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Necesitamos signos proféticos. 98 asamblea de la CEM

Hace un año, justo antes del comienzo de la 96 Asamblea Plenaria de la Conferencia del Episcopado Mexicano, teníamos noticia de la situación de Apatzingán y de la carta del obispo de la diócesis, Mons. Miguel Patiño Velázquez.

(Mons. Miguel Patiño Velázquez)

En esa ocasión, la denuncia de la situación de Michoacán generó una respuesta, en octubre, del Consejo de la Presidencia de la CEM para apoyar al prelado de esa diócesis con la exigencia que parece de hechura común en los comunicados de prensa de la CEM: “Solicitamos a las autoridades federales, estatales y municipales una acción pronta y eficaz ante la injusticia de los levantones, secuestros, asesinatos y cobro de cuotas que afectan al bien y la prosperidad de tantas personas y comunidades, y les pedimos estrategias para favorecer la calidad de vida de los ciudadanos y su desarrollo integral”.

El 10 de noviembre de 2013, el Secretario de Gobernación y la Subsecretaria de Población, Migración y Asuntos Religiosos, en representación del Gobierno de México, se encontraron con el Consejo de la Presidencia de la CEM. Según la información, “el Secretario de Gobernación explicó las estrategias que se están siguiendo a fin de garantizar la seguridad de los mexicanos. Los obispos manifestaron sus preocupaciones por el bienestar de todas las personas y reiteraron su disposición a colaborar con las autoridades para favorecer un clima de paz, en total respeto al Estado de derecho”. Esa ocasión fue aplaudida ya que, según se dijo, habría una colaboración especial con el gobierno federal para que, en conjunto con las diócesis, se dieran pasos firmes en la seguridad. El Secretario presentó los lineamientos de la Estrategia Nacional de Seguridad y reafirmó un compromiso para “abrir canales” con la Iglesia a fin de que los Obispos “pudieran hacer denuncias” y ayudar a los fieles de las diócesis particularmente azotadas por la violencia, se decía de Michoacán y Guerrero.

Después de la semana de reuniones de la 96 Asamblea donde se examinaron los efectos de la secularización, el mensaje final de siete párrafos dado a conocer el 14 de noviembre, expresó esencialmente: “Ante todo, hacemos nuestro el intenso dolor y el atroz sufrimiento que, a lo largo y ancho del país, experimentan muchas personas, familias y migrantes que son víctimas de la violencia, de las extorsiones, de la injusticia, de la corrupción, de la impunidad, del desempleo y la pobreza y, últimamente, de los desastres naturales. No solo durante esta semana, sino a toda hora, queremos vivir cerca de ustedes y con ustedes estas experiencias tan amargas, que parecen multiplicarse cada vez más. Les decimos, por tanto, que nuestra oración, la predicación de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos y todo nuestro trabajo pastoral tienen como único objetivo hacer el bien y seguir comprometidos con los mejores anhelos de su corazón. El tesoro y la piedra preciosa que ofrecemos es el amor y la salvación que nos entrega Jesucristo”.

Después de un año, las cosas acentúan su gravedad y la característica del Consejo de la Presidencia de la CEM son los mensaje breves, cautos, examinados, precavidos y alejados. El último de ellos, dados los lamentables hechos sobre el presunto fatal destino de los normalistas de Ayotzinapa, reiteró “el respetuoso y enérgico llamado” para que las autoridades realicen “la investigación hasta sus últimas consecuencias para que se conozca con certeza lo que ha sido de los desaparecidos y se sancione con todo el peso de la ley a los autores intelectuales y materiales. Asimismo, exigimos hacer valer el estado de derecho para poner fin a toda forma de violencia, actividad ilícita, corrupción, impunidad, nexos y complicidad de algunas autoridades con el crimen organizado”. El “enérgico” llamado “reiteró” las cercanía y la solidaridad del Consejo de la Presidencia por los Obispos de México “a los padres, madres, familiares y compañeros de los 43 normalistas desaparecidos. Sepan ustedes que estamos pidiendo a Dios que les de fortaleza en estos momentos de dolor y nos conceda que pronto quede esclarecido el paradero de sus hijos, hermanos y compañeros”.

Una persona muy cercana y especialistas en medios de comunicación me comentó su percepción y decepción sobre la intervención de la Conferencia del Episcopado Mexicano en estos últimos hechos y más bien –pensaba- la CEM “sólo salía al paso” con escuetos mensajes para no quedarse atrás, adhiriéndose a las Cartas y Mensajes de las Provincias eclesiásticas, en reacción poco cristiana, exigente y de consuelo. Al reflexionar sobre lo anterior hace un año el desafío se alzó en Michoacán y la descomposición llegó a tal grado que algunos obispos sufren no sólo el asesinato de sus clérigos, también la prevalencia de la injusticia, de los crímenes sumarios y de las desapariciones forzadas ya denunciadas desde aquella carta del Obispo de Apatzingán que parece un documento para la anécdota.

Hace un año, igualmente, escribí estas líneas dirigidas a los Obispos: “Esta Asamblea de Obispos representa, en medio de tanta confusión, un signo de esperanza para denunciar la corrupción, la impunidad, el narcotráfico, la indiferencia y todos los pecados sociales. Nadie puede decirse inmune y exento ante esta pavorosa realidad urgida de una Evangelización cierta en Jesucristo e ir más allá de una iluminación coyuntural para comprender e iluminar los problemas y desafíos más profundos e importantes a nivel eclesial y nacional de forma definitiva y permanente”. Y agregaba, “en otros tiempos, cuando el Episcopado Mexicano no era numeroso y estructurado, sus antecesores consolaron al pueblo de Dios a través de Cartas Pastorales colectivas como aquéllas de 1920-1921 cuando se deseó la aplicación de los principios de la Doctrina Social del Papa León XIII, o bien en 2006 cuando, en memoria de la Consagración al Sagrado Corazón de Jesús de 1924, el Episcopado aprobó la renovación de la misma para invocar su protección sobre las familias, la sociedad y el pueblo de México”. Tal vez, uno de los pocos esfuerzos de denuncia estuvo en el mensaje de abril de 2014, “Por México ¡Actuemos!”, cuestionado las reformas estructurales, pero que después quedó en una especie de impase por no decir en el limbo.

Tal parece que hay dos situaciones distintas en la Iglesia de México. Una la de la Conferencia Episcopal, actuante sólo por comunicados impactantes a la prensa y, la otra, la de la organización de las parroquias y organizaciones eclesiales, católicas, ecuménicas o interreligiosas que afrontan la realidad y viven siempre conforme a la esperanza de cara a Dios para cambiar este estado de cosas. A esto se suma, según esta virulencia de hechos, la incapacidad gubernamental para paliar el desorden conforme a los compromisos expresados hace un año ante la CEM.

Esta 98 Asamblea de los Obispos de México dedicada al tema de los medios de comunicación bajo el lema “La comunicación en la vida de la Iglesia: Lo humano del mundo virtual”, tiene de frente un drama difícil sobre todo por el dolor que mana de muchos sectores agravado por la desaparición de cuarenta y tres jóvenes, sin dejar de lado los crímenes y vulnerabilidad de la justicia de muchos en distintas regiones y, de los cuales, los pastores en sus Iglesias particulares conocen especialmente. Siempre existe la esperanza de que, interpelados por este dolor tan grande que vivimos, los Obispos de México tengan una “sacudida colectiva”, se afiancen en la Unidad y llamen, conforme a la perspectiva del Evangelio, a vencer el miedo, denunciar enérgicamente e instruir sabiamente a todo el pueblo católico que demandaría una intervención más apasionada, profética y comprometida. Como muchos católicos, estaré pidiendo por la Conferencia del Episcopado Mexicano, sus trabajos y conclusiones para que, alejados del lenguaje precavido, reflejen más bien el del “Cristo del Consuelo, el Cristo de la felicidad, el de Cristo Riqueza del Mundo, del Profeta de la Bienaventuranza… Para que cada uno de nosotros volviera a sentir como algo nuevo y a descubrir, con asombro y maravilla, las palabras de libertad y de fortaleza que proclaman el advenimiento del Señor porque tal es su nombre”. (Cardenal Giovanni Battista Montini, Beato Paulo VI, Sermón de Navidad, Milán, 1959).

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