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El tímido “comunicado” de la CEM

En esta semana, el Consejo de la Conferencia del Episcopado Mexicano lanzó un “comunicado” sobre los lamentables hechos que han sido noticia desde hace un mes en el país. Firmado por el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el Cardenal José Francisco Robles Ortega y el secretario general, Mons. Eugenio Lira Rugarcía, expresa el “dolor profundo” ante los acontecimientos “sucedidos en Ayotzinapa”, Guerrero, y manifestar la solidaridad de los prelados a las familias de los 43 desparecidos, para expresar la “preocupación” por todas las formas de violencia, corrupción, actividad ilícita, nexos con el crimen organizado e impunidad y llamar la atención de las autoridades para redoblar sus esfuerzos para encontrar a los estudiantes”. Concluye con un llamado a la responsabilidad para no lucrar políticamente con este drama e invocar la intercesión de la Virgen de Guadalupe para que “fortalezca a (las) familias, ilumine a las autoridades, convierta a los que hacen el mal y dañan a tantas personas, y nos asista a todos para que, unidos en la legítima diversidad, hagamos lo que nos corresponde en la construcción de una nación mejor”.

Palabras más o menos, el comunicado tímido y cauteloso que se suma a los pronunciamientos de los obispos de la Provincia de Acapulco, de otros arzobispados y diócesis que han condenado los hechos a través sus órganos de comunicación apelando a la solidaridad y oración, advirtiendo de la corrupción rampante y de lo absurdo de estas desapariciones. Pero el organismo central de la CEM llega tarde, a un mes de lo sucedido y a través de un austero “comunicado” más para satisfacer la sed de noticia de la prensa que para consolar e instruir a los fieles católicos del país.

Por otro lado, y tal vez por asociar a los normalistas de la Escuela rural “Raúl Isidro Burgos” de la localidad de Ayotzinapa, en el municipio de Tixtla, por lo que se conoce como “Caso Ayotzinapa”, el comunicado califica de reprobables los “acontecimientos sucedidos en Ayotzinapa” cuando es bien sabido que los estudiantes fueron sometidos y levantados no en esa localidad y sí por policías de Iguala. Tal vez una imprecisión por hacer coloquial el nombre de la localidad donde se alberga la Normal de maestros, pero eso no es lo importante.

La Iglesia será un factor de contrapeso y determinante en el consuelo de muchos que padecen estos momentos de dolor. No podemos ignorar que, en el pasado, los obispos de México han dirigido notables y excelsas exhortaciones y Cartas Pastorales vibrantes de la unidad querida por Cristo para su Iglesia en momentos muy peculiares de la vida de nuestro atribulado país, sin embargo, quizá pese a muchos una decepción por este comunicado que no refleja mayor cosa que un discreto y hasta ¿timorato? llamado para unir la voz “a lo ya expresado por los Obispos de la Provincia de Acapulco, de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y muchos más”.

En noviembre próximo, la Conferencia del Episcopado Mexicano celebrará su Asamblea Plenaria. Quizá los prelados deben abandonar los formatos de machote y sea momento para emitir una Carta Pastoral contundente, exigente y firme, con ánimo de esperanza y de misericordia, más para instruir y consolar que para figurar en los encabezados de la prensa.

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