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¿Clero bajo fuego? Tiroteo en casa del cardenal Norberto Rivera Carrera

¿Clero bajo fuego? Tiroteo en casa del cardenal Norberto Rivera Carrera

“Son muchos los sufrimientos que a causa de la violencia a lo largo de estos últimos años se han ido acumulando en las familias del pueblo mexicano”

Guillermo Gazanini Espinoza / UICCM

Hace una semana, la arquidiócesis de Tijuana era sacudida por la muerte del presbítero Ícmar Arturo Orta, secuestrado y encontrado sin vida en las playas de Rosarito; días después, el 20 de octubre, Mons. Raúl Gómez Gutiérrez, obispo de Tenancingo, dio a conocer que uno de sus sacerdotes, Enrique Madrid Hernández, desparecido, había sido encontrado a salvo cuando, según el prelado, “había sido privado de su libertad”; el obispo, al final de un mensaje, agradeció y demostró su espíritu solidario hacia quienes han sufrido una pérdida “ocasionada por la inseguridad social que padecemos”.

Un día después, la tarde del domingo 21 de octubre, un tiroteo en la casa del arzobispo emérito de México, cardenal Norberto Rivera Carrera, mantuvo activos a los servicios policiales y de seguridad mientras que, uno de los más cercanos colaboradores del purpurado, el pbro. Hugo Valdemar Romero, acompañando a Raymundo Collins, secretario de Seguridad Pública, daba una precipitada conferencia de medios para explicar los pormenores de los hechos donde perdió la vida el policía bancario José Javier Hernández Nava, quien cayó abatido por una balacera aun no determinada en sus causas. La inmediata reacción de la Conferencia del Episcopado Mexicano en un comunicado de “cercanía y solidaridad” hacia el emérito de México y un parco tuit del arzobispo primado de México, cardenal Carlos Aguiar Retes, en el que afirmó haber recibido las noticias del tiroteo en la casa de Norberto Rivera, lamentando “el fallecimiento del policía, y pido por su familia y el eterno descanso de su alma, seguimos a la espera de la información oficial por parte de las autoridades”, fueron la muestra de la condena por el ascenso de la violencia y del crimen imparable que, semana tras semana, deja decenas de muertos a lo largo y ancho del territorio nacional.

Lo sucedido la tarde del domingo muestra cómo la Ciudad de México es presa de la delincuencia cuando muchas veces se quiso minimizar la presencia de cárteles bien estructurados. Los ciudadanos estamos a la merced de grupos que han hecho del crimen su principal negocio. Nadie puede decirse a salvo, ni siquiera en barrios y colonias donde puede presumirse de cierta seguridad como en La Florida donde está la casa del prelado quien sólo supo de la agresión después de haberse consumado.

La gravedad del asunto tocó al clero como blanco de las actividades delictivas. En una semana, tres eventos relacionados con sacerdotes encendieron los focos rojos. Dos secuestros previos, uno de ellos con un desenlace afortunado, apuntan hacia una posible preferencia del crimen organizado a lo que podría ser una nueva forma para obtener lucrativos dividendos: Levantar a clérigos como objetivos fáciles dada la relativa desprotección e incapacidad de defensa inmediata.

Apenas hace unas semanas, el 4 de octubre, la desaparición del padre Juan Carlos Alatriste, de la primera vicaría de la arquidiócesis de México, fue menos conocida. El sacerdote fue encontrado con vida cuando logró escapar de sus captores. Algunas fuentes reportaron que el presbítero fue engañado y, mientras se aprestó a la atención de un llamado para atender a un enfermo por la madrugada, fue sometido y recluido en una casa de seguridad en la zona de Cuautepec en la alcaldía de Gustavo A. Madero. Su liberación se debió al presunto descuido de los delincuentes y tuvo que ser atendido en un hospital de la colonia Ticomán. La reserva del caso, según algunas declaraciones, se debió a la discreción de la familia quien pudo haber recibido las exigencias de un rescate.

Todavía falta saber cuál era el objetivo no consumado en la casa del cardenal Norberto Rivera Carrera donde se dice, el principal móvil sería el robo. Sin embargo, la elevación del crimen a tales niveles fija la atención para decir que la desestabilización provocada por los grupos delincuenciales emite estas señales de claro poder que enfrenta a las mismas instituciones que, en el pasado, parecían tener reputación, eran inatacables y hasta gozaban de una especie de fuero que inhibía cualquier agresión.

Las parroquias y templos, por otro lado, se convierten en objetivo del crimen para ser asaltadas y despojadas en sus ganancias y no pocas veces, los sacerdotes han sido víctimas de amagos, golpizas y algunos han perdido la vida de forma cruel cuando pretenden defender sus propiedades. De acuerdo con el Centro Católico Multimedial, entre 26 y 28 templos católicos son blanco del delito semanalmente. Así la inseguridad, la Conferencia del Episcopado Mexicano emitió los Protocolos Básicos de Seguridad Eclesial: Personal y de Recintos Religiosos nutridos por la experiencia de diócesis que han padecido duras pruebas ante el poder del crimen.

La cuestión no es menor. Hoy tenemos a un policía muerto que enfrentó a desconocidos quienes simularon la entrega de un paquete y abrieron fuego contra él. Aunque el móvil pudo haber sido el robo, la acción directa debe agotar todas las líneas posibles para que la opinión pública sea informada verazmente, pero la señal es clara: No importa quién sea, como afirman los obispos de México en el Plan Global de Pastoral PGP 2031-2033, “tal parece que esta situación de violencia ha rebasado a las autoridades en muchas partes del país, los grupos delincuenciales se han establecido como verdaderos dueños y señores de espacios y cotos de poder y, debido a la furia y a la capacidad de terror de muchos de ellos, han puesto a prueba la fuerza de la ley y del orden. Son muchos los sufrimientos que a causa de la violencia a lo largo de estos últimos años se han ido acumulando en las familias del pueblo mexicano”. Hoy lamentamos la muerte de un servidor público y el ataque directo a la casa de un cardenal pondrá a más de un prelado en la Conferencia del Episcopado Mexicano a meditar sobre el hecho. El clero también está bajo fuego.

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