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¿Por qué cayó Marilú Esponda?

La luna de miel terminó muy pronto.Llegó como la mejor apuesta de comunicación e imagen del arzobispado de México. Ahora se va por la puerta de atrás.

Guillermo Gazanini Espinoza/CCM

A oscuras, casi desapercibido como el ladrón merodeando y se va a escondidas, así fue la noticia de la salida de Marilú Esponda Sada de la dirección de comunicación social del cardenal Carlos Aguiar Retes. Un escueto y tímido comunicado fue liberado la tarde del viernes 13 de septiembre al anunciar su remoción para dirigir durante los siguientes meses, diversos proyectos especiales relacionados con las áreas de Comunicación y Desarrollo Institucional de la Arquidiócesis, según la nueva encomienda para la maestra Marilú.

Si Esponda llegó por la puerta de enfrente con bombo y platillo presumiendo que comunicación social tendría rostro de mujer augurando una nueva etapa gracias al aperturismo de Aguiar Retes para renovar y transformar esa área estratégica en el arzobispado de México, su salida fue por la puerta de atrás, pero con supuesta dignidad al encargarle hipotéticos proyectos especiales. La realidad es que la salida de Esponda demuestra la evidente crisis del arzobispado, la incompetencia de Esponda y el estorbo en el que llegó a convertirse.

María Guadalupe Esponda Sada, es mejor conocida por su alias MarilúSu asociación con el arzobispo Aguiar ha sido desde que ella era una novata de las comunicaciones. De buena cuna, María Guadalupe creció en una familia de profundo raigambre religioso, asociada a las agrupaciones católicas más pudientes y ortodoxas. Como contó a este medio, explicaría cuál era su relación con el Opus Dei, misma que acabó apenas unos meses: Soy numeraria del Opus Dei, y como tal, me siento una mujer muy afortunada, a la que Dios quiere mucho, y por eso también me considero una persona muy feliz. El Opus Dei busca dar formación cristiana para que cada quien actúe coherentemente en las circunstancias donde se encuentra. En lo personal, el espíritu del Opus Dei me ayuda a vivir mi fe, y a encontrar a Dios en las distintas circunstancias de la vida: mi familia, el trabajo, el descanso, mis amigos… en todo momento. En otros temas, los relativos a las decisiones personales, políticas y profesionales, no influye ni interviene, cada quien es libre de hacer con su vida lo que cree conveniente. El Opus Dei busca que cada uno de sus miembros actúen con total libertad y responsabilidad.

Formada como licenciada en la Universidad regenteada por miembros de la Obra, Marilú llamó la atención de los adictos a Carlos Aguiar, entre ellos un oscuro personaje, el sacerdote Manuel Corral. Ella misma lo confiesa en lo que pretende ser una biografía del cardenal, un libro casi fantástico que busca hacer del arzobispo el héroe religioso perfecto. Según la autora, Corral la buscaría para hacerla responsable de las comunicaciones del obispo de Texcoco cuando llegaba a tomar posesión de la Conferencia del Episcopado Mexicano.

Con falsa modestia, pero notoria ambición por el escaparate, los reflectores, adicta a las redes sociales, la comunicadora aceptaría el cargo iniciando así una perfecta simbiosis con el futuro cardenal hasta en la forma de vestir; moviéndose como pez en el agua, superó la supuesta aversión por el trabajo en el ambiente de obispos y sacerdotes, su candidez le fue abriendo las puertas del episcopado, pero los periodistas que le conocieron en esa primera etapa de su carrera no la recuerdan precisamente por ser brillante, más bien por su ingenuidad y ser la protegida de su patrón en el episcopado. Dispuesta más a defender la imagen de Aguiar que la de la Iglesia católica, Esponda estaría siempre bajo la sombra del entonces obispo de Texcoco hasta poseer la preciada joya de la corona, el arzobispado de México. 

En marzo de 2018, después de ser investido en el cargo como sucesor de Juan de Zumárraga, Carlos Aguiar tuvo su primer encuentro con el presbiterio arquidiocesano, reunión histórica al reunir a más de mil sacerdotes quienes guardaban grandes expectativas por todo lo que se decía del nuevo arzobispo; sin embargo, las esperanzas del clero hacia el nuevo cardenal pronto recibieron un primer gran golpe. En esa reunión, Aguiar impondría a su equipo operador más cercano que serviría de intermediario entre él y su presbiterio. Antes que cualquier actividad pastoral y de gobierno, Aguiar tenía una urgencia. La prioridad era desactivar el protagonismo que le podría ser muy incómodo. Ese era neutralizar la molesta oficina de comunicación social regentada por el padre Hugo ValdemarR Romero instalando a Marilú como la marca más dulzona y amistosa.

La apuesta de Aguiar fue por un estilo conciliatorio publicitando como nunca una nueva era en el estilo de comunicaciones del arzobispado dando vuelo al hecho. Esponda fue laureada como novedoso talento e identidad de mujer en un ambiente predominantemente masculino, pero en realidad esa confirmación fue la recompensa por su fidelidad al arzobispode México.

El inicio de la crisis estaba en marcha sin que Marilú lo percibiera. En poco tiempo, las fricciones emergieron y el descontento no se hizo esperar cuando, desde su oficina, se emitían documentos oficiales firmados por ella que se imponían al presbiterio. Como hija de su tiempo, Esponda despreciaría los anticuados métodos para ir hacia las líquidas formas de comunicar a través de tuits, likes y commentsElla misma era responsable del tuiter  del cardenal Aguiar y no fueron pocos los errores que proyectó en esa red social. Su política era interpretar los deseos del cardenal porque según MarilúEl Papa Francisco nos anima a llevar a la Iglesia a las calles y ahora las calles se llaman internet. Si queremos ser relevantes para los jóvenes, hemos de hablar su lenguaje, estar muy presentes donde ellos se encuentran.

La luna de miel fue breve. Marilú comenzó a topar con pared al darse cuenta que una oficina de tal envergadura no es un laboratorio universitario. Sufrió el mazazo de la tremenda responsabilidad y la dirección de comunicación social del arzobispado no eran solo cambios cosméticos, pactadas entrevistas a modo en televisión ni remodelaciones de oficinas. En su delirio casi fanático, se esforzaba por maquillar un rostro amable de Aguiar para filtrar incluso las entrevistas que los medios solicitaban. 

Las primeras crisis de comunicación demostraron cómo ella y su equipo permanecerían impávidos, francamente rebasados y sin capacidad de acción, al borde del mutismo y refugiándose en el ostracismo. El secuestro y asesinato del padre Moisés Fabila, el silencio ante la violencia social, los deslucidos clips del cardenal Aguiar vía whatsapp, la apología de la ideología homosexualista, el tiroteo en casa del cardenal Rivera Carrera, las ofensivas declaraciones sobre los católicos de chocolate o la parálisis e incapacidad de respuesta inmediata sobre ecaso Leonardo Avendaño y la prisión del sacerdote Francisco Javier Bautista fueron suficientes para que Marilú se diera cuenta que las grandes ligas de la comunicación religiosa no eran lo que pensaba.

Hacia adentro, la caída era libre. Marilú afrontó reclamos por su incapacidad. Las acciones por tomar eran urgentes antes de que el desastre fuera total. Un movimiento fue el rediseño del semanario arquidiocesano Desde la fe para confiarlo a un periodista, Javier Rodriguez Labastida. Apostando más por la imagen, el controvertido semanario dejó de serlo para convertirlo en un negocio editorial inocuo de variedades religiosas con mucho color y piadoso contenido afrontando profundos dilemas financieros que, en su momento, llevarían a Marilú a considerar la potencial compra de cuestionada publicidad patrocinada por bancos para salvar al semanario sin importar las consecuencias. Esa publicidad sería una franca ofensa para miles de presbiteros y que, afortunadamente, fue retirada de la circulación por la evidente oposición a la identidad sacerdotal al preferir la pastoral bancaria y de negocios.

Como todo lo que toca Carlos Aguiar, el divide y vencerás condujo a la destrucción de lo construido como referente informativo de la fuente religiosa en México. Marilú pronto pasó a ser utilizada por el arzobispo para detonar la relación de comunicación con la sociedad y los medios. Maquillando cifras, Desde la fe pasó a ser un tímido medio de poco más de 12 mil ejemplares aun cuando sus promotores presumen más de 30 mil impresos sin justificar o certificar su circulación. 

El Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México -SIAME- pasó a mejor vida bajo el pretexto de la unificación de plataformas; la sede de comunicación social en Huipulco, Casa Miranda, se desmanteló para convertirlo en el carísimo búnker y centro de negocios pastorales del arzobispo Aguiar y la comunicación interna pronto colapsó liquidando esa oficina con la única urgencia de mantener a flote una moribunda revista, incosteable y cara, convertida más en obsesión por mantenerla artificialmente que útil eclesial y socialmente, sin aceptación entre el presbiterio y con nulas posibilidades de que esa publicación vuelva a posicionarse como un referente indiscutible nacional e internacional en cuanto a la línea que le caracterizó. Ahora está replegada, eclipsada y peor vapuleada ante los fracasados intentos críticos de editorial ridiculizados por el presidente López Obrador. Incluso otra movida bastante cuestionada fue que ella tuvo que subirse a un barco que no le toca, firmar por sí sola un acuerdo con SNAP y el de la atención a las víctimas de abusos sexuales perpetrados por clérigos a la par con dos individuos muy cuestionados. Incluso, hay algo que debería advertirse y que no resulta menor. Marilú apoyó la candidatura de Joaquín Aguilar, ahora cercano a Carlos Aguiar y al sacerdote Manuel Corral, para ocupar la presidencia de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas de la Secretaría de Gobernación en el gobierno de AMLO.

En últimos meses, María Guadalupe -Marilú- no se paraba en su oficina de Durango 90. En apariciones públicas, no pocos advirtieron su rostro demacrado y notoria delgadez que reflejaban la pesadumbre. Después de vivir en el Opus Dei, abandonó su relación jurídica con la Obra para entregarse a algo más humano, el amor con un corredor de autos, que incluso Marilú no tenía el mínimo empacho ni precaución en exhibir en redes sociales como una nueva victoria en su vida y al servicio del morbo popular como temilla de revistas de chismes y del corazón.

La caída de Marilú era cosa de tiempo. Ella misma afirmaría que la clave de la buena comunicación de la Iglesia es la credibilidad, que aumenta cuando los cristianos reflejamos el Evangelio en nuestras vidas, y disminuye con los escándalos y la falta de coherencia personal. Y aunque ahora se busque una salida digna y menos denigrante para Aguiar, como eso de novedosos proyectos de comunicación que nadie conoce ni se sabe en qué consistenen realidad se quiere tapar una salida triste porque Marilú fue la primera víctima de la incoherencia, de las improvisaciones y autoritarismo del arzobispo Aguiar, de un cardenal que no escucha y mucho impone. El punto medular no es María Guadalupe, Marilú. Euna pieza prescindible en la maquinaria de ambiciones del cardenal Aguiar. Cayó porque ya no era útil a ese pragmatismo y el peso de la responsabilidad chocó con sus nobles pretensiones: “La comunicación no debe girar sólo en torno a discursos o teorías, sino a hechos, acciones, a la vida misma de la Iglesia, de sus fieles. Eso es incompatible con este arzobispo cada vez más cuestionado a quien lo que menos importa es mostrar la relevancia de la fe en la vida diaria de las personas… Suerte María Guadalupe, Marilú.

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