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Un pontificado contra la corrupción y el pecado

Después de cinco rondas de votaciones y en el segundo día del cónclave para elegir al sucesor del pontífice emérito Benedicto XVI, la Providencia tuvo un as bajo la manga.

La elección de Francisco edificó esperanzas para volver a una Iglesia sencilla y límpida capaz de trabar el diálogo recristianizante a la manera de Ignacio y Francisco, el primero quien, durante la Edad Media, enfrentó las crisis heréticas y del poder que anclaron a la Iglesia en las posesiones y estamentos; el segundo, en el Renacimiento, al renovarse  cuando la oferta cristiana no fue capaz de impactar y la Iglesia estaba esclerotizada y paralizada por la progresiva clericalización y ritualismos.

Hay dos aspectos que destacan en este pontificado y van directamente a las llagas abiertas de la Santa Iglesia y de una sociedad injusta y explotadora. El primero de ellos, a nivel eclesial, son las duras advertencias que el Papa ha hecho sobre los cristianos y la forma en la que hemos tratado al Cuerpo de Cristo. Y recuerda la predilección de Dios por los pobres de Yavé, los desposeídos y dolientes, los seres humanos sufrientes, quienes desde la tradición veterotestamentaria están en el pensamiento de Dios y en el amor de una Iglesia que no debe ser burocrática sino fincada en la misericordia y la caridad. Vuelven al léxico eclesiológico sustantivos y adjetivos condenados y arrojados al baúl de los errores teológicos: la pobreza y liberación ahora se convierten en consignas, pero no en el sentido ideológico que se les quiso dar en tiempos ya superados. ¿Cuál es la vía para esta revolución? Desde luego el bautismo que conduce a la gracia, pero en particular la exigencia de pastores que crean lo que son, Pastores y no administradores de sacramentos en un altar de insuperable acceso e imposible comprensión.

Francisco ha llamado la atención a los obispos para ser sabios, hombres como el buen vino añejo, orgullosos de su ancianidad espejo de sabiduría. En la profesión de Fe con los obispos de la Conferencia Episcopal Italiana, el Papa recordó a los sucesores de los apóstoles el sentido de ser Pastores: Caminar cada día en la gracia, orantes para caminar delante del rebaño y estar dispuestos a dar la vida. Duras palabras al señalar a prelados, presbíteros y diáconos sometidos a la tentación del carrerismo, fariseos del Evangelio para vestir sotana y alzacuellos y ser reverenciados con los honores los cuales el Papa no aprecia porque esos títulos de noble, “no se llevan con el nombre de Francisco”.

Sacerdotes misericordiosos para apacentar y no sabotear los planes de Dios y ser alegres por el llamado: “Por favor, no os canséis de ser misericordiosos. A los enfermos les daréis el alivio del óleo santo, y también a los ancianos: no sintáis vergüenza de mostrar ternura con los ancianos. Al celebrar los ritos sagrados, al ofrecer durante el día la oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del Pueblo de Dios y de toda la humanidad”.

El segundo aspecto es el de la corrupción imperante en la sociedad y que apabulla, en muchos aspectos al laicado donde también somos cómplices. El 17 de mayo y el 3 de junio, Francisco hablaría de esta lacra de nuestras sociedades. Ser pecador no es el problema central, diría, sino no dejarse transformar: “Pedro era un pecador, pero no un corrupto, pecadores sí, todos: corruptos, no”. Y Francisco señaló a quienes quieren vivir de forma autónoma, sin Dios, para apoderarse de la viña, de lo que no les pertenece, que hablan de ética y son hipócritas, “Judas comenzó de pecador avaro terminó en la corrupción. Es un camino peligroso el camino de la autonomía: los corruptos son grandes olvidadizos, han olvidado este amor con que el Señor ha hecho la viña, ¡los hizo a ellos! ¡Han roto con este amor! Y se convierten en adoradores de sí mismos. ¡Cuánto mal hacen los corruptos en la comunidad cristiana! Que el Señor nos libre de transitar por el camino de la corrupción”.

Las palabras de Francisco causan incomodidad sobre todo en un país como el nuestro donde la corrupción parece ser un ejercicio normal y justificable; nos admiramos y escandalizamos por los grandes paquetes de dinero que políticos se embolsan, delitos que, in fraganti, son del conocimiento de la opinión pública; nos indigna cómo los responsables del poder se baten y revuelcan señalando y acusando por el control de los recursos públicos y, no obstante, la corrupción es vista como actividad ordinaria, como un valor nacional, como algo obligado, desde los pequeños sobornos hasta el “entre” para evitar las obligaciones por las infracciones cometidas. Corrupción que, como diría Francisco, es un peligro para la sociedad y más aún para las comunidades cristianas.

El Papa Francisco llama así a una revolución basada en la misma revolución que implica el Evangelio. No obstante, la Iglesia camina y, desafortunadamente, muchas veces se olvida de la misión encomendada por el Maestro a los discípulos para ser recinto de la paz y de la verdad. Los signos del Reino se encuentran en el Evangelio y son ésos los que ahora reproduce el Papa argentino.

Francisco lleva esta nave por una senda difícil y devuelve una credibilidad perdida después de los escándalos y crisis. Su pontificado es un signo de contradicción a los supuestos valores de la modernidad; su sencillez es contracorriente a lo que suponemos como fines primordiales en el ejercicio del poder. El papado ya no es lo principal y en este segundo año, veremos un impulso de la pastoralidad deseada por el Vaticano II.

Y el pastor también atenderá a las ovejas de los confines del mundo. Irá a Asia para reafirmar a una Iglesia minoritaria, pero boyante en la fe, herencia de sus compañeros jesuitas evangelizadores, legado de los heroicos Francisco Javier, Mateo Ricci y Gregorio Céspedes.

Autor: Guillermo Gazanini Espinoza / CACM. 13 de marzo.
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