Nacionales

“Nos hemos alejado de Dios”

Sobre el Mensaje de los obispos de México en la 98 Asamblea de la CEM

Leí la entrevista que el diario El Norte hizo al obispo de Tarahumara, Mons. Rafael Sandoval Sandoval, donde expuso la dura situación de esa parte de Chihuahua. La contundencia del obispo no dio lugar a otras interpretaciones, “Ya no bastan las palabras tranquilizadoras” a la vez de la urgencia de una curación de las almas desde la raíz, presentar a Jesucristo, Camino, Verdad y Vida, y acabar con la adoración de los ídolos causantes de la destrucción. “Palabras tranquilizadoras” mismas que se traducen en los bonitos mensajes y complacientes versos cómplices de la maldad.

Y las palabras tranquilizadoras fueron las que menos aparecieron en el mensaje de la Conferencia del Episcopado Mexicano en 98 Asamblea. Su exigencia es un clamor vivo para poner fin a todo lo que nos está extinguiendo: ¡Basta ya! A diferencia de otros donde sólo se cometía un pronunciamiento resignado para conocer los escasamente creíbles “dolores y preocupaciones” episcopales, la CEM anuncia el reclamo, no de simple boletín, sino de “mexicanos”, de ciudadanos comunes urgidos de la justicia afectada por el actual estado de cosas. El recuerdo de la Exhortación Pastoral de 2010, año del Bicentenario, dio cuenta de la vorágine que se precipitaba hasta un punto donde la realidad “ha empeorado” trayendo, en consecuencia, una verdad gravemente interpelante y conmovedora para una nación fundada en el catolicismo: “Nos hemos alejado de Dios”. Y así es, México es nominalmente cristiano, pero profundamente pagano; como diría el obispo Sandoval Sandoval, inclinado a los ídolos del desprecio de la vida, indignidad, mentira, traición, mezquindad y degradación, postrado ante  la avaricia y egoísmo de unos pocos que se han servido con la cuchara grande a costa de miles de seres humanos. Ellos son “los buitres esperando los despojos” para estar satisfechos por el pecado y la inmundicia, de lo podrido sobre lo que están fincando la destrucción de la nación mexicana.

“Estamos en un momento crítico” y de aniquilación que también podría corromper a la Iglesia misma; es loable conocer las expresiones de solidaridad episcopal y asimilar que el dolor de muchos no es ajeno a los que apacientan nuestras diócesis. La matanza de Iguala no es una cuestión local de la Provincia de Acapulco que ocupe al arzobispo y sufragáneos, es un problema que corroe el tejido entero del país, que conmueve todas las estructuras diocesanas de México, estremece y escandaliza a cualquier alma sacerdotal preciada de ser como Cristo, Buen pastor, y a cada mexicano para que ninguno, nadie más, pase ese calvario y sufrir una muerte tan llena del diablo y maldad. Ningún obispo y arzobispo, nuncio o jerarca, debe permanecer impávido ante la desaparición y sacrificio de niños y jóvenes e indiferentes ante las lágrimas de miles de padres y madres quienes perdieron lo más valioso de sus existencias. Este mensaje contiene el clamor y sensibilidad de Pastores cuando se pretende sentir en carne propia lo que otros padecen, “los obispos de México queremos unirnos a todos los habitantes de nuestra nación, en particular a aquellos que más sufren las consecuencias de la violencia, acompañándolos en el dolor…” Con la certeza de que no son simples palabras enmarcadas en el cliché porque, como ellos mismos expresan, el compromiso ya no es para “exhortar a las autoridades respetuosamente a redoblar sus esfuerzos” y más bien para que los Pastores salgan de la comodidad y seguridad de su investidura  a fin de “formar, animar y motivar… acompañar espiritual y solidariamente a las víctimas de la violencia… A colaborar con los procesos de reconciliación y búsqueda de paz”.

Jesucristo es nuestra paz. El crucificado debe salir de la sepultura que estamos haciendo de México. Cristo es flagelado con 43 azotes triturando de nuevo su carne; Cristo, el Hijo del Altísimo, derrama su sangre cuando, en medio de las balaceras, la muerte de los inocentes mancha la paz; Cristo es olvidado en la losa fría del sepulcro cuando, sin el menor temor, los hacedores del mal fabrican las tinieblas que se ciernen sobre los que son capaces de “auténticas relaciones fraternas, de amistad sincera, de convivencia armónica, de participación solidaria”. Ese era uno de los elementos esenciales olvidados por los prelados en otros mensajes que ahora aparece, hablar del Poder del resucitado, el dador de la Paz, que se encuentra presente entre los creyentes que celebran su fe, pero también en el pueblo sufriente, Él, Único capaz de transformar la realidad.

Una palabra resume la urgencia de México: Amor. Y esto permitirá comunicar el Evangelio. La esperanza que emana del mensaje implica reconocer todo lo bueno, de la necesidad de orden y del fortalecimiento de la democracia y del Estado de Derecho gracias a la acción de la sociedad civil de la cual también forma parte la Iglesia. Ya el poder no es exclusivo de camarillas y criados de las mafias que agobian al país y los obispos ven en este signo una forma necesaria para cambiar las estructuras putrefactas. Acompañamiento y vigilancia; protección y transparencia, binomio de un estado que aspira a ser justo y equitativo.

El mensaje será acotado por lo medios lamentablemente al destacar sólo las frases que parecerían escandalosas opacando las que deberían brillar para que México viva. Dios, Jesucristo, María de Guadalupe, Evangelio, Amor, Misericordia, Solidaridad, Respeto, Confianza, Trabajo, Paz, son sustantivos en el texto. Palabras poderosas envolventes de las verdades esenciales de la religión del amor que es el cristianismo. Y es un mensaje que nos compromete a todos, creyentes o no, laicos y clérigos, para conmover nuestra identidad y alzar nuevamente esta pertenencia a un lugar común, nuestra casa que parece derrumbarse.  Para los obispos de México es hacer vida la insistencia del Papa Francisco, levantarse del trono y bajar a la gran periferia que hemos hecho de México porque este país dejó el lugar privilegiado y garantía de la inalterabilidad y fidelidad en la fe católica para ser el tremendo y vasto campo de misión donde debe comunicarse el “Evangelio a las familias y acompañar a sus miembros para que se alejen de la violencia… para que una oleada de amor nos haga capaces de reconstruir la sociedad dañada”. Por eso, ¡Basta ya! Por México, ¡Actuemos!

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