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Juan Pablo II, predilección mexicana

JPII

«La Iglesia en México quiere ser considerada y tratada no como extraña, ni menos como enemiga a la que hay que afrontar y combatir…» dijo hace 30 años en mayo de 1990.

Del Papa Magno se ha escrito mucho especialmente de México, país por el que tuvo especial deferencia y predilección. El recuerdo de sus cinco viajes modeló en gran medida el rostro de la Iglesia católica mexicana de finales del milenio cuando salía de las catacumbas después de haber padecido la persecución y, en consecuencia, una paz pactada en el Estado laicista. Los signos de la apertura para dar cara a la Iglesia fueron en gran parte por Juan Pablo II quien le dio gran identidad.

 
 
 

En enero de 1979, Karol Wojtyla abrió el largo camino que desembocó en 1992 con el reconocimiento jurídico de las Iglesias. Entre la simulación y las componendas, el entonces presidente José López Portillo recibió a Juan Pablo II como un visitante distinguido sin el carácter de Jefe de Estado: “Señor, sea usted bienvenido a México. Que su misión de paz y concordia, los esfuerzos de justicia que realiza tengan éxito en las próximas jornadas. Lo dejo en manos de su jerarquía y fieles de su Iglesia y que todo sea para bien de la humanidad”.

En seis días, Juan Pablo II recorrió los puntos que habrían de dar el acicate perfecto de la creciente y progresiva influencia de la Iglesia y obispos de México. Punto clave fue la reunión del CELAM en Puebla que acentuó el carácter de la Evangelización y del servicio de la Iglesia para “transformar los corazones, humanizar los sistemas y estructuras” según dijo a mas de 250 mil personas concentradas en Puebla en la apertura de los trabajos de los obispos latinoamericanos.

La segunda visita de 1990 fue preludio de la nueva relación. Coincidente con el centenario de su nacimiento, este 2020 es también el del trigésimo aniversario de la visita apostólica (6 al 14 de mayo), el viaje de la beatificación de Juan Diego y el del acercamiento con el gobierno de Carlos Salinas que abrió la nueva etapa de relaciones diplomáticas y del reconocimiento jurídico de las iglesias. Para nadie es desconocido que Wojtyla tuvo especial reconocimiento hacia el Presidente de México. La llamada Salinastroika fue comparada con las reformas de Gorbachev en la URSS y Juan Pablo II incluso tuvo cierto interés en comparar el programa Solidaridad con el movimiento homónimo de Walesa en su natal Polonia. Juan Pablo II vio con interés y preocupación el estado de la legislación mexicana y diría a los obispos mexicanos: “el de la presente legislación civil en materia religiosa, por sus innegables y múltiples repercusiones en la vida de vuestras comunidades eclesiales. A este respecto, hago mías las palabras pronunciadas por monseñor Adolfo Suárez Rivera, arzobispo de Monterrey y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en su discurso inaugural de la última Asamblea Plenaria: ‘La Iglesia en México quiere ser considerada y tratada no como extraña, ni menos como enemiga a la que hay que afrontar y combatir, sino como una fuerza aliada a todo lo que es bueno, noble y bello’. Por otra parte, habéis reiterado con firmeza la enseñanza del Concilio Vaticano II, de que la Iglesia “no pone su esperanza en privilegios dados por el poder civil”.

Pero el nervio principal, el alma de ese viaje fue el sentido de identidad mística del Papa polaco con la Virgen de Guadalupe y la Basílica. Una virgen negra, la de Czestochowa, tuvo su paralelo en la del Tepeyac, el México siempre fiel unido al de la Polonia, Semper fidelis, lema que reafirmó el 13 de mayo de 1990 en la ceremonia de despedida en Yucatán: “En esta perspectiva, llena de luz y de confianza, a ti, querido pueblo de México, te repito la consigna que ya te propuse, hace once años, cuando tras haber besado, con honda emoción, este suelo, dirigí en la catedral primada mi primera alocución: “Mexicum semper fidele, México siempre fiel”.

Pero la situación después del restablecimiento de relaciones diplomáticas en 1992 pasaría por una inestable condición que hizo tambalear las reformas del estado salinista. Tal condición tocó a la Iglesia, quizá en un primer hecho que significó un punto de tensiones en las relaciones entre los dos Estados, el asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.

Juan Pablo II delegó personalmente a un representante, el cardenal argentino Eduardo Pironio, presidente del Pontificio Consejo para los Laicos, a presidir las exequias del asesinado arzobispo de Guadalajara quien, era vicepresidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano y del CELAM. El pontífice dirigió un mensaje en el cual advirtió de los males que parecían detonar todos esos cambios vertiginosos de la era de Salinas. Juan Pablo II diría: Las trágicas circunstancias de la muerte del querido Arzobispo de Guadalajara, junto con otras seis personas, han de ser un apremiante llamado a todos para erradicar tan execrable violencia, causa de tanto dolor y muerte, como es el caso del abominable crimen del narcotráfico. Ruego al Señor que infunda en los corazones de todos los mexicanos sentimientos de paz y fraternidad, y que los valores cristianos, que han configurado la historia de esta gran Nación, impulsen un renovado empeño por construir una sociedad más justa, fraterna y acogedora, siempre abierta a la esperanza.

JuanPabloII

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Abrir los expedientes de la historia llevarían a examinar importantes hechos que no son circunstanciales para México en el aniversario del centenario de Juan Pablo II. Aún, un porcentaje importante del Episcopado Mexicano fue creado en la era del Papa Wojtyla y muchas de las anécdotas se deben al pueblo de México que inauguró esa época de visitas multitudinarias y del nuevo estilo que se abrió al mundo proveniente desde México. La era Wojtyla comenzó con el empuje y poder de un nuevo papado en 1979 cuando el Papa besó suelo mexicano con un tremendo carisma y comenzó a declinar cuando México vio en 2002 a un débil pontífice en Basílica de Guadalupe para canonizar a Juan Diego. En julio, en la ceremonia de beatificación de los mártires cajonos, Juan Pablo II, el Papa Magno, pronunció las palabras de despedida que eran el resumen de lo que México representó en la vida de Wojtyla como baluarte y fortaleza del catolicismo: “Al disponerme a dejar esta tierra bendita me sale de muy dentro lo que dice la canción popular en lengua española: «Me voy, pero no me voy. Me voy, pero no me ausento, pues, aunque me voy, de corazón me quedo… ¡México, México, México lindo, que Dios te bendiga!”

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