Editorial

Dios “apostó todo” y consiguió todo…

La pandemia se doblegará ante el estupor de la resurrección y la humanidad afirmará la razón de su esperanza: Cristo, el justo. Porque el mundo no terminará sometido por esta enfermedad, sino que el mundo será absorbido en Él en una Parusía de Vida y Luz.

Editorial CCM

La cuaresma fue un verdadero desierto de incertidumbre. Despertó en nosotros nuestros temores más ocultos y oscuros. Parecía desvanecerse frente a la escalada de la pandemia y, paradójicamente, asociándonos cada vez más a Cristo doliente, una humanidad confinada e impotente a la que se parecía reconocer cargando el pesadísimo madero de la pasión.

Días de soledad y sequedad, de enfermedad y de cruz. Agobiados ante la vorágine de cifras, de cuervas ascendentes y de estimaciones sobre número de contagios que, en la realidad, son personas. Sí, la pandemia pudo haber distraído nuestras mentes del camino cuaresmal, pero más que nunca nos asoció a la pasión y a tomar la cruz para examinar la fragilidad, la vulnerabilidad, repasando nuestros pecados, nuestra soberbia y arrogancia frente al enemigo invisible tocando lo más estimado que tenemos, más que cualquier cosa y todas las riquezas y posesiones, que títulos y logros: la preciada salud, signo del don de la vida buena.

Al través de los siglos, muchos soportaron espantosas calamidades personales y colectivas. Desde el horror de la guerra hasta la más humillante y deshonrosa enfermedad, puso en jaque el destino de naciones enteras y laceró en la carne a santos y pecadores. Esa furia existencial podría haber tenido la última palabra, energúmena y desbordada, sádica y violenta, pero esa rabia impasible no tiene la última palabra, no es el punto omega, no es el fin de todo.

En el principio era el Verbo y el Verbo estaba con Dios, dice el Evangelio de Juan y vino al mundo y habitó entre nosotros, dice la Escritura en otra parte. Y la Palabra hecha carne tomó nuestros sufrimientos, los hizo suyos y los subió a la cruz. Dios “apostó todo” y consiguió todo. Esa causa ha sido la fuerza única que sacó lo mejor del género humano para vencer la adversidad. En la Noche Santa de la Vigilia Pascual, el tiempo pareció detenerse para trasladarnos a una dimensión sobrenatural, aunque sea por unas horas frente a la televisión y redes, sin darnos cuenta por qué estábamos en casa y no en los templos. Poco a poco la luz de un cirio se hizo inmensa para estremecernos. El gran aleluya prolongado en un canto infinito por la victoria de quien asumió nuestros pecados y los hizo suyos dándonos vida eterna.

Y aunque ese momento pareció detener el reloj, devolvernos a la realidad del confinamiento y de la pandemia no podría ser lo mismo ni tomarnos sometidos en los antiguos temores.  ¡Con razón los amigos del resucitado llamaron “hermana” a la enfermedad y a la muerte! Porque, aunque nos conmueva en el cuerpo y la carne, la esperanza cristiana transforma toda esa realidad que nos parece inmisericorde.

La resurrección de Cristo ha hecho distintas las cosas.  No es un morboso placebo ni consuelo baratos para cruzarnos de brazos, retirarnos del mundo y esperar lo que Dios quiera en pusilánime actitud pasiva y calamitosa. La resurrección de Cristo es tensión entre la hora presente y lo eterno, entre el servicio en la caridad y el egoísmo; entre la necesidad y la indiferencia, entre el caos y la providencia. La pandemia se doblegará ante el estupor de la resurrección y la humanidad afirmará la razón de su esperanza: Cristo, el justo. Porque el mundo no terminará sometido por esta enfermedad, sino que el mundo será absorbido en Él en una Parusía de Vida y Luz, como aquélla que brotó de la sepultura: “Ustedes no teman. Sé que buscan a Jesús, el crucificado. ¡No está aquí, ha resucitado!”

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