Editorial

Amigos de Cristo y amantes de la humanidad

La gran muchedumbre, los fieles, la comunidad de los santos, son los nombres de las Escrituras al Pueblo de Dios, los perseverantes, los hombres y mujeres regenerados en la sangre de Cristo. Ocho días después de haber celebrado la Pascua, la Iglesia recordó la paz del resucitado a su Iglesia y los discípulos se llenaron de alegría por ver al Señor proclamando la divinidad de Aquel clavado en la cruz quien, por pura misericordia, elevó al género humano a Dios mismo.

El marco de la celebración de la Pascua en el domingo de la misericordia fue propicio para celebrar la elevación a los altares de otros dos fieles perseverantes en las tribulaciones de su tiempo. Juan XXIII y Juan Pablo II, al contrario del apóstol Tomás, no necesitaron meter los dedos en las llagas del resucitado, su experiencia íntima y el encuentro de toda su existencia, precaria y frágil, construyó recias personalidades asociadas al misterio Pascual. El rito de esta mañana, en la máxima celebración de la Iglesia, fue demostración mundial de la fe asumida por los dos nuevos santos. Su vida no tocó físicamente la carne de Cristo, pero ellos escucharon su mensaje, llevaron su Paz y confortaron a los más necesitados creyendo en el Dios Verdadero siendo dóciles a las mociones del Espíritu Santo.

Los dos millones de peregrinos en San Pedro y los millones más que, alrededor del mundo, siguieron estas canonizaciones, no sólo fueron testigos de un hecho inédito e histórico y de la misa de los cuatro papas, fueron hacedores de una apoteosis pascual exigiendo al mundo un cambio radical del actual estado de cosas. Juan XXIII fue el Papa Bueno, el Papa de la paz que hizo ver al mundo el absurdo de la guerra, nada se gana con ella. Hoy, millones viven en conflictos personales y desgarradores, sus existencias son minimizadas y su vida es considerada sin valor, atentando contra su dignidad; Juan Pablo II fue testigo de la misericordia y del perdón, mensaje relevante en un mundo gozoso de envidia, de rencor y revancha donde el poder es muestra de primacía sobre la humildad y la reconciliación. Los dos hicieron de la fe en Cristo un estilo de vida, fueron dichosos por creer sin haber visto donde la incredulidad es corriente, la duda una certeza y la venganza, una manera de vivir. Francisco, en su homilía, lo expresó de esa forma: Juan y Juan Pablo tocaron esa carne de Cristo en la humanidad entera.

Esos millones son el testimonio de una Iglesia desafiante a la secularización y el relativismo. Son testimonio de que en la persona de sus nuevos santos está el signo de contradicción irritante para los que viven según el parecer del mundo. De que Cristo vive y en la gran muchedumbre ahí está la semilla de una nueva humanidad capaz de anunciar la Alegría del Evangelio en la resurrección.

Después del entusiasmo de las canonizaciones, de la felicidad por la elevación a los altares de dos santos conocidos por muchos en vida, todos esos millones llevan una tarea titánica por construir la sociedad más justa según el modelo de fe y de cristianismo hechos vida por Angelo y Karol, seres humanos de virtudes heroicas aun con los defectos de la naturaleza humana; del amor que Juan y Juan Pablo demostraron por el Señor resucitado, de llevar su paz, de ser amigos de Cristo y amantes de la humanidad.

Autor: Guillermo Gazanini Espinoza / CACM

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