Editorial

Misa en tiempos de coronavirus

Misa en tiempos de coronavirus

El coronavirus puede abrir un serio debate y dilema una vez pasada la contingencia. Entre la comunidad viva de fe o legitimar los nuevos templos virtuales del poscatolicismo al alcance de la mano cuya única condición es el smartphone de última generación para no perder conexión con el Espíritu Santo.

Editorial CCM

Nuevas formas de celebrar en tiempos donde la salud está resquebrajada y amenazada. En México, el temor por el coronavirus impele a los obispos a tomar determinaciones sobre la manera de celebrar, dispensar los sacramentos y de reunión a las comunidades en los templos católicos. Han sido medidas híbridas cuyo talón de Aquiles es la discrecionalidad de cada prelado para dejar a juicio de los fieles lo que mejor convenga y, en conciencia, sacar adelante el culto público ante la contingencia sanitaria que pronto podría ser epidemia en este país.

La dispensa del precepto dominical es el recurso canónico de los cientos de obispos hacia millones de fieles para no incurrir en el pecado contra uno de los mandamientos de la santa madre Iglesia referido a celebrar el domingo como día del Señor y la Eucaristía como expresión viva y sacramental del misterio pascual. En esencia es necesario que un sacramento sea encarnado y vivo donde esté la comunidad reunida que parte el pan de la salvación manifestando así la presencia real de Cristo resucitado. Pan de la Palabra y de la Vida que sólo puede expresarse en donde Cristo hace cabeza y donde la Iglesia está viva.

Por lo menos eso se creía hasta antes del coronavirus. Mientas su avance parece implacable, no han sido poco los obispos que recurren los nuevos areópagos que ponen ahora en un dilema de fe inaugurando los sacramentos virtuales que, dicen, podrían tener la misma eficacia gracias a la justificación por la sola fe.

Para muchos párrocos cuya trinchera puede ser ocupada por un enemigo invisible, continuar o no las celebraciones en un templo pueden ser factor que contribuya a la expansión de la potencial epidemia. Por eso se apela a una virtual creatividad pastoral cuyo altar es un smartphone, TV inteligente o IPad. Es la panacea para evitar que las celebraciones se paralicen; para los católicos tradicionales, es reducir los sacramentos a una forma de espectáculo virtual. Quienes apelan a vivir la celebración virtual en la Iglesia doméstica por el coronavirus, confinarán al hogar a los fieles para ser espectadores y no celebrantes; sin embargo, la paradoja estriba en el potencial impacto que, en la realidad, beneficia a algunos y no llega a muchos.

Quizá se piense que internet domina todo y que todos absolutamente estamos conectados, pero no es así. La Encuesta Nacional sobre Disponibilidd y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares 2018 del INEGI señala que el 53 por ciento de los hogares, poco más de 18 millones, en México tiene alguna forma de conexión fija o móvil de internet. Pero las cifras inquietan sobre la identidad de los sectores de población que acceden a internet exhibiendo el terreno tan irregular que pisamos.

Esa misma encuesta indica que son los jóvenes de entre 25 a 34 años, habitantes de áreas urbanas, quienes tienen mayor aquiescencia por la comunicación gracias a internet. La pirámide se adelgaza a medida que avanza la edad siendo que la población de 55 y más, entre cuatro millones de personas, consienten esa tecnología. Y es más cuestionante observar que internet es un fenómeno urbano que difícilmente alcanza las zonas rurales donde vive más del 20 por ciento de mexicanos que, en una gran proporción, también son católicos y pobres.

Durante el pontificado de san Juan Pablo II, el Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales difundió el documento Iglesia e internet del 22 de febrero de 2002.  Ahí se considera que los medios modernos de comunicación social son una parte importante de esta historia e internet ha contribuido a realizar cambios revolucionarios de los que no se exenta a la religión; sin embargo, internet y los recursos virtuales dejan de lado algo esencial que corre el riesgo de evaporarse: la comunicación en y por la Iglesia misma. Comunión es la palabra clave en esta lectura que parece fragmentarse cuando se dice que cualquier celebración por internet, donde se aparenta el sacramento, tiene la misma eficacia salvífica. No es así.

El coronavirus puede abrir un serio debate y dilema una vez pasada la contingencia. Entre la comunidad viva de fe o legitimar los nuevos templos virtuales del poscatolicismo al alcance de la mano cuya única condición es el smartphone de última generación para no perder conexión con el Espíritu Santo.

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