Nacionales

Comunicado Arquidiócesis de Xalapa

No. 198

Xalapa, Ver., 30 de marzo de 2014

La fe no deja al creyente indiferente ante las injusticias y el sufrimiento de la humanidad

El escenario de burla, protesta y descalificación que se vivió en el Calvario, cuando crucificaron a Jesús, sigue repitiéndose en los esquemas de la vida cristiana. Nos cuesta mucho reconocer a Dios en el crucificado; nos cuesta reconocer a Dios en la cruz. A veces incluso retamos a Dios; le ponemos como condición para creer en Él que despliegue todo su poder, que cumpla nuestros caprichos, como aquellos que decían en el Calvario: «Si eres el Hijo de Dios baja de la cruz y creeremos en ti». Quisiéramos a un Dios más cómodo, más a nuestro alcance, más manejable, que se rinda a nuestros caprichos.

Hay personas que se hacen una imagen muy pobre de Dios. Se conforman, así lo dicen, en hablar con Dios cuando tienen una necesidad. «Cuando me nace hago oración», dirán otros. Pensamos que Dios es un acto psicológico, un pensamiento fugaz o una simple corazonada. Como si nosotros fuéramos magos para llamar a Dios cuando queremos y desaparecerlo cuando nos estorba. Como si a Dios lo lleváramos en el bolsillo y lo tomáramos cuando algo nos urge. Muchos se sienten tranquilos porque por lo menos de vez en cuando se acuerdan de Dios, aunque vivan de tal manera que no parecen hijos suyos.

Hay hermanos que han abandonado su fe cristiana porque no les gustó algo o quizá presenciaron situaciones graves en nuestras comunidades y en la vida de los ministros. Pero en su afán de buscar a Dios creen cualquier cosa, o ellos mismos ponen sus condiciones e inventan sus criterios para hablar con Dios, olvidando que Dios ya se reveló; Dios nos ha hablado y ha dejado sus huellas en la Biblia, en la vida de su Iglesia y especialmente en la cruz.

No basta con creer en Dios, mucho menos pensar que es suficiente con acordarse de vez en cuando de Él. Creer en Dios, amar a Dios, va relacionado con el reino. Así lo anuncia y lo relaciona siempre Jesús. Si creemos en Dios es para comenzar a realizar ya desde ahora los valores del reino de Dios, por los que entregó su vida Nuestro Señor Jesucristo.

La fe no es un acto aislado ni mucho menos privado. La fe es una virtud que ilumina el horizonte de nuestra vida y le da sentido a todas nuestras acciones. La fe no deja al creyente indiferente ante las injusticias y el sufrimiento de la humanidad. La fe lleva al creyente a luchar por el reino que anunció Jesús, que no sólo es una promesa sino una tarea que Dios pone en nuestras manos.

Creer en Dios no es un acto psicológico para tranquilizar nuestra conciencia. No es un acto religioso de conveniencia para sentirnos simplemente protegidos. La fe si no nos impulsa a vincularnos a los demás, si no nos mueve al compromiso y a la construcción del reino, no es una fe autentica. Y de esto está lleno este mundo en donde la religión también se torna débil, como la política, la economía y el pensamiento.

La fe no puede vivirse por debajo de su verdadero potencial; la fe no puede esconderse por presiones y prejuicios políticos; la fe no puede adulterarse con experiencias que consiguen tranquilizar la conciencia pero que no llevan a Dios. La fe en sí misma es creadora, es visionaria; la fe representa un impulso y se experimenta como confianza y fortaleza para sumarnos en la construcción de un mundo mejor, sabiendo que Dios nos acompaña en esta tarea, pues viene caminando con su pueblo a lo largo de la historia.

Esta es la proyección que la cuaresma le da a nuestra fe que se verá desafiada y al mismo tiempo fortalecida a través de la celebración de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, en las próximas festividades de Semana Santa. Los cristianos seguimos caminando por el desierto cuaresmal con la esperanza de renovar nuestra fe en las celebraciones pascuales para comprometernos en la transformación de la sociedad.

Pbro. Lic. José Juan Sánchez Jácome Director

Oficina de Comunicación Social Arquidiócesis de Xalapa

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