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AYOTZINAPA… MUEVE, PROVOCA Y CONVOCA

Siendo niño me pregunté muchas veces: ¿Por qué los animales a diferencia de las personas son más fuertes y resistentes a enfermedades? ¿Por qué un animal doméstico, como puede ser un perro o un gato es menos propenso a morir de frío, hambre o sed, a diferencia del hombre que es más vulnerable a estas situaciones? ¿Por qué nuestra vista, olfato y oído, son menos ampliosy los de ellos, por el contrario, más extraordinarios? No pretendo ahondar en razonamientos filosóficos, pero si decir con orgullo que las heridas, las fragilidades, carencias y dificultades, de las que ningún ser humano está exento, son una expresión que mueve, provoca y convoca la ayuda y la fuerza de los demás. Es ahí donde el ser humano encuentra su originalidad y grandeza, que lo dignifica y lo vincula más estrechamente al misterio de Dios de quien es su verdadera imagen y semejanza (Cf Gn 1,27). No en vano la Palabra de Dios nos encuentra para decirnos: “Somos miembros que nos pertenecemos los unos a los otros” (Ef 4,25). Y en su oración al Padre, Jesús expresa: “A los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, como Tú y Yo somos uno” (Jn 17,11).

Estamos iniciando el Adviento. Se trata de un tiempo que nos dispone a recibir y revivir el acontecer de Dios en nuestra carne humana y que, por lo mismo, marca el acontecimiento más importante que ha dignificado para siempre nuestras vidas. Pero ¿Con qué espíritu nos disponemos a recibir a Dios? ¿Cómo invocar su venida si no es acogiéndolo en el hermano por quien vino a morir y resucitar honrando para siempre nuestra humanidad?

Sabemos que Jesús volverá, pero su segunda venida no nos tomará por sorpresa porque ha quitado de nosotros las tinieblas (Cf 1Tes 5,4) y ha disipado nuestros miedos. Él nos ha desposado, por eso somos hijos del día. Con su advenimiento, nuestra carne ha quedado honrada para siempre. Y ese acontecimiento es el que nos dignifica y es el que da razón del por qué estamos esta noche aquí reunidos, velando en oración e invocando la fuerza y la ayuda de Dios, comprometiéndonos con Él a ser personas de bien.

Unidos espiritualmente a las familias de los jóvenes desaparecidos del estado de Guerrero y de otras partes del interior del país, esta noche nos convoca el dolor y la solidaridad, el duelo y la indignación y uniendo nuestras voces a las de tantos hombres y mujeres de buena voluntad, exigimos el esclarecimiento definitivo de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, fruto del crimen organizado y la terrible ola de corrupción que envuelven el porvenir de nuestra sociedad.

Solidarios al dolor de tanta gente, hoy la Iglesia ora por sus hijos desaparecidos. Ora pero nunca desolada ni desconsolada. Participando de esta vigilia, oramos para vencer la muerte. Oramos porque es posible conseguir una vida nueva en Cristo Jesús. Él es la vida; Él es la verdad; Él es el camino. Cristo nos escucha siempre, pero nos pide que acudamos a Él con confianza. Por supuesto que también Él cuenta con nosotros para cambiar el rumbo de nuestra historia. El futuro de nuestra patria depende de nosotros.

Seguramente muchos hemos escuchado el pasaje bíblico de la Hija de Jairo (Mc 5,21ss). Una jovencita de apenas 12 años con un cuadro crónico de enfermedad que finalmente la condujo a la muerte. Las palabras textuales recogidas de los labios de Jesús son las siguientes: “La niña no está muerta, está dormida” (Mc 5,39). El santo Papa Juan Pablo II, haciendo una reflexión a este texto del evangelio dice que lo mismo sucede en nuestros tiempos, donde pareciera que la violencia, la injusticia y el impulso desgarrador del odio le han ganado la guerra al mundo. Pero no, este mundo que es nuestro, no está muerto, sino adormecido. En nuestro corazón es donde se anida el latido fuerte de la vida. (Discurso a los Jóvenes de Chile, 1987). Aquí Cristo levantó a la niña con palabras claras y precisas: “A ti te lo digo, levántate”. Pues bien, hoy México está necesitado de nuestra respuesta personal a las palabras del maestro que nos dice: “Contigo hablo, levántate”.

Mañana, unidos a toda la Iglesia, daremos inicio al tiempo de Adviento, pero diferente a otras partes del mundo y del interior de la diócesis, aquí cerraremos nuestros templos en un acto de duelo e indignación, solidarios al dolor de tantas familias que sufren la desaparición de un ser querido.

Nunca más una Iglesia sin rostro. Servimos y honramos a Dios en las imágenes, en las devociones y en los sacramentos, cosa que es buena, pero olvidamos que la presencia primordial de Dios está en todo hombre y mujer, y más particularmente en los pequeños e insignificantes a los ojos del mundo (CfMateo 25, 40).Como en su tiempo Jesús dijo a los fariseos, hoy se dirige a muchos para decirles: “Esto debían hacersin descuidar lo otro.” (Lc 11,42)Y les precisa: “¡Ay de ustedes, fariseos, porque pagan diezmos hasta de la hierbabuena, de la ruda y de todas las verduras, pero se olvidan de la justicia y del amor de Dios! (Lc 11,41).

No más un Dios invisible. En este tiempo de adviento aguardamos la manifestación de un Dios hecho hombre. Él viene para hacer resurgir en nosotros el don de su salvación por medio de su muerte y resurrección gloriosa. Ese es el motivo de su venida, desposarse con nosotros para dignificar nuestras vidas.

Estemos atentos a no permitir que se nos debiliteel sentido de Dios. No se puede vencer el mal con el bien si no se tiene ese sentido de Dios, que nos invita a apostar siempre por la vida. Hoy, quizá como en ningún otro tiempo, está en juego el destino de nuestra patria. No en vano señalaba el Santo Papa Juan Pablo II: “El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre” (Reconciliatio et Penitentia, 18).

Pbro. Roberto Carlos Campos Castañeda

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