Editorial

Abusos sexuales, el mea culpa que requiere acciones certeras

La Iglesia mexicana debe actuar con decisión y mano firme sin dejar de lado la teología de la misericordia y de la caridad.

Editorial CCM

La Jornada de oración por las víctimas de abuso sexual, realizada el 16 de julio en la Universidad Pontificia de México, vuelve a ser un llamado de atención sobre el lacerante y doloroso tema de los abusos sexuales contra menores, pero además implica el reconocimiento sincero de la culpa que aún pesa al haber permitido que este mal llegara a niveles inconcebibles lastimando a muchos al seno de la Iglesia de Cristo.

En todo el mundo, los delitos cometidos por clérigos han lesionado la credibilidad de la Iglesia encendiendo señales alarmantes que erosionan el edificio eclesial al mostrar cómo los fieles se alejan y desprecian al catolicismo alzando la voz en la búsqueda de justicia negada por nefastas influencias que han involucrado a altísimos jerarcas eclesiásticos.

En México, un carismático líder y fundador fue prácticamente esa punta del iceberg. A finales de la década de los 90, este horrible caso destapó las redes de poder del influyente clérigo que había montado prácticamente un negocio al amparo de la fe para conseguir privilegios, dinero e influencias. Jamás se podrá conocer cuál fue el número de personas de las que abusó; sin embargo, era la forma descarada de la corrupción que también dañó a millones cuando se aceptó que ese santo fundador era, en realidad, la encarnación del mal que burló, incluso, la confianza de Pontífices santos.

En México las lecciones apenas se van asimilando y quizá la Iglesia de este país sea de las más comprometidas en la lucha contra los abusos sexuales para suscitar de nuevo la confianza perdida en menos de una década. En la última jornada de oración de la Universidad Pontificia de México y auspiciada por el vanguardista Centro de investigación y formación interdisciplinar para la protección del menor -CEPROME-, el secretario general de la Conferencia del Episcopado Mexicano pronunció un sentido mensaje que  puso en el juicio de la historia a la actual generación de obispos y responsables de la Iglesia para saber si en el futuro se verán como sensibles, responsables, humildes y valientes para aplicar las enmiendas y correcciones que tenían qué hacer para acabar con los abusos en cualquiera de sus formas.

Aunque el reconocimiento se vale de la sinceridad al aceptar que se pudo haber actuado en la omisión y encubrimiento de los responsables privilegiando a los victimarios y despreciando el dolor de las víctimas, los obispos de México saben que el inadecuado ejercicio de la autoridad propició el germen del abuso azuzando el escándalo, tolerando deplorables conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia que son propias del llamado clericalismo reprobado por el Papa Francisco.

Aquí el compromiso parece ser ineludible y la Iglesia mexicana debe actuar con decisión y mano firme sin dejar de lado la teología de la misericordia y de la caridad. Reconocer que los primeros enemigos están dentro de nosotros, entre los obispos, sacerdotes y consagrados, como afirmó el auxiliar de la arquidiócesis de Monterrey y secretario general de la CEM, es la aseveración que admite que, al amparo de la autoridad, se encubre y deja de aplicar la justicia debida para sanar y reparar. Aun cuando en esta jornada de oración se ha dado un reconocimiento de los pecados, aún falta por saber cuál es la penitencia justa.

En contraste con otras Iglesias del mundo, en la de México no hay datos claros, transparentes y ciertos para saber cómo se ha actuado y llevado a la justicia a los posibles abusadores y de qué forma se han reparado los daños para resarcir los derechos de las víctimas además de la atención a los victimarios.

Es justo reconocer el pecado y cantar el mea culpa. Sin embargo, se requieren más pasos y la toma de decisiones contundentes. No sólo se trata de Jornadas de golpes de pecho y de cabeza inclinada en señal de arrepentimiento. Tampoco es desatar una cacería de brujas. Llevar a la cárcel a quienes perpetraron abusos de forma directa será consecuencia de la profunda renovación emprendida de toda la Iglesia, con obispos más conscientes de su misión de pastores y padres de su rebaño. Y, por más doloroso que sea, bajo los más rigurosos caminos legales y de respeto a los derechos humanos, es necesario conocer quiénes son esos enemigos que están dentro… Sólo la denuncia certera del mal hará posible que el bien prevalezca para devolver la credibilidad perdida, si de verdad quiere recuperarse.

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