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¿No quieren gobernar bien? ¡Que se vayan!

Dios se está manifestando en la voz de las víctimas

El Señor Jesús, a aquellos dos ciegos que tenían confianza de que él les hiciera ver, les abrió los ojos y vieron (Cf.Mt.9,27-31). Pero Él, que no quería aparecer como un taumaturgo, es decir, un fabricante de milagros, les ordenó que no lo dijeran a nadie, porque su principal tarea era realizar el encantador milagro de la transformación total del hombre, interior y exterior, toda su persona, su cuerpo y su alma, todo él. Él no vino a transformar a unas cuantas personas, sino que vino para transformar a la entera familia humana; sin embargo, aquellas personas que habían sido ciegas, difundieron por todas partes lo que Jesús había hecho por ellas.

Esto está sucediendo ahora. No se puede evitar que Jesús abra los ojos de sus hijas y sus hijos. Algunos quisieran que permaneciéramos ciegos, que la gente creyera que tiene que resignarse a la muerte provocada por injusticias; quisieran ver a un pueblo resignado a padecer la impunidad; les gustaría que no se señalara la corrupción. Esto es imposible porque, en primer lugar cuando creó Jesús junto con su Padre Celestial y el Espíritu Santo el único Dios, al ser humano, lo creó a su imagen y semejanza, lo que quiere decir que el hombre y la mujer están dotados de inteligencia y voluntad y, aún cuando esa inteligencia y esa voluntad se dañaron por el pecado, Jesús vino a perdonar ese pecado y a introducir en el hombre la vida divina, porque Dios necesita del ser humano para construir el mundo conforme a sus designios.

Esto es lo que no quieren entender quienes están destruyendo el mundo, quienes están destrozando a México: Que las ciudadanas y los ciudadanos siempre vamos a reclamarles que nosotros queremos ser parte de la construcción de la historia del bien y de la justicia. En este momento les resulta inaceptable el reclamo del pueblo ante la serie de injusticias que han venido cometiendo, injusticias del tamaño de la cometida por el Estado Mexicano en Iguala, Guerrero. Aquí en Saltillo, y en Coahuila, conocemos de desaparecidos. Concretamente las personas que vienen al Centro Diocesano para los Derechos Humanos Fray Juan de Larios, saben y denuncian en dónde están implicados cuerpos policiacos, cuándo es personal del ejército y cuándo son los grupos del crimen organizado, pero también se dan cuenta de las complicidades entre los funcionarios públicos y los criminales incrustados dentro del Gobierno u organizados como mafias a través de cárteles, en la sociedad civil. Lo que arroja como resultado, la impunidad en la que se mantienen las acciones criminales de las desapariciones forzadas de muchos ciudadanos. Y esto es responsabilidad del Estado mexicano.

Ayotzinapa puso de manifiesto situaciones criminales mantenidas por años en la impunidad por todo el país

Lo que ha pasado en Ayotzinapa, es que todo ha sido cometido bajo la luz pública. A esos jóvenes normalistas se los llevó la policía públicamente y la gente sabe que el municipio con su autoridad principal, su alcalde, el cuerpo de seguridad pública y todo lo que está al servicio de aquel municipio, es parte del Estado mexicano, pues el municipal es uno de los niveles que junto con el estatal y el federal, constituye los tres niveles de Gobierno del Estado mexicano. Desde el momento en que el alcalde los pone bajo un mando suyo, se hace responsable de su desaparición, y por lo tanto debe ser considerado como crimen de Estado.

Ahora intentan hacernos ver que los captores de los jóvenes de la Normal Rural eran unos paramilitares al mando del Alcalde Abarca, intentando con esto decirnos que no eran policías del municipio, sino un grupo armado particular del alcalde. Sabemos que en los municipios y estados de la República, las autoridades están creando grupos armados que llaman de reacción rápida, o algo parecido. El estado de Coahuila tiene “oficialmente” a los Grupos de Armas y de Tácticas Especiales de Coahuila (GATES) y en la pasada administración del municipio de Saltillo se creó a los Grupo de Reacción Operativa Metropolitana de Saltillo (GROMS), que son grupos que funcionan como parte del Estado para mantener la seguridad. Ambos grupos han sido denunciados como torturadores y asesinos, no sólo de migrantes y presos, sino de la ciudadanía en general. Todos entendemos que oficialmente son parte del Estado de Coahuila, así que son instrumentos del Estado y punto.

Dios está interviniendo en la historia y nuestra madre Santísima de Guadalupe dijo que iba a estar al pendiente de nosotros. Con la ayuda de Dios que sostiene a sus hijas e hijos, y con la luz que nos proporciona nuestra fe en la persona de Jesús, y en el evangelio que Él predicó, podemos distinguir el bien del mal, mientras permanecemos en esta tierra. Esto es lo que no quisieran que aconteciera quienes desean permanecer en la oscuridad con sus crímenes. Por esa razón nos quieren acallar cuando les reclamamos sus injusticias, su corrupción y su impunidad. ¿Qué solución van a dar? Ya lo escuchamos en estos días en palabras del propio presidente Peña Nieto: Más represión todavía.

¿No quieren gobernar bien? ¡Que se vayan!

Al leer al profeta Isaías les decimos a partir de nuestra fe, que ya basta con sus crímenes, que ya basta con su corrupción, que ya basta con su impunidad; pero no solamente les decimos eso, sino que les anunciamos con el evangelio lo que dice Dios desde la antigüedad:

“Falta poco, muy poco tiempo para que el Líbano se vuelva un vergel y el vergel parezca un bosque; aquel día los sordos escucharán un libro y verán los ojos de los ciegos libres de tinieblas, los humildes se alegrarán más y más en el Señor y los más abandonados se regocijarán en el santo de Israel” (Is 29,17-19).

San Pablo, en la Carta a los Romanos dice que el Espíritu Santo viene en ayuda de nosotros para que conozcamos qué cosa debemos pedirle a Dios en nuestra oración (Cf. Rm 8,26-27). Nos preguntamos ¿Cómo viene en ayuda de nosotros el Espíritu Santo? Para hacernos comprender desde el evangelio de Jesús, que para bien de todas y todos en la sociedad, debe establecerse la paz, y que para mantenerla hemos de vigilar que prevalezca la justicia en las relaciones humanas; pero si ésta llega a faltar, debemos exigir a la autoridad pública el fortalecimiento de la justicia, pues a todo el cuerpo político del Estado le compete el establecimiento de la justicia y el derecho. Nosotros sabemos que Dios ha venido iluminando a través de la historia al ser humano, por medio de innumerables discípulas y discípulos de Cristo, y miles de personas adheridas a los valores universales que rigen las relaciones humanas perdurables entre las mujeres y los hombres de la sociedad, para que cada día encontremos la manera más perfecta de establecer el derecho y la justicia, mediante la colaboración de personas honestas, que surgen de la organización histórica de los mismos pueblos y que son delegados por ellos para estar al frente como gobernantes suyos.

 

Esto es lo que quieren los malos gobernantes, que no veamos, que permanezcamos ciegos ante sus fechorías, y por eso dicen que cuando reclamamos las injusticias, estamos desestabilizando el país, que buscamos derrocar al gobierno. No, señor, lo que quiere este pueblo es que se gobierne bien y si no quieren gobernar bien, pues que se vayan.

La sorpresa inaudita del actuar de Dios en la historia

Miremos más adelante el texto de Isaías que se proclamó hace un momento:

“Porque se acabarán los tiranos, desaparecerá el insolente, y serán extirpados los que acechan para hacer el mal, los que con una palabra hacen condenar a un hombre, los que tienden trampas al que actúa en un juicio, porque así nomás perjudican al justo” (Is. 29,20-21).

Para entender el sentido de este texto, importante para iluminar nuestra actuación cristiana ante la grave situación por la que atraviesa México, hago referencia al final del texto del profeta Isaías que se proclamó antes, y unas palabras de Jesús, primero, ante sus discípulos durante la última cena y, después, ante Poncio Pilato, durante el juicio con el que el procurador romano lo condenó a muerte.

Isaías dice: “Los espíritus extraviados llegarán a entender y los inconformes aceptarán la enseñanza” (Is 29,24). En este texto Dios anuncia por medio de su profeta que lo que lleva a la reconciliación tanto de quien provoca las injusticias como de quien se inconforma por ellas, es la verdad. La misma que rompe con el círculo vicioso de la impunidad que lleva a que se multipliquen los crímenes del tirano. La verdad saca del extravío por donde el tirano conduce a la sociedad, y lo obliga a aceptar la responsabilidad de sus delitos. La verdad que rompe con la impunidad, devuelve la tranquilidad a la sociedad que se había inconformado contra la dictadura del tirano.

Jesús, ante sus discípulos oró así por ellos a su Padre del cielo: “Conságralos en la verdad, tu palabra es la verdad… Yo por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también queden consagrados en la verdad” (Jn17,17.19). En este sentido, la consagración significa entregarse totalmente por la verdad; Jesús murió por la verdad, como si dijera ‘yo me consagro en sacrificio por la verdad’. Ante Pilato, cuando éste insistía en preguntar si verdaderamente era rey, Jesús le contestó: “Sí, como tú dices, soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Poncio Pilato estaba muy lejos de la verdad porque su interés no era el bienestar de aquel pueblo, pues el pueblo al que se debería de gobernar a nombre de sus amigos, de sus compañeros tiranos, tenía como interés primordial explotar, exprimir y aplastar. Por eso, ante esta respuesta de Jesús, Pilato le preguntó a Jesús “¿Y qué es la verdad?” (Cfr. Jn 18,32-38). Jesús consagró su vida por la verdad, estaba siendo llevado al sacrificio porque nunca negó la verdad que el Padre le ordenó enseñar, y sus discípulos, por ese sacrificio suyo, quedamos consagrados a defender y difundir la verdad que nos entregó en su evangelio. Con este propósito, durante la última cena de Jesús con sus discípulos había pedido ante su Padre, refiriéndose a ellos: “Yo me consagro a mí mismo, para que queden consagrados en la verdad”.

Desde entonces el Espíritu Santo viene en nuestra ayuda como, dice San Pablo, para que conozcamos la verdad de lo que debe ser una nación organizada en la justicia y el derecho; de lo que debe ser un pueblo que vive con dignidad; una auténtica manera de gobernar y un sistema económico justo. Es decir, el verdadero modo de organizar el mundo. Esto es lo que nos enseña el evangelio, esto es lo que nos enseña Dios y no se puede encerrar esa verdad en los templos. No podemos nosotros sino permanecer en la verdad que nos enseñó Jesús, debemos proclamarla, debemos organizarnos para vivirla.

Cuando dice Isaías, los extraviados llegarán a entender, ¿Qué está anunciando el profeta? Sin duda que esas palabras nos invitan a preguntarnos ¿Cómo vamos a anular el poder destructor que tienen los corruptos? La primera respuesta que salta es: Por medio de la justicia. Desgraciadamente ellos tienen un poder que resulta nefasto, con la multiplicación de las injusticias ¿Cómo vamos a amarrar y a destruir las mentiras que dicen? Por medio de la verdad que sale de nuestro pueblo, por medio de la denuncia de nuestro pueblo y que debe ser escuchada en los tribunales, donde debe haber juezas, jueces, ministras y ministros que trabajen honestamente y que sean justos. Por eso qué importante es que se denuncie en este momento la injusticia y la corrupción tan cínica que estamos evidenciando. Resulta impresionante que esto haya empezado por medio de unos jóvenes, así que no podemos dejarlos solos; no podemos olvidar a tantos jóvenes que esperan un futuro mejor. Por otra parte, ¿Vamos a dejar que la infancia de nuestro país viva en una Nación hecha polvo, y a merced de unos corruptos? ¿Cómo vamos a dejar solas a esas criaturas?. Dios nos llama por medio de las personas más indefensas a restaurar esta Nación.

María de Guadalupe, signo de esperanza e interpelación

También María de Guadalupe nos vino a anunciar el evangelio del amor y la justicia, nos vino a anunciar el evangelio de la verdad, y a San Juan Diego le pidió una colaboración decidida con ella. No le admitió ninguna excusa, lo mandó regresar a casa del Obispo para obtener de él lo que ella pedía -tener una casita donde escuchar nuestros ruegos, nuestras aflicciones y lamentos-, por lo que le ordenó que pusiera en ello “todo su empeño”. Tampoco hoy María nos admite cobardías, ni perezas, y mucho menos indolencia. No quiere pastores que huyan y se escondan frente a los lobos o peor todavía, que se asocien con los lobos por medio del silencio cómplice ante la destrucción de su pueblo.

En María de Guadalupe hemos puesto desde un principio el proyecto pastoral de nuestra Diócesis, pues por medio de él buscamos llevar hasta la madurez cristiana, primero a nuestras propias personas, como pastores de este pueblo que somos, y luego, a todas y todos nuestros fieles para que, madurando en su fe de discípulas y discípulos de Cristo, junto con tantas personas de buena voluntad que pertenecen a otras confesiones y otros credos o, simplemente, no están adheridas a credo alguno, seamos quienes verdaderamente dictemos lo que debe ser este país, de modo que toda injusticia, toda corrupción e impunidad, queden superadas por una nueva organización de nuestra patria, fundada en la fuerza de la justicia y el derecho, y en el impulso suave del amor y la compasión hacia nuestras hermanas y hermanos que están sufriendo.

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