.

 

 

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