Editorial

Caminata por la Paz y el Obispo Profeta

Sin vacilar, el obispo dio santo y seña de los derechos de piso en municipios a los que se les cobra, producto del pase de factura del narco por financiar campañas. Un apremiante llamado lo hizo de forma particular a los grupos delincuenciales con nombre y apellido: El cartel de Jalisco Nueva Generación, Los Rojos, La familia michoacana, Los Tlahuicas y Los mayas. A todos sus miembros les urgió liberarse de sus ataduras de muerte y les recordó: “¡Ustedes también son hijos de Dios!… Conviértanse”.

Editorial CCM

La Quinta Caminata por la Paz de la diócesis de Cuernavaca quiso ser novedosa expresión multitudinaria para dar oportunidad a la vida tranquila y al respeto de los derechos de todos los morelenses. No fue una convocatoria hecha por organismos no gubernamentales o asociaciones políticas que sacan raja. Tampoco fue manifestación de gremios que reciben línea. Caminata infiere a la peregrinación, a “ponerse en movimiento” para llegar a la morada santa, a la tierra otorgada, al lugar de las promesas. Es signo de esperanza y de profecía, de la presencia de miles que anhelan la bondad y de denuncia de los pecados de algunos que han perturbado la paz.

Junto con la iglesia diocesana de Cuernavaca, un hombre asume el papel para ser la voz de esos a quienes se les han negado la justicia debido a la impunidad y corrupción. En julio de 2013, Mons. Ramón Castro Castro tomó posesión de la cátedra que fue ocupada por el obispo de los pobres, don Sergio Méndez Arceo y el trágicamente desaparecido Juan Jesús Posadas Ocampo, quien ordenó sacerdote a Mons. Ramón Castro, el 13 de mayo de 1982.

Tras cinco años apacentando la Iglesia de Cuernavaca, el “pastor de la paz” enfrentó acoso y persecución en la administración del cuestionado Graco Ramírez quien, incluso, no tuvo empacho alguno en manipular a los poderes estatales para denunciar al obispo ante la Secretaría de Gobernación y el nuncio apostólico, Franco Coppola, de intromisión política que estaría vulnerando el artículo 130 constitucional y la laicidad del Estado mexicano.

Castro fue perseguido igualmente por su férrea y determinada defensa de la vida desde su concepción hasta la muerte natural, de la familia y el matrimonio entre hombre y mujer y por enseñar acerca de la dignidad de la persona humana. Se convirtió así en un personaje incómodo para las facciones de la izquierda radical.

A esto se sumó la devastación de Morelos después del sismo de 2017. La diócesis de Cuernavaca sufrió daños en templos y comunidades e incluso catedral diocesana cerró sus puertas; sin embargo, la fuerza de la naturaleza y sus devastadoras consecuencias no amilanaron al obispo. Se recuerda, igualmente, cómo denunció sin temor alguno, el desvío de ayuda humanitaria cuando se supo que, por órdenes de la esposa del gobernador de Morelos, Elena Cepeda, se estaría lucrando con las aportaciones para los damnificados.

En la Quinta Caminata por la Paz, Mons. Castro pronunció un discurso con el más alto signo de la profecía. Sólo la denuncia puede ser efectiva si las cosas que hacen daño son llamadas con su nombre. Así fue. Ante el “aterrador y amenazador ambiente de violencia”, el obispo apuntó sobre lo que incide directamente en perjuicio de la familia: aborto, ideología de género, manipulación de la sexualidad, cultura de la muerte… pero quizá el más duro señalamiento fue contra la narcocultura que degenera a la sociedad.

Sin vacilar, el obispo dio santo y seña de los derechos de piso en municipios a los que se les cobra, producto del pase de factura del narco por financiar campañas. Un apremiante llamado lo hizo de forma particular a los grupos delincuenciales con nombre y apellido: El cartel de Jalisco Nueva Generación, Los Rojos, La familia michoacana, Los Tlahuicas y Los mayas. A todos sus miembros les urgió liberarse de sus ataduras de muerte y les recordó: “¡Ustedes también son hijos de Dios!… Conviértanse”.

Con todo, el obispo Castro Castro ha puesto el dedo en la llaga. Ante la violencia que toma cualquier vida sin vacilación, el pastor de la paz apeló a la conciencia de esos responsables. Ellos presumen de ser el Goliat de nuestros días; sin embargo, ese temible y pavoroso gigante fue vencido por un ungido quien tuvo a Dios por su fuerza y seguridad. Hoy, a los miles de personas que caminaron sin temor por las calles de la atribulada Cuernavaca y a su Pastor-Profeta, bien les queda la promesa hecha por Jesús: ¡Bienaventurados los que buscan la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios!

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