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“El pueblo de Dios no espera súper héroes sino pastores con compasión”

“El pueblo de Dios no espera súper héroes sino pastores con compasión”

A los curas y a las monjas de Chile Francisco dedica el discurso más importante del viaje y ofrece detalles que describen la misión y la relación con el mundo de todos los cristianos: una Iglesia con heridas y capaz de comprender las heridas del mundo de hoy y hacerlas suyas
VATICAN INSAIDER
ANDREA TORNIELLI
ENVIADO EN SANTIAGO DE CHILE

“El pueblo de Dios no espera ni necesita súper héroes sino que espera pastores, consagrados, que conozcan la compasión”. El Papa Francisco, ante la imagen de la Virgen puesta en el altar para la ocasión en la catedral de Santiago de Chile, pronuncia una de las meditaciones más bellas de su pontificado. Habla a los curas y a las monjas, y ofrece pequeños detalles que describen la misión y la relación con la modernidad válidos para cualquier cristiano. Lo hace describiendo tres momentos de la vida de Pedro: cuando está afligido por la muerte de Jesús, cuando es perdonado y cuando es trasfigurado. Tres momentos compartidos por la primera comunidad porque, explica Francisco, “la experiencia de los apóstoles tiene siempre este doble aspecto, el personal y el comunitario”, porque “somos, si, llamados individualmente, pero siempre a formar parte de un grupo más grande. No existe el “selfie vocacional”. La vocación exige que la foto te la tome otro: ¿qué le vamos a hacer?”.

 

Bergoglio ha descrito después la desesperación y la pérdida de los discípulos después de la crucifixión. “Pedro lo había negado, Judas lo había traicionado, los otros habían huido o se habían escondido. Solo un puñado de mujeres y el discípulo amado se quedaron. El resto, se había ido”. Persecuciones, tribulaciones, dudas que se exponen a “varias tentaciones” descritas por el Pontífice: “Discutir de ideas, no prestar la debida atención al hecho, obsesionarse demasiado con los perseguidores … y creo que la peor de todas las tentaciones es parar y rumiar desolación”.

 

Este momento de desesperación y turbulencia, el Papa lo une con el clima que se respira en Chile sobre el escándalo de la pedofilia clerical. “Conozco el dolor que ha significado casos de abuso infantil y sigo cuidadosamente lo mucho que hacéis para superar este grave y doloroso mal”, dice. “Dolor por el daño y el sufrimiento de las víctimas y sus familias, que han visto traicionada la confianza que habían depositado en los ministros de la Iglesia. Dolor por el sufrimiento de las comunidades eclesiales; y dolor también para ustedes”. “Sé -añade- que a veces han sufrido insultos en el metro o caminando por la calle; que ir “vestido como un sacerdote” en muchas zonas “se está pagando caro”. Es por eso que les invito a pedirle a Dios que nos dé la claridad para llamar a la realidad con su nombre, la valentía de pedir perdón y la capacidad de aprender a escuchar lo que Él nos está diciendo”.

 

Francisco ha hablado de las sociedad que cambian rápidamente. “Están naciendo nuevas y variadas formas culturales que no se ajustan a los entornos ya conocidos. Y debemos reconocer que, muchas veces, no sabemos cómo insertarnos en estas nuevas situaciones. A menudo soñamos con las “cebollas de Egipto” (una referencia bíblica a la nostalgia del pueblo liberado de Israel que, mientras cruza el desierto, lamenta la comida del tiempo de la esclavitud, ndr) y olvidamos que la tierra prometida está delante. Que la promesa es de ayer, pero para mañana”. Aquí está “la tentación de cerrarnos y aislarnos para defender nuestras posiciones que terminan por ser nada más que bellos monólogos”. Podemos sentirnos tentados a pensar que todo va mal, y en lugar de profesar una “buena noticia, lo que profesamos es solo apatía y desilusión”.

 

Esta actitud se puede encontrar en varias partes del mundo, especialmente en Occidente, donde el pesimismo hacia la modernidad se extiende y obstaculiza a ciertos cristianos. “Así cerramos los ojos a los desafíos pastorales –continúa el Papa– creyendo que el Espíritu no tiene nada que decir. Así olvidamos que el Evangelio es un viaje de conversión, pero no solo “de los demás”, sino también nuestro. Nos guste o no, estamos invitados a enfrentarnos a la realidad tal y como se nos presenta”.

 

Después Francisco ha hablado de Pedro perdonado. El príncipe de los apóstoles “experimentó su limitación, su fragilidad, su ser un pecador. Era un pecador como los demás, estaba tan necesitado como los demás, era tan frágil como los demás. Pedro decepcionó a aquel a quien había jurado protección. Un momento crucial en la vida de Pedro”.

 

“Como discípulos, como Iglesia –explica Bergoglio– nos puede pasar lo mismo: existen momentos en los que nos confrontamos no con nuestras glorias sino con nuestra debilidad. Horas cruciales en la vida de los discípulos, pero esa es también la hora en la que nace el apóstol”. Pero Jesús, añade el Pontífice, pregunta a Pedro si lo amaba, no le reprocha ni le condena, porque “quiere salvarlo del peligro de permanecer encerrado en su pecado, de seguir “masticando” la desolación fruto de su límite … lo quiere salvar de esa actitud destructiva que es el victimismo o, por el contrario, de caer en un “total todo da igual” que termina por diluir cualquier compromiso en el relativismo más dañino”. La victimización que aísla o el relativismo escéptico y distante, los dos grandes riesgos de aquellos que permanecen enganchados en su propio mal.

 

Jesús quiere liberar a Pedro “del considerar a cualquiera que se le oponga como un enemigo, o del no aceptar con serenidad las contradicciones o las críticas. Quiere liberarlo de la tristeza y especialmente del mal humor. Con esa pregunta, Jesús invita a Pedro a escuchar el propio corazón y a aprender a discernir”. “¿Qué es lo que hace fuerte a Pedro como apóstol? ¿Qué nos mantiene como apóstoles?”, preguntó el Papa, respondiendo: “Una cosa solo: la misericordia ha sido usada… Jesús nos ha visto, se ha acercado a nosotros, nos ha dado su mano y ha usado la misericordia”.

 

“No estamos aquí porque somos mejores que los demás. No somos súper héroes, que desde arriba, bajan a encontrarse con los “mortales” –ha continuado Francisco, con palabras dirigidas a la Iglesia chilena–. Más bien hemos sido enviados con el conocimiento de ser hombres y mujeres perdonados. Y esta es la fuente de nuestra alegría”. Y como “Jesús no se presenta a sí mismo sin heridas”, los suyos también son invitados a “no esconder ni disimular” sus heridas. “Una Iglesia con heridas”, explica Bergoglio, “es capaz de entender las heridas del mundo de hoy y hacerlas suyas, soportarles, acompañarlas y tratar de sanarlas. Una iglesia con heridas no está en el centro, no se cree perfecta, pero pone en el centro al único que puede sanar las heridas y que se llama Jesucristo”.

 

La conciencia de tener heridas libera “de convertirse en autorreferencial”, de creerse “superior”. Libera de la tendencia “prometeica” de aquellos que dependen “únicamente de sus propias fuerzas y se sienten superiores a los demás porque observan ciertas normas o porque son irrevocablemente fieles a un cierto estilo católico típico del pasado”.

 

“En Jesús –dice de nuevo Francesco– nuestras heridas han aumentado. Nos hacen solidarios; nos ayudan a destruir los muros que nos aprisionan en una actitud elitista para estimularnos a construir puentes e ir a encontrar a tantos sedientos por el mismo amor misericordioso que solo Cristo puede ofrecernos. ¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien diseñados, típicos de los generales derrotados! Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa como una historia de sacrificio, de esperanza, de lucha diaria, de vida consumada en el servicio”. El Papa no evita manifestar su preocupación porque “existen comunidades que viven más angustiadas por figurar sobre la carta, por ocupar espacios, por aparecer y mostrarse, que por remangarse las mangas e ir a tocar la realidad que sufre nuestro pueblo de feligreses”. El pueblo de Dios “no espera ni necesita súper héroes, espera pastores, consagrados, que conozcan la compasión, que sepan tender una mano, que sepan pararse ante quien ha caído”.

 

Así Pedro se trasfigura. Él que se oponía a que el Maestro le lavase lo pies, empieza a “entender que la verdadera grandeza pasa por hacerse pequeños y servidores. ¡Qué pedagogía la de nuestro Señor! Del gesto profético de Jesús a la Iglesia profética que, lavada del propio pecado, no tiene miedo de ir a servir a una humanidad herida”. Una invitación, explica Bergoglio, “a pasar del ser una Iglesia de desesperados a una Iglesia servicial de tantos desesperados que viven a nuestro lado. Una Iglesia capaz de ponerse al servicio de su Señor en los hambrientos, en la prisión, en los sedientos, en los desamparados, en los desnudos, en los enfermos … Un servicio que no se identifica con el bienestar o el paternalismo, sino con la conversión del corazón”.

 

El problema, concluye Francisco, “no es alimentar a los pobres, vestir al desnudo, ayudar al enfermo, sino considerar que los pobres, los desnudos, los enfermos, los presos, los desamparados tienen la dignidad de sentarse en nuestras mesas, de sentirse “en casa” entre nosotros, de sentirse en familia. Esa es la señal de que el Reino de Dios está entre nosotros”.

 

Por tanto “renovar la profecía es renovar nuestro compromiso de no esperar un mundo ideal, una comunidad ideal, un discípulo ideal para vivir o para evangelizar, sino crear las condiciones para que cualquier persona desesperada pueda encontrarse con Jesús. No se aman las situaciones, ni las comunidades ideales, se aman las personas”. El Papa ha utilizado una oración del gran cardenal chileno Raúl Silva Henríquez para sellar su discurso: “La Iglesia que amo es la Santa Iglesia de todos los días … la tuya, la mía, la Santa Iglesia de todos los días… Jesús, el Evangelio, el pan, la Eucaristía, el Cuerpo de Cristo humilde todos los días. Con los rostros de los pobres y las caras de hombres y mujeres que cantaron, que lucharon, que sufrieron. La Santa Iglesia de todos los días”.

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