Editorial

Cumbre antiabusos, recuperar la credibilidad

La Cumbre antiabusos será una forma de lavar la pus de la herida que no deja infligir dolor intenso. Más que anuncios espectaculares, la reunión tendrá el valor de enfrentar de una vez lo que pasa al interior y que penosamente se consideró como algo para ventilarse en casa exclusivamente.

Editorial CCM

La llamada cumbre antiabusos convocada por el Papa Francisco he creado las más variadas expectativas. Desde la explosión de escándalos, con el destape de los delitos cometidos en Boston en 2002 que causó la caída del cardenal Bernard Law, diócesis en el mundo son sacudidas por abundantes casos de abusos sexuales cometidos por clérigos.

Lamentablemente se ha revelado el encubrimiento sistemático de obispos y de altos prelados cercanos a las funciones del Papa; países enteros están en conmoción por el nivel de corrupción que hubo entre jerarcas y delincuentes; ahora el Pontífice pretende reducirlos al estado laical después de una trayectoria impecable en la jerarquía ocupando importantísimas sedes episcopales o portando el capelo cardenalicio. Hoy han caído debido a esta política de cero tolerancias, pero más que eso fue la inercia del escándalo que hacía imposible seguir ocultando las atrocidades.

No obstante, el destino próximo de la Iglesia se juega en la forma como deba tratar y erradicar los abusos para hacerla un lugar seguro. ¿Las claves podrían estar en la próxima Cumbre? Llama la atención que Francisco haya convocado a los presidentes de las Conferencias Episcopales de la Iglesia católica universal. El Papa quiere conocer cercanamente las problemáticas de cada país y en qué punto están las cosas para desactivar de una vez los potenciales delitos. La crudeza de los abusos será parte de esta realidad ventilada en Roma y la reunión analizará de cerca las dolorosas experiencias de encubrimiento, corrupción y colusión de episcopados como sucedió en Chile donde la Iglesia está al borde del abismo enfrentando, además, el abandono de los fieles apostatando del catolicismo en desgracia por su lastimada credibilidad.

México fue herido por la corrupción del caso Marcial Maciel, sacerdote abusador de la religión y pederasta criminal mucho antes que los casos de Boston cuando en 1997 exlegionarios revelaron las conductas patológicas de quien fue considerado modelo y educador de la juventud. La Iglesia mexicana ha vivido bajo esa nefasta sombra y ahora 152 casos de sacerdotes abusadores en menos de una década revelados por el presidente de la CEM, el arzobispo Rogelio Cabrera López exige hacer justicia a las víctimas.

La presión social hacia la Iglesia mexicana crece al haberse hecho este anuncio. En el senado, el coordinador parlamentario del Partido Revolucionario Institucional quiere encabezar una cruzada en contra de clérigos pederastas. Habiendo ocupado el cargo de Secretario de Gobernación en la administración de Enrique Peña Nieto, el senador Osorio Chong reclamó que en sus reuniones con el episcopado mexicano no se le haya dado la información relativa sobre abusos: “La verdad es que esto al Secretario de Gobernación nunca le llegó, en pláticas con los obispos nunca lo comentaron, y tuve muchas reuniones con obispos, el clero, y nunca tuve señalamientos al respecto”, indicaría.

Los obispos de México reconocen que no se han dado estadísticas ni cuentan con datos certeros sobre los asuntos. Tampoco hay datos duros sobre el posible encubrimiento de obispos. Mucho menos una cifra general de los procesos abiertos y las sentencias ejecutadas; sin embargo, Mons. Rogelio Cabrera López y el secretario general de la CEM, el auxiliar Alfonso G. Miranda Guardiola, dejan claro que la Iglesia mexicana cuenta con los protocolos para evitar cualquier conducta delictiva además de que serán los obispos de México quienes llevarán a esa cumbre el pedimiento para que el Papa otorgue facultades de atracción con el fin de que los casos no queden bajo el manejo a discreción de los obispos en cada de las diócesis sino que sean del conocimiento de la Conferencia Episcopal para prevenir cualquier forma de encubrimiento y hacer efectiva justicia.

La Cumbre antiabusos será una forma de lavar la pus de la herida que no deja infligir dolor intenso. Más que anuncios espectaculares, la reunión tendrá el valor de enfrentar de una vez lo que pasa al interior y que penosamente se consideró como algo para ventilarse en casa exclusivamente. Es la consolidación de pasos para “reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables” y sobre todo, pedir perdón por los pecados propios y ajenos e iniciar sinceramente un camino de recuperación de la confianza y credibilidad perdidas.

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