Nacionales

¿Y la primavera de la Iglesia en México?

“Los creyentes ven florecer una primavera, una suave y firme revolución”

Guillermo Gazanini

En el segundo aniversario de la elección de Francisco al trono de Pedro, los creyentes ven florecer una primavera, una suave y firme revolución en la Iglesia que provoca exclamaciones de aprobación, gozo y esperanza para reivindicar su liderazgo moral y ponerla fuera de los atolladeros y problemas que enfrenta lesionando su autoridad por hechos lamentables que la han azotado en la última década.

Una Iglesia depositaria fiel del mensaje de Cristo, cercana a los pobres, de salida, más sencilla, menos hierofánica, ocupada por el ser humano, lejana de la pompa, la autocracia y en diálogo con el mundo gracias al estilo del Papa jesuita que hizo que muchos alcen de nuevo su mirada al cielo recobrando la esperanza perdida en el catolicismo.

Sin embargo, como el mismo Papa lo afirma, la renovación no es inmediata e implica una gradualidad desde la conversión sincera a la doctrina del Evangelio y comprometida con la cuestión social. A algunos sectores no gusta esta forma de conducir la nave, arquean las cejas y escépticos suspiran por estilos sin respuesta a las necesidades espirituales del mundo contemporáneo.

Contrario a lo que parecería, y aún cuando Francisco ha salido de Latinoamérica, la primavera parece tardar en México y es necesario un examen de nuestra realidad para saber qué necesitamos transformar. La historia del catolicismo mexicano es de componendas con el poder y de persecuciones al borde de la extinción. Después de salir de un período de catacumbas, la organización eclesiástica comenzó a tomar forma para inducir al catolicismo a una paz con los gobiernos de la posrevolución bajo la simulación jurídica; la promoción del laicado dio tímidos pasos que tardaron en consolidarse aún después del Concilio Vaticano II.

El México Siempre Fiel sí lo fue… pero a las estructuras eclesiásticas rígidas, todo provenía de arriba hacia abajo, de incuestionables obispos que más que pastorear fueron especialistas en regir y cuando algunos fueron pastores, eran duramente señalados y marginados. Progresivamente, el papel de los laicos cobró discreta preponderancia en la tarea de algunas diócesis en aggiornamento, no de simple ventarrón que revuelve el polvo sino de aire huracanado para expeler decepciones, anacronismos, esclerosis, miedos y parálisis.

La Iglesia de México presumía de ser la segunda más grande a nivel mundial y todavía a finales de los noventa, era el baluarte del catolicismo global, de aquí saldrían los misioneros para la Nueva Evangelización del tercer milenio de la era cristiana, desde esta nación se levantaría la columna católica para instaurar un nuevo orden, el de la cultura de la vida.

Las visitas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI confirmaron la hegemonía y componendas entre la Iglesia y el poder temporal. Mientras que el Papa Santo de Polonia respaldó la conformación jurídica y el restablecimiento de relaciones diplomáticas, el Papa emérito confirmó al México siempre fiel de su antecesor por súplica de un gobierno en guerra contra el narcotráfico. Esa especial predilección embotó nuestros sentidos cuando Francisco fe electo sumándose su nacionalidad.

Creímos que el nuevo Papa se volcaría en un viaje especialísimo a México, pero parte de esta revolución fue darnos cuenta porqué el país Siempre Fiel no fue de los primeros para el Pontífice argentino. Francisco no se prestaría a la manipulación mediática,especialmente cuando las cosas en el actual gobierno se encuentran en un estado de crisis.

En últimos meses, los obispos parecen salir del sopor dándose cuenta de una realidad trágica, particularmente después de sus visitas ad limina al Papa Francisco. La primera sacudida fue reafirmar la predilección por los pobres. No es nuevo decir que la conformación del Episcopado Mexicano es mayoritariamente de clérigos cortados por la tijera de la intelectualidad más que de la pastoralidad, generaciones formadas en esta mentalidad del regir y gobernar sin agitar confiados en la preeminencia católica, en la Iglesia del no y ocupada en entredichos y sanciones morales cuyos brazos armados son los movimientos conservadores y provida, relegando la cuestión social de un país de católicos en condiciones paupérrimas.

Nuestro invierno solapa crueles atentados contra la dignidad de la persona como la matanza de estudiantes que motivó un pensamiento del Papa y una reacción tardía del episcopado caracterizado de prudente y cauto en sus respuestas hacia el gobierno. Pasaron varios días para escuchar un pronunciamiento de la Conferencia del Episcopado Mexicano ante la dramática situación y obsequiar una palabra de consuelo al pueblo. En enero pasado, ante la crisis de derechos humanos y desapariciones forzadas, prominentes activistas vertieron sus opiniones en un foro inédito en la Universidad Pontificia de México y la voz de los laicos coincidió en un punto: la ausencia de la jerarquía en los movimientos sociales abriendo una brecha entre “dos iglesias”. Si bien, el trabajo de caridad de los obispos ha promovido la justicia y la paz, es notoria la ausencia de estos esfuerzos en el grueso de la población.

Por lo pronto, la campaña estrella de los obispos “Por un México en paz”, iniciada desde el adviento 2014, no hace eco e impacto en un país donde la violencia es pan de cada día.

Otro golpe vino cuando el Papa Francisco privilegió a las periferias de la Iglesia. El nombramiento del arzobispo de Morelia, el Cardenal Alberto Suárez Inda, confirmó este deseo de Iglesia como compañera, madre y maestra de los sufrientes. El mensaje, como fue recibido en otras partes del orbe, fue claro: ser Cardenal, ser obispo adquiere una dimensión especial de servicio, de testimonio hasta derramar la sangre si es necesario y abriendo las posibilidades de que, en el futuro, la titularidad cardenalicia de una sede, como Monterrey o México, la cual será vacante en dos años cuando el Cardenal Norberto Rivera Carrera presente su renuncia por motivos de edad, no vuelva a ser un privilegio garantizado a su titular.

Otra sacudida viene cuando el Papa exige de los obispos ser compañeros, pastores y padres, especialmente en las circunstancias dramáticas que vivimos. En algunas diócesis se percibe que los prelados, más que ser pastores, son guardianes de las acciones importándoles más la conducta que la salud. Rendir cuentas, sólo lo material, sostenimiento y responsabilidad, en lugar de acercamiento, cariño y humanidad.

El obispo es burócrata, inaccesible padre, pero efectivo fiscalizador. Quizá esta reflexión lleva a afrontar otro problema, tal vez accesorio, pero que devolvería esta confianza a muchos y regresar al rebaño. Mientras el mundo aplaude las iniciativas de Francisco para acabar con la opacidad de las finanzas, reformar las estructuras curiales y económicas envueltas en misterios y penumbras, en ocasiones inverosímiles, todavía en esta parte del mundo no hemos aprendido a vivir en la caja de la transparencia. Y hablo de lo que la Iglesia mexicana en su conjunto pueda reunir de lo que el pueblo de Dios da sin pedir nada a cambio.

Con sus excepciones, no hemos sabido del resultado de las grandes colectas anuales realizadas aquí, no conocemos en cuánto ascienden las aportaciones anuales a la Universidad Pontificia, a los Seminarios mayores, a las Misiones Extranjeras o al óbolo de San Pedro, quiénes son los responsables y cómo son administrados esos bienes. Seguramente no son multimillonarias sumas, pero el Papa Francisco ya ha advertido quela Iglesia católica, no sólo Roma, debe gozar de reputada transparencia, honradez al margen de la corrupción.

Francisco habla y señala profundamente esta “exhibición” pública del ser cristiano sin esquizofrenias, cristiano sin mediar espectáculos. La tarea, primordialmente, es sostenida por los pastores; sin embargo, la opinión los perfila en el burocratismo religioso y el rito incomprensible. Insensibles a la realidad, están conformes con el sacramentalismo sin compromiso con el dolor cotidiano. El catolicismo aparece como una forma del cristianismo que más que liberar, impone; que más que redimir, condena. Por otro lado, están los fieles, el otro brazo de que conforma al Pueblo de Dios. Es evidente la fractura que hay en la fe que forma dos cauces; por un lado los clérigos y por otro, los laicos como la tropa de los ordenados donde la mayor descomposición está en la organización de grupos de élite, cuasi secretos, con la creencia de una especial misión para salvar a la patria enarbolando añejas causas y banderas cristeras rancias e intolerantes.

El laico de a pie, comprometido con su fe, debería abonar a una construcción de puentes entre la fe y la secularidad. Ocupar espacios públicos de responsabilidad y hacer presente esta revolución del catolicismo. Al anterior, aunque se asoma una delegación tímida de responsabilidades en la dirección de organizaciones diocesanas, los laicos deberíamos ser capaces de roles de gobierno encargados por la jerarquía haciendo énfasis en el trabajo de las mujeres. Nuestras vicarias de laicos son conducidas por curas; los agentes comprometidos reclaman, cada vez más, la carencia de una coordinación y diálogo franco y sincero con los ministros responsables y se tiende a clericalizar en lugar de promover y apoyar el sacerdocio común de los bautizados.

Juan Sandoval Íñiguez, cardenal y arzobispo emérito de Guadalajara, señalaba en 2009 una cosa tremenda sobre nuestra idiosincrasia y el caso lamentable del pederasta Marcial Maciel: En el fondo habría que preguntarse qué tanto el ser mexicano tiene esta parte del fundador de los Legionarios de Cristo, la doble moral señalada constantemente por el Papa: el Pueblo nominalmente devoto, pero prácticamente pagano donde bautizados asesinan a bautizados.

A dos años de la elección de Francisco, todavía falta que la primavera florezca en la Iglesia mexicana, pero se traza el rumbo sobre el cual debemos andar. Haciendo eco de las palabras del Cardenal Suárez Inda, en enero al ser escogido como colaborador estrecho del Obispo de Roma, los mexicanos deberíamos agradecer “al Papa Francisco por pensar en nuestra patria y renovar nuestro compromiso de verdaderos cristianos, no sólo de nombre, sino de testimonio.

Pedir a Dios por el Papa Francisco y esperar que un día pueda visitar nuestro país, que pronto se haga realidad esto que él mismo ha expresado como un deseo”, para que nos anime en espíritu, verdad y llegar al final de un largo invierno eclesial y social.

Share:

Leave a reply