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“Desastrosa” la atención integral del sacerdote en el arzobispado de México: Exdirector de Casa Damasco

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La situación de Casa Damasco. A pesar de que los responsables del clero afirman que el programa de recuperación subsiste, los hechos demuestran lo contrario.

“Desastrosa” la atención integral del sacerdote en el arzobispado de México: Exdirector de Casa Damasco
“Desastrosa” la atención integral del sacerdote en el arzobispado de México: Exdirector de Casa Damasco

Padre Martín Nava Bello denuncia desmantelamiento de la comunidad terapéutica sacerdotal que sirvió por más de 20 años en la arquidiócesis de México. Y afirma: “Nunca pensé que don Carlos no sólo destruiría Damasco, también otras instancias de una arquidiócesis gloriosa, con mucha historia”.

Guillermo Gazanini Espinoza

La llegada del arzobispo Carlos Aguiar Retes a la arquidiócesis de México es sinónimo de desastre y destrucción de muchas estructurales pastorales que funcionaban de forma exitosa en la Iglesia católica de Ciudad de México. Un sector particularmente afectado, paradójicamente, es el presbiterio mismo. Increíblemente, y a pesar de que el cardenal Aguiar juró invertir esfuerzos para la atención de la salud sacerdotal, parece no ser verdadero.

Es la situación de Casa Damasco. A pesar de que los responsables del clero afirman que el programa de recuperación subsiste, los hechos demuestran lo contrario. Fue una institución de la arquidiócesis para la atención de la salud de los sacerdotes que abrió sus puertas en el 2000. Su primer encargado fue Mons. Marcelino Hernández Rodríguez, quien era obispo auxiliar de México y actualmente apacienta a la diócesis de Colima. Posteriormente, Mons. Jorge Estrada Solórzano, actual obispo de Gómez Palacio, coadyuvó en el fortalecimiento del programa.

Martín Nava Bello, sacerdote de la recién nacida diócesis de Iztapalapa, desmembrada de la arquidiócesis metropolitana. Recibió a este medio en el templo parroquial de Santa Martha, monumento histórico del siglo XVI, antiguo convento franciscano del pueblo de Santa Martha Acatitla, Iztapalapa. Explica las consecuencias que afrontará la arquidiócesis de Carlos Aguiar al haber “destruido” el programa de recuperación. Licenciado en Sagradas Escrituras por el Pontificio Instituto Bíblico de Roma, el último director de Casa Damasco está entregado a la vida parroquial e impulsa estudios bíblicos en el proyecto ¿Qué nos dice la Biblia? La entrevista es una manera de denunciar la grave pérdida de las comunidades terapéuticas que gozaban de un prestigio a nivel nacional e internacional. Casa Damasco era una referencia para la recuperación de la salud y también de esperanza. Como bien afirma Nava Bello, al suprimirla “dejan en desamparo” a una parte del presbiterio.

Padre Martín, ¿Qué situación guarda el programa de recuperación de Casa Damasco después de la llegada del cardenal Carlos Aguiar a la arquidiócesis de México?

-La situación es desastrosa. Desapareció este programa que en el 2000 inició con Mons. Marcelino Hernández, actual obispo de Colima. Prestó un servicio de salud integral para alrededor de 600 sacerdotes en el ámbito físico, mental, psicológico y espiritual. Un gran servicio evangélico que ahora, prácticamente, ha desaparecido. Como Casa, hasta donde sé, ahora alberga al Fratesa, pero ya no otorga la atención a la problemática de sacerdotes e inclusive de seminaristas. Se desconoció ese lado de atención y no hay respuestas porque, simplemente, no existe el equipo ni hay cabeza en ese ámbito que ocupaba Damasco; por lo tanto, se acabó una de las instituciones que, con mucho trabajo, sacrificios, a instancias del cardenal Norberto Rivera y, después con Mons. Marcelino Hernández, lograron levantar desde abajo para obtener una casa que, si bien no fue la mejor por la falta de espacios, sí fue hogar para la reintegración de los sacerdotes que, por cualquier motivo, sea por cansancio, desgaste o problemas emocionales, requerían de atención personalizada. Esto ha desaparecido, no sin lamentarlo y aún más, de llorar a una institución como uno de sus protagonistas que, desde el principio y con el lamento de varios obispos no sólo de México, también de otros países, conocían la bondad y seriedad del programa e institución de la arquidiócesis que funcionó por casi 20 años y prestó un servicio excepcional. Creo que el mejor apunte es de quienes pasaron por Damasco.

Cuando el programa afrontó la transición con el arzobispo Aguiar, quienes asumieron la responsabilidad aseguraron que Damasco continuaría y se fortalecería en sus objetivos. Esto no se dio…

-Por lo que sé, no fue cierto. Damasco desapareció. Como institución y programa de atención integral al sacerdote, desapareció literalmente. Ahora es sede de Fratesa como dije anteriormente, ya no existe dirección o cabeza que dé las orientaciones para abordar las problemáticas que atendíamos. Cuando hice entrega de la institución y de los poderes de la asociación religiosa que era la Casa, también recibí la información de que se continuaría el programa junto con el de los sacerdotes pensionados o enfermos. Se prospectaba una atención más grande, pero muy pronto se vio que esto no fue cierto. Quienes continuaban con sus terapias comunitarias, se alejaron al ver que no se prestaba la misma atención y lo que consideraban como una Casa, dejó de serlo.

Son cosas distintas la atención a sacerdotes jubilados y pensionados y las terapias de rehabilitación comunitarias que ofrecía Damasco. No son lo mismo…

-Completamente. Damasco ofreció atención integral, cuidado físico para los sacerdotes que así lo requerían puesto que no somos una población muy sana, sea por el trabajo, desgaste o mala alimentación. Había revisiones médicas integrales que no corresponden para un pensionado quien, por la edad, requiere de otra clase de atenciones. Teníamos evaluaciones psicológicas o psiquiátricas para saber que áreas debíamos atender del paciente que tampoco corresponden a un sacerdote en retiro y quien, a duras penas, no aceptaría encerrarse en una casa institucional porque la mayoría de los pensionados prefiere trabajar, apoyar en parroquia o vivir con sus familias en una vida autónoma y no someterse a un régimen. Evidentemente esas atenciones no son lo mismo, ni se complementan de forma alguna como me lo afirmaron en algún momento. Los sacerdotes que venían a buscar un apoyo en Damasco viven de otra manera. Se identificaban en el dolor, el sufrimiento, fatiga y esfuerzos para superar determinados traumas o problemas, se sostenían en el apoyo de los demás quienes habían superado todo esto.

Al llegar el arzobispo Aguiar, Damasco atendía a un número de pacientes. ¿Qué sucedió con ellos?

-Muy pronto, en el lapso de tres meses, los pacientes advirtieron que ya no había una cabeza. La situación de la Casa cambió hasta en sus instalaciones. Los pacientes se sintieron ajenos y excluidos, no eran bien recibidos y acogidos. Damasco tomaba otro vuelco. Y así me lo dijeron rotundamente con todas sus letras: ‘Ya no nos sentimos cómodos, ya no es nuestra Casa’. Los pacientes tenían la necesidad de las terapias comunitarias y de los grupos de autoayuda, pero sin el respaldo de una institución, prácticamente se fueron.

El equipo de Casa Damasco era integral. Había terapeutas, sacerdotes, religiosas, especialistas médicos, profesionales de la salud, psicólogos y psiquiatras. ¿Qué fue de ellos?

-En primera instancia me dijeron que conservarían al equipo aunado a la atención de los pensionados y ancianos. Quienes llegaron, vieron las grandes bondades del equipo que manteníamos, del médico, el psiquiatra y cuatro terapeutas. En Damasco, el equipo tomaba las riendas a través de un consejo técnico que evaluaba con los terapeutas el apoyo al sacerdote, el tiempo de permanencia durante su proceso o su alta del programa. Todo eso cambió, ahora sólo se trata de la relación terapeuta-paciente, pero obviamente él se siente desligado porque no existe la institución eclesial de apoyo. Algunos siguieron en esa forma de relación terapeuta-paciente como cualquier otra persona; sin embargo, prácticamente, dejaron escapar ese equipo de Casa Damasco.

Muchas diócesis se acercaban al programa. ¿Qué le han dicho los obispos sobre la desaparición de Damasco? ¿Ha podido hablar con alguno de ellos?

-Personalmente no he hablado con alguno de ellos todavía, pero tienen la esperanza de que siga funcionado con la intención de enviar algún sacerdote. Les digo que he dejado de ser director y que Damasco ya no está funcionado, no hay el respaldo de la arquidiócesis porque don Norberto (Rivera Carrera) era un aval o algún obispo como don Jorge Estrada o don Marcelino Hernández eran respaldo institucional. Yo ya no juego ningún papel y tampoco tengo cargo alguno en ese ámbito. En ese sentido, me quedo con la tristeza de no poder hacer algo a título personal. De buena voluntad se puede ayudar, pero no hay ningún aval como Damasco que era una institución.

Al desaparecer el programa, ¿Cuántos pacientes estaban en la comunidad terapéutica?

-En proceso eran seis. Había más en consulta externa asistiendo un par de veces a la semana a terapias comunitarias o personales. Estaban en parroquias o comunidades y, de propia voluntad, asistían a Casa Damasco entre 6 a 8 pacientes externos. Al sentirse desplazados y sin equipo de apoyo, no se terminaron los procesos médicos debidamente. Actualmente hay sacerdotes que me llaman solicitándome un reporte sobre su estado, pero no les puedo ayudar, me quedo con esa impotencia de no poder hacerlo. No tengo acceso a sus archivos ni podría consultarlos, todo se convirtió en algo muy ajeno inclusive soy una persona extraña si voy a visitar la casa.

En Damasco había información muy delicada, los archivos de los pacientes. ¿Se garantizó su debido resguardo?

-Jamás pensé el alcance que iba a tomar el desmantelamiento de Damasco. Nunca imaginé que don Carlos (Aguiar Retes) lo acabaría. Otra hubiera sido mi reacción. Poco antes de salir de Damasco, tuve la precaución de pedir a las religiosas que trabajaron con nosotros si me daban posibilidad de resguardar los archivos en la casa aledaña a nosotros. A la hermana superiora le manifesté mi preocupación por esa información debido a que todo estaba cambiando, así que le pedí ponerlos en un lugar seguro dentro de su convento. Ella atinadamente los puso en sitio seguro en previsión de mantener confidencialmente los datos que se contienen en ellos. Los archivos no quedaron expuestos ni en las manos de quienes no deberían tenerlos.

¿Qué congregación de religiosas ayudaban ahí?

-Siervas Misioneras de la Divina Misericordia. Ellas auxiliaban en toda la administración de Damasco.

Los sacerdotes requieren de atención integral. Terminar con Damasco fue acabar con una posibilidad de salud para el clero…

-Damasco fue una excelente idea del señor Norberto y de don Marcelino Hernández quien tenía la experiencia de Casa Alberione de Guadalajara para la recuperación de sacerdotes. Don Norberto echó mano de él y le dio cabida en la arquidiócesis para el apoyo. De tal manera que Damasco se convirtió en referencia al mismo grado que la Institución Alberione o de Casa Rougier de los Misioneros del Espíritu Santo. Varias diócesis recurrieron a Damasco por el trabajo profesional, serio y bueno, pero sobre todo por los excelentes resultados, de alguna forma era un buen abrigo, una casa, un apoyo para los obispos que vieron en el programa un magnífico recurso. Al suprimirla, no quitan la problemática, esto seguirá puesto que el sacerdote tiene problemas, traumas que viene arrastrando tal vez desde su misma familia, con estrés laboral o tantas otras que va sufriendo y ahora, no hay ese espacio. Lo dejan desamparado. La problemática seguirá en aumento y sin Damasco, se despojó al presbiterio de un apoyo muy fuerte.

Eso fue lo que perdió la arquidiócesis de México al disolver Damasco, el apoyo…

-Evidentemente. El presbiterio también sufre y padece, requiere de apoyo, no del castigo al que se recurrió erróneamente por mucho tiempo. Necesita de un abrigo, el apoyo, una Casa… La esperanza de superar los problemas juntos… de recuperación. Antes de Damasco, las opciones eran de castigo: ‘No te portas bien, te castigo, te quito la parroquia, te mando de vicario o te suspendo’, eso era lo normal, a diferencia de un apoyo para tratamiento de un sacerdote que, superando sus carencias, pueda alcanzar madurez. Actualmente yo lo veo en la realidad, hay algunos colegas que andan arrastrando la cobija y que pueden ser muy útiles ante la carencia de sacerdotes, pero ahora no tienen el apoyo de esa institución.

¿Cuál es la denuncia específica ante el desmantelamiento de Casa Damasco?

-Deberían considerar la dimensión y bondad de esta institución. Varios obispos nos visitaron y conocieron al equipo y la misma Casa, convivieron con los sacerdotes en terapia en un ambiente eclesial. Los obispos deberían hacer algo con la intención de recuperar ese espacio formativo, sanador y evangélico donde el hermano se preocupa por otro hermano sacerdote, que no lo juzga y trata de ayudarlo.

Algún mensaje final para nuestros lectores…

-Lamento mucho que esto haya pasado. Estoy muy triste, decepcionado. Nunca pensé que, con su llegada, don Carlos destruiría no sólo Damasco, también otras instancias de una arquidiócesis gloriosa, con mucha historia. Lo repito, me da mucha lástima, tristeza y creo que los obispos, entre ellos, como hermanos, pueden hacer algo por una Iglesia que ha dado tanto.

Nava Bello. Denuncia.
Nava Bello. Denuncia.
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