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1968, quiebre generacional – Editorial CCM

1968, quiebre generacional
Editorial CCM

La brutal represión del 2 de octubre continúa reclamando justicia.

Los sucesos de 1968 requieren de una valoración minuciosa. Fue el año del punto de quiebre donde la sociedad civil tuvo protagonismo esencial en el cambio de cosas frente al sistema político monolítico que tuvo en sus manos la represión como única solución. El 2 de octubre de 1968 no fue el final, por el contrario, la indignación creció a tal punto que las cosas no podían sostenerse en el falso espejismo de estabilización y artificial democracia que solapaba al autoritarismo.

Lo sucedido en México en esa “primavera del 68” representó una acción colectiva como motor del cambio. Mientras las movilizaciones estudiantiles se sucedían, a la manera de los países europeos o como las de jóvenes estadunidenses repudiando el horror de la guerra, esa “época revolucionaria” interpeló la miseria de las sociedades y pugnó por la defensa de los derechos civiles; José Revueltas (1914-1976) afianzaría el lema del 68 “Prohibido prohibir” con la lucha revolucionaria: “Prohibido prohibir la revolución”. Para el autor de la famosa novela El Apando, la revolución pasaba por la crítica de los universitarios para lograr la plena libertad humana y civil, la democracia integral sin mediatizaciones y el cambio social y económico desde la base.

La brutal represión del 2 de octubre continúa reclamando justicia. Se ha escrito en abundancia para saber qué fue lo realmente sucedido esa tarde de miércoles en la Plaza de las Tres Culturas. A 50 años, aquéllos duramente reprimidos ahora son llevados como “próceres” cuando los diputados de la LXIV Legislatura del H. Congreso de la Unión decretan la inscripción del Movimiento Estudiantil de 1968 en letras del oro en los muros del recinto legislativo de San Lázaro para perpetua memoria.

¿Qué hemos heredado del 68? Sin lugar a duda, el quiebre generacional motivó la transformación del régimen hacia una sociedad más participativa como una de sus consecuencias. Hoy podemos vivir en un país donde se privilegia el debate y el intercambio de las ideas; la alternancia política es realidad contra ese monolítico y pétreo régimen que ahora puede ser revivido por la tentación de poder absoluto amparado en el discurso del populismo con epítomes de transformación y esperanza.

La lucha y defensa de los derechos humanos es bandera de la sociedad civil organizada; sin embargo, persisten los riesgos de la radicalización cuando se quiere defender a ultranza lo que no son derechos en estricto sentido. Se tiende a descartar bajo la excusa de que supuestos “dogmas” son inadmisibles ante la pluralidad; la vida es relativa y la dignidad humana es puesta en la balanza del utilitarismo. Nuestro tiempo no es un oasis de justicia particularmente cuando se privilegia el clasismo político que acentúa las brechas y la impunidad es factor de corrupción. Miles viven en la incertidumbre y su voz es clamor como un grito en el desierto.

Benedicto XVI consideró que la revolución del 68 fue un segundo Iluminismo en la historia de la humanidad. Fue tiempo de crisis cultural para emanciparse de los metarrelatos y superestructuras; sin embargo, el Papa emérito afirmó que “las promesas del ’68 no se han cumplido”. Efectivamente, a 50 años de esa revolución, la humanidad continúa luchando por la búsqueda de certezas. (Cfr. Papa Benedicto XVI. Discurso a los sacerdotes de la diócesis de Aosta, lunes 25 de julio, 2005)

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