Editorial

Iglesia y empresas, una alianza indispensable

Iglesia y empresas

Es loable dar de comer y resolver las necesidades básicas, inclusive emocionales, de quienes ahora padecen; pero la respuesta debe tener una visión a largo plazo que permita gradualmente la estabilización. Ese es el gran reto.

Editorial CCM

Apenas llega la fase crítica de contagios por coronavirus, México comienza a resentir los efectos económicos de la pandemia que pega a las clases más pobres y sectores vulnerables.  Los efectos económicos aun no pueden dimensionarse, pero se prevén millones de empleos perdidos, negocios en quiebra y debilitamiento del poder adquisitivo que paraliza la actividad y movimiento de capital de los consumidores y de producción y servicios de las empresas. Analistas afirman que el mundo estará en una fase peor que la de la gran depresión de 1929 y será muy difícil que el mundo vuelva a los carriles de la abundancia para reponerse del descalabro que en tan solo unos meses sumió al mundo en la incertidumbre del futuro.

Algunas medidas son adoptadas por la administración pública. El apretón de cinturón a la burocracia además de las políticas de austeridad que pretenden adelgazar al gobierno, son la mejor apuesta para continuar con la llamada política del bienestar a través de la entrega de recursos a las clases desfavorecidas en programas asistencialistas los cuales, a juicio del Gobierno de México, deben parar el avance de la pobreza. No obstante, no dejan de ser un paliativo que no resuelve la enfermedad y lejos de curarla, estará agravándola por la falta de generación de riqueza. Se ha visto como un error que la presente administración no haya realizado un plan de apoyos a las empresas lo que es uno de los aspectos más preocupantes. Los pequeños y medianos negocios crean cerca del 72 por ciento de los empleos en México y están siendo golpeados por la crisis del coronavirus.

No obstante estos serios problemas, la sociedad organizada comienza a tejer redes solidarias para ir en ayuda de los más necesitados contribuyendo con lo que mejor se tiene a la mano: la generosidad. Esta semana, la Conferencia del Episcopado Mexicano y CompromisoSocialMx anunciaron una singular alianza para formar una Cadena Solidaria de Alimentos y Medicinas. La Iglesia católica de México apuesta todo con esto y así activa la impresionante red conformada por 74 Cáritas diocesanas, 98 vicarias de pastoral y 850 Cáritas parroquiales.

El objetivo es tan noble como urgente. De acuerdo con la Conferencia del Episcopado Mexicano, en esta pandemia muchos ya padecen hambre y “necesitan cubrir las necesidades básicas de su familia y no tienen como hacerlo, reiteramos, miles de personas han perdido sus empleos y nadie helegido estar en esta situación”. El éxito de este programa está en la solidaridad de miles de personas dispuestas a dar para que nadie padezca necesidades en este duro tiempos que nos ha tocado vivir.

Si bien este es un primer paso, esto representa una posibilidad que llama la atención. Ya Cáritas Mexicana está invitando a los fieles y personas de buena voluntad a integrar redes vecinales de solidaridad en las parroquias. Y aunque estos pasos representan una extraordinaria demostración de la organización bien planeada y estructurada de la cual es capaz la Iglesia católica y entidades privadas, las cosas deben ir hacia formas que resuelvan la pobreza y permitan una estabilidad económica. Es loable dar de comer y resolver las necesidades básicas, inclusive emocionales, de quienes ahora padecen; pero la respuesta debe tener una visión a largo plazo que permita gradualmente la estabilización. Ese es el gran reto.

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