Editorial

A la memoria de Mons. Miguel Patiño Velázquez, MSF

El obispo Patiño será recordado siempre por su notable labor pastoral y sus denuncias al grado de lo Profético

Editorial CCM

Miguel Patiño murió como vivió… De manera sencilla y en paz, el obispo emérito de Apatzingán dejó de existir el 22 de septiembre y representa una sentida pérdida en el episcopado mexicano. Nació en La Piedad, Michoacán, en 1938 y fue de esos casos raros entre los obispos. No descolló por estudios en el extranjero ni por tareas en burocracias curiales, tampoco por el cúmulo de doctorados o los cargos que le pudieron servir de peldaños de ascenso para una meteórica carrera eclesiástica.
Siempre en Michoacán, su única diócesis, Apatzingán, fue la que apacentó por 23 años en el cual el pastor afrontó la mutación de la violencia. Creada en 1962, fue llamado a regirla a partir de 1981 hasta su renuncia canónica en 2014.

El obispo Patiño será recordado siempre por su notable labor pastoral y sus denuncias al grado de lo profético. En 2013, la carta Hagamos de Michoacán un estado de derecho fue el documento que puso al obispo en los reflectores públicos al exhibir la franca descomposición y poner a Michoacán al nivel de estado fallido al apuntar contra los autores de la descomposición: Los grupos criminales: Familia Michoacana, Zetas, Nueva Generación y Caballeros Templarios, principalmente, se lo disputan como si fuera un botín. La Costa: para la entrada de la droga y los insumos para la producción de las drogas sintéticas; la Sierra Madre del Sur y la zona aguacatera: para el cultivo de mariguana y amapola, el establecimiento de laboratorios para la producción de drogas sintéticas y refugio de los grupos criminales. Las ciudades más importantes y todo el Estado: para el trasiego y comercio de la droga, “venta de seguridad” (cuotas), secuestros, robos y toda clase de extorsión.

Esa carta pasó a la historia de los anales de la Iglesia en México por su grado de atrevimiento hecho por un eclesiástico. Su lectura, tras la muerte del prelado, resulta imprescindible para que, en retrospectiva, se evalúe qué tanto las cosas han cambiado desde que Patiño Velázquez hizo una radiografía del crimen y del sufrimiento del pueblo michoacano: injusticias del crimen organizado, levantones, secuestros, asesinatos, el cobro de cuotas y derechos de piso, desplazamientos forzados por miedo e inseguridad… Si bien esa carta de 2013 tuvo proyección nacional, el obispo había escrito otras debido a la violencia contra sacerdotes de la diócesis asesinados, el último en 2012, el padre Víctor Manuel Diosdado de la parroquia de San José de Chila, cuya labor provocó choques con el narcotráfico costándole la vida.

Se dice que la diócesis de Mons. Patiño enviaba semanalmente un informe de asesinatos en Apatzingán al dicasterio encargado de los derechos humanos del Vaticano. El año previo a su renuncia, 2013, documentó 920 personas asesinadas, 280 levantadas, 42 secuestradas, 238 desaparecidas, 3 mil familias desplazadas y mil 200 despojadas de sus tierras.
Esa sería una de las razones por las que el Papa Francisco diera un especial reconocimiento al episcopado michoacano cuando en 2015 recayó un capelo cardenalicio en la persona del arzobispo de Morelia, Alberto Suárez Inda, debido a la denuncia de la violencia y el crimen.

La peregrinación terrenal llegó a su fin. Y con razón, el secretario de los obispos de México, al conocer el triste deceso, señaló al desaparecido prelado como “muy querido e insigne apóstol del Señor”. Ese fue Miguel Patiño Velázquez. Descanse en paz.

A la memoria de Mons. Miguel Patiño Velázquez, MSF
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