Editorial

La realidad supera la imaginación

Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre. Este es el caso de un servidor público de doble moral.

Siempre he creído que el servicio público es una oportunidad para poner la experiencia profesional y la integridad personal al servicio del bien común; implica un ejercicio de la responsabilidad, de coherencia y la aplicación de principios, más aún cuando en un representante se deposita la confianza ciudadana a fin de llevar a las instituciones las aspiraciones de un sistema democrático basado en el estado de derecho. El servidor público es un sujeto con alto sentido de la ética porque tiene gran influencia sobre personas y recursos materiales que le permitirán la ejecución de decisiones que redundan en el bien de los demás.

No podía dejar a un lado a Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre, un porro y líder del PRI, hijo del zar de la basura asesinado por una de sus amantes. Un buen sacerdote, en esa zona de Iztapalapa, por demás una delegación presa de las ambiciones, conoció al rey pepenador y lo definió como un persona corrupta quien podía poner casa a cada una de las mujeres con quien se acostaba y someter a voluntad a sus enemigos.

Un enfermo de poder es aberrante, pero un enfermo de poder con poder es peligroso. Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre no es un tipo que haya nacido de la noche a la mañana. Mientras el escándalo aflora y el acusado se defiende, la opinión pública sigue la historia de un personaje siniestro, cercano al poder y a los líderes del partido, una especie que se creía extinta y sigue operando, está viva y es indignante. El vástago del zar de la basura creció en medio de eso, basura. No tuvo una trayectoria académica, dijo ser licenciado en derecho por la Iberoamericana y su camino como representante en cargos de elección popular sólo brilló por dos para la Ciudad de México: asambleísta y diputado federal suplente ascendido a propietario por el fraude de las juanitas, las prestanombres que beneficiaron a sus líderes. En su partido ha sido porro, golpeador, protector, adulador. Sólo así se explica su posición doble, ambivalente, inteligente para decir a los de arriba lo que quieren escuchar y hábil para explotar la estructura que lo sostiene, como una rémora en el vientre del tiburón.

Gutiérrez de la Torre en la LXI Legislatura fue diputado poco productivo, sólo ocho iniciativas en tres años de ejercicio de las cuales hay dos que me llaman la atención por sus implicaciones ideológicas y morales: La primera, una reforma al Estatuto de Gobierno del DF para incluir la palabra laica a los elementos constitutivos de la capital del país en razón del respeto de lo que unos y otros deseamos y expresamos…el reconocimiento del otro –eso argumentó- y otra para reformar la Ley General de Salud y permitir la eutanasia como un derecho que tiene un enfermo en estado terminal de solicitar el momento de su muerte, con el objeto de evitar sufrimientos y agonía dolorosa como consecuencia de una enfermedad grave e incurable .

Este es el caso de un servidor público de doble moral. Es quien usa el puesto para exhibirse como el ciudadano y servidor decente quien usa el discurso de las frases rimbombantes y de cajón y, en la otra cara de la medalla, el cínico y ruín que ha distorsionado su realidad, que lleva el pan de la corrupción a su casa y, sin el mayor de los remordimientos, se exhibe como el líder más puro y justo necesario para remediar cualquier mal social.

Los máximos dirigentes del Partido ya conocían las aventuras y desventuras de Gutiérrez. El reportaje que le exhibió, dijeron sus superiores, reunió elementos más contundentes para que, a las pocas horas, le obligaran a renunciar al puesto del cual se valió para usar los recursos de un instituto de interés público según la Constitución y las leyes secundarias, un elemento más que obliga a una fiscalización de la economía de los partidos políticos, en criterios de transparencia, a fin de rendir cuentas sobre el uso de los dineros que todavía permanecen en la opacidad.

El papa Francisco, en más de una ocasión, ha señalado a los corruptos y enfermos de poder como los que pierden contacto con la realidad. Se adueñan de la viña, pierden relación con el Dueño de la vida, se hacen fuertes en la maldad, se fincan en la autonomía y se consolidan en el pecado porque ya no necesitan de Dios, son los grandes desmemoriados fincados en su misma idolatría enfermiza.

Gutiérrez de la Torre es el caso de poder enfermizo exhibido en una infinitesimal parte. Es lo que salió a la luz, pero ¿qué permanece oculto en esas redes embriagadoras y manipuladoras, el poder capaz de destruir y aniquilar, de indecentes intereses sin importar lo que se tenga que comprometer y traicionar? Nos quedaríamos cortos, la realidad supera la imaginación.

Por: Guillermo Gazanini Espinoza

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