Internacional

La grandeza de la Tierra del Águila, Albania

Fue la segunda visita de un Pontífice Romano a un país que sufrió la entronización del hombre y la ideología, que humilló la dignidad y, en nombre del materialismo, acabó con la libertad. Una tierra aún desconocida y sufriente alzándose de la persecución, del desmembramiento territorial y de las guerras fratricidas, ventana que se asoma a Europa y ve a Asia, construyendo una nación donde los diferentes distintos credos perseguidos a muerte en el régimen comunista conviven y trabajan por la paz y la tolerancia.

Albania declaró su ateísmo oficial en 1976 enarbolando la libertad constitucional de la propaganda para “fortalecer al hombre en la concepción materialista y científica del mundo”. El resultado fue la feroz  y salvaje persecución de cualquier credo para desterrar a Dios, hacer de la historia religiosa del país un simple rumor y recluir a ortodoxos, católicos y musulmanes exterminándolos sistemáticamente en los campos de concentración bajo tratos crueles y demenciales; los fieles, en la década de los sesenta, comenzaron la resistencia clandestina enfrentando al tirano Enver Hoxha (1908-1985) que decretó la desaparición de las “supersticiones religiosas”; Albania fue el gran campo del Estado ateo que controló hasta lo más íntimo de los habitantes, los niños fueron adoctrinados contra las creencias de sus padres, la denuncia era recompensada por el régimen y los culpables, enemigos del “albanismo”. Ese país totalitarista sobrevivió aislado y apartado de los comunismo soviético cuando la locura y megalomanía de Hoxha levantó los muros alrededor del Albania, separándola del mismo bloque de Europa de Este y declararse como el “único heredero legítimo e incontrovertible del marxismo-leninismo”; la caída de la Unión Soviética, los levantamientos populares y la división de los estados Balcánicos, abrieron un nuevo panorama de esperanza y libertad para una nación castigada inmisericordemente hasta el punto de la extinción y la muerte.

Los aires de libertad incitados por Juan Pablo fincaron la reconstrucción católica de Albania con dos hechos cargados de gran significado. El 25 de abril de 1993, una breve visita del Papa santo permitió la consagración de los primeros cuatro  obispos para Albania y la colocación de la piedra para la reconstrucción del Santuario dedicado a la Virgen del Buen Consejo. Veintiún años después de la exaltación de la lucha albana, Francisco realizó su primer viaje apostólico a Europa, a un país emblemático por sus sufrimientos. Así lo declaró a los religiosos y clérigos, dos meses antes de la visita, cuando el Papa argentino preparó su visita diligentemente al estudiar la historia de los mártires, “no sabía que su pueblo había sufrido tanto. Después, hoy, en el camino del aeropuerto a la plaza, todas esas fotografías de los mártires: se nota que este pueblo guarda aún memoria de sus mártires, que tanto sufrieron”, diría a los clérigos y religiosos en la celebración de vísperas donde tocó a dos mártires vivientes exaltando su valor, pero reconociendo que sólo en el consuelo del Señor hubo la fuerza para soportar las más indecibles e indescriptibles torturas que, sin la fe y la esperanza, podrían quebrar a cualquier ser humano.

Y es que en los aciagos capítulos de la vida, Dios puede consolar aún a escondidas. “Ay de nosotros si buscamos otro consuelo. “Ay de los sacerdotes, de los religiosos, de las religiosas, de las novicias, de los consagrados cuando buscan consuelo lejos del Señor”, diría el Santo Padre. ¿Qué clase de consuelos? El testimonio del cristiano es el del martirio, testimonio de la Verdad, ser misericordiosos y orar por los perseguidores y enemigos, en eso se basa la fe: el Amor. Los consuelos son los que da el mundo, cuando el clérigo se vale de la sotana para perseguir el fuero, escapar y ser testigo complaciente del horror, del pecado y la tiranía con beneplácito propio, capellán del malévolo y párroco del poder. El único consuelo, se genera “cuando el amor a Cristo está por encima de todo, incluso de las legítimas exigencias particulares, entonces es posible salir de uno mismo, de nuestras “minucias” personales y grupales, y salir al encuentro de Jesús en los hermanos…” (Francisco. Vísperas con sacerdotes, religiosas, religiosos y movimientos laicales, Catedral de Tirana, Albania, 21 de septiembre).

La presencia del Papa en Albania nos recuerda de lo que es capaz el ser humano para destruir y encumbrarse poniéndose en el lugar del Dios. Y es también advertencia de que, a pesar de las lecciones de la historia, sea en la emancipación de la razón o del materialismo, del fanatismo en nombre de Dios, se causa violencia para destruir a causa de la pretendida verdad. Y, contrario a lo que podría pensarse, el mundo vive los serios peligros del fundamentalismo; como en el “albanismo” de Enver Hoxha, muchos seres humanos son perseguidos por no pensar como los detentadores del poder y la teocracia.

Albania tiene esta particularidad de ser heredero del Islam traído por el Imperio Otomano. Al salir de las tinieblas, los credos reconocieron que trabajar por la paz implica el ejercicio de la tolerancia y el respeto de la verdadera libertad religiosa que “rehúye la tentación de la intolerancia y del sectarismo, y promueve actitudes de respeto y diálogo constructivo» No podemos dejar de reconocer que la intolerancia con los que tienen convicciones religiosas diferentes es un enemigo particularmente insidioso, que desgraciadamente hoy se está manifestando en diversas regiones del mundo. (Francisco. Encuentro con líderes de otras religiones y denominaciones cristianas, Universidad Católica de Nuestra Señora del Buen Consejo, Tirana, Albania, 21 de septiembre).

Al agradecer a la Virgen, Salud del Pueblo Romano, el Papa Francisco puso a los pies de la madre la gratitud de un pueblo que se debate por su libertad y acabar con los vestigios que lo sometieron en el pasado. Es un mensaje a todo el pueblo cristiano y a la Iglesia misma para salir del totalitarismo de la fe y del fundamentalismo que no libera y subyuga a muchas conciencias haciéndolas vivir en la religión del terror; un recuerdo para toda la Iglesia de Cristo de que su vocación no es atender a los poderes sino de contradecirlos, que Ella no es capilla de nobles sino Iglesia de mártires, de testigos del Evangelio.

Shqiperia, Albania, como diría Robert Kaplan en sus Fantasmas Balcánicos, citando al beato obispo croata Aloysius Stepinac (1898-1960) es el lugar de los Balcanes donde  “cada uno, no importa a qué raza o nación pertenezca… lleva consigo el sello de Dios y tiene derechos inalienables de los cuales ningún poder temporal puede privarle…” Esa es la grandeza del testimonio de la Tierra del Águila.

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