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Hermano narco 2… Delante de ti tienes agua o fuego

Guillermo Gazanini Espinoza / CACM.- Centro Católico Multimedial presentó ayer en Catedral metropolitana el cortometraje “Hermano narco 2”, escrito por Omar Sotelo, SSP. El título es, en sí, polémico, llamar hermano a quienes se han señalado como los causantes de ruina y destrucción en México, podría ser escandaloso e inusitado; sin embargo, el cortometraje demuestra y cuestiona, ¿quién es más poderoso? ¿Quién se atreve a romper el círculo de violencia?

Resulta también providencial que el cortometraje apareciera en un domingo donde la Palabra de Dios interpela a los hombres sobre la ilicitud del pecado y del daño que causa a todos los miembros de una comunidad. La trama de “Hermano Narco” se centra en la muerte de dos hermanos migrantes a manos del crimen organizado, el dolor de la madre y el final del capo quien negoció la libertad y la vida de los desafortunados que salieron de su pueblo para conseguir mejores condiciones económicas. Las escenas religiosas son una constante; por un lado, la comunidad reunida en torno a la mesa eucarística, la imagen de la misa celebrada para encomendar la odisea de los hijos asesinados llega a su parte más conmovedora cuando, en el dolor que raya la locura, la madre va hacia el altar del hogar, lugar donde seguramente se recogieron sus oraciones y plegarias, y destruye imágenes, el crucifijo es azotado contra el suelo y la imagen de la guadalupana es aventada con la misma furia y decepción;  también, otro altar se muestra, pero no con santos católicos, sino los del narco. Traicionado, el capo ve la ejecución de sus seres queridos, madre e hijo, y después de la golpiza, es arrojado a un infierno en vida, su casa arde y el altar con los ídolos de la delincuencia está envuelto en fuego, como una especie de visión escatológica por haber cometido el más grave de los pecados al haber suplantado a Dios.

La resurrección de esta historia viene del mismo dolor de la madre. En la mesa, mientras conversa con la comadre, hay dos formas de pensar. Una, la del mundo, la que podría ser común a todos nosotros: la venganza. Saber que el causante del mal ahora vive “como puerco”, abandonado, inválido, pestilente y revolcado en sus miserias, llena de gozo, se ha hecho justicia al fin, el dolor que padece es incomparable con el sufrimiento que sus actos han causado a muchos y, por otro, la madre sin hijos, los asesinados arteramente sólo por no haber sucumbido a la tentación del dinero fácil y la vida comprada. En ese diálogo aparece el duelo ¿quién tiene razón? ¿La justicia hecha por venganza? ¿El perdón? Es Lupe Salazar quien cuestiona a la madrina de sus hijos: el odio la seguirá destruyendo si no sabe perdonar a pesar de que ese hombre, ahora en la inmundicia, fue el causante de una desgarradora existencia que asesinó su ser de madre.

La decepción y odio contra Dios y los santos se disuelve en una escena particularmente perturbadora y conmovedora. “Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer”… Este es el escándalo de ver en el enemigo el rostro de Cristo, entre los despojos y la basura, entre la repulsión y el fiambre del otrora todopoderoso capo, de repente, la oscuridad abre paso a la luz del sol y rompiendo en ella, Lupe Salazar, la madre que llevó su perdón con una simple frase que no deja indiferente a cualquiera: “Te traigo de comer…”

Hermano narco demuestra una de las verdades esenciales que enseña la fe cristiana. Para romper con la violencia, es necesario acabar con ese círculo vicioso de destrucción. El dolor de Lupe Salazar fue causa de una resurrección que nos parecería inaudita. En esas paradojas, Dios se ha valido del dolor de esta mujer para llevar luz siendo fiel a las enseñanzas divinas a través del perdón y la acción. El actual estado de cosas de nuestro país nos envuelve en esa vorágine mortal respondiendo a la violencia sólo con violencia. Aunque pensemos que Dios está ausente, “Hermano narco” nos enseña una cosa verdaderamente tremenda: Dios está presente y conoce todas las obras del hombre, a nadie le ha mandado ser impío y a nadie le ha dado permiso para pecar… (Eclo 15, 19-20) Delante, tú tienes fuego y agua, escoge lo que quieras, destrucción o perdón.

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