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Dos sacerdotes asesinados en Guerrero. El eclipse de la violencia

Dos sacerdotes asesinados en Guerrero. El eclipse de la violencia

Veintiún clérigos, víctimas mortales en cinco años del presente sexenio

 

La violencia no puede verse como algo cotidiano ni puede tomarse como hechos aislados en determinadas regiones.

 

Guillermo Gazanini Espinoza /CCM

 

Cada día, en este país, los muertos por causas violentas son cosa de horror. Por decenas se pueden contar mientras no hay soluciones y estrategias firmes que impidan este derramamiento de sangre y ha consternado, nuevamente, que entre todas esas víctimas hay dos sacerdotes que perdieron la vida en un estado que no ve la paz, Guerrero violento.

Ellos engrosan la lista desafortunada de ministros católicos caídos en este sexenio: 21 casos desde 2012. Ellos, cristianos y sacerdotes, víctimas de un ataque artero en las cercanías de Taxco. Los padres Germaín Muñiz García, de 39 años, párroco de San Cristóbal, Mezcala, en Chilpancingo-Chilapa y originario de Apango, municipio de Mártir de Cuilapan e Iván Añorve Jaimes, de 37 años de edad, párroco de la Sagrada Familia en san Marcos, Guerrero, originario de Acapulco y cantautor de música de alabanza y adoración quien cumplió 9 años de ordenación sacerdotal el pasado 25 de enero.

Los asesinatos vuelven a poner el dedo en la llaga sobre los dolores profundos que padece este país. No se trata simplemente de la desafortunada “normalización de la violencia”, es la progresiva destrucción de nuestro tejido social que cala hondo cuando mucha gente cae en el sinsentido y derramamiento de sangre.

Asesinato que fue eclipse en un día especial para la Iglesia mexicana cuando, desde la capital del país, en la Arquidiócesis de México, se hablaba de reconciliación y unidad para sumar las sinergias de toda la gente de buena voluntad y reparar la fractura en la que nos encontramos, para hacer de la Ciudad un foco que irradie una nueva forma de ver y hacer las cosas y rehabilitar nuestra delicada condición. La Iglesia celebró lo que se veía como luz en una nueva etapa episcopal, pero un eclipse puso esta sombra sobre el optimismo celebrativo. Mientras miles de fieles se reunían para aclamar al nuevo pastor, dos diócesis estaban en el luto por la muerte de sus hijos, dos sacerdotes, jóvenes cristianos, que cayeron bajo el fuego del horror.

Un breve comunicado, casi después de haberse confirmado los hechos y suscrito por el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, cardenal José Francisco Robles Ortega y el secretario general de los obispos de México, el auxiliar de Monterrey, Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola, dio cuenta de las condolencias sumándose al dolor de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa y la Arquidiócesis de Acapulco.

Lo mismo hizo la diócesis de Cuernavaca a través de sus redes sociales manifestando la unión en oración por las iglesias afectadas; sin embargo, desde la Arquidiócesis y Ciudad de México donde según, lo que sucede aquí repercute en el resto de la nación, y lo que sucede en la provincia, para ser tenido en cuenta, necesita, la mayoría de las veces, ser manifestado en la capital, no había expresado, hasta el mediodía del martes 6 de febrero, ningún gesto de solidaridad hacia el obispo de Chilpancingo-Chilapa, Mons. Salvador Rangel Mendoza o para la Arquidiócesis de Acapulco pastoreada por Mons. Leopoldo González González, por el deceso de dos sacerdotes y las lesiones y muerte provocadas a otras tres personas: Rogelio, Arveli y Óscar.

La violencia no puede verse como algo cotidiano ni puede tomarse como eventuales hechos aislados en determinadas regiones. Hacerlo así refleja una ceguera que pretendería ocultar una tremenda realidad en la que viven millones de mexicanos: Secuestrados por la mala política, desvanecidos por las campañas electorales y apabullados por falta de estrategias efectivas para realizar el derecho a la vida segura. La Iglesia llora el dolor de sus hijos. Ya no es suficiente decir ¡Basta! Se exige una acción contundente que acabe con la impunidad y corrupción antes de que sea muy tarde y vuelva a derramarse sangre. En este momento de la historia, cualquiera podría ser víctima de la demencial violencia que no es normal ni humana.

Descansen en paz.

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