Iglesia

Receta para preparar un buen sacerdote

¿Hay “recetas” para que salgan buenos sacerdotes? Te presentamos una magistral, digna de los mejores “restaurantes” del mundo.

  1. Un joven previamente seleccionado. No necesita que sea el mejor de todos.
  2. Espacio suficiente donde pueda “marinarse” el tiempo necesario.
  3. Un equipo de “chefs” de alta calidad. Inteligentes y virtuosos. Más virtuosos que inteligentes.
  4. Sal al gusto (del Señor), para que pueda saborizar el mundo.
  5. Una buena dosis de estudios filosóficos y teológicos.
  6. Biblia y oración en grandes cantidades. Mientras más, mejor.
  7. El toque final déjelo al Espíritu Santo.

Primero el Señor toma  al joven previamente seleccionado y le invita a convertirse en pescador de hombres. Aquí cuenta mucho el acompañamiento espiritual de su párroco o de un sacerdote amigo. Sin importar el miedo que  tenga, se entra en un proceso de larga “marinación”  que puede durar ocho años o más. Este tiempo se da en un espacio lo suficientemente cómodo pero sobrio en el que es ayudado a discernir por un equipo especializados de chefs; los hay nacionales e internacionales. Éstos se han preparado en la gastronomía italiana o de la madre patria (España). Los nacionales conocen perfectamente lo que brota de la propia tierra y saben hacer maravillas con los que el Señor ha puesto bajo su tutela.

En el equipo de chefs siempre hay un jefe de cocina: llamémosle Rector quien ha sido puesto en el lugar por disposición de su superior y es el encargado de supervisar que todo se esté haciendo de acuerdo con el querer de el Gran Jefe; los ingredientes deben ser de óptima calidad para que el producto sea apreciado por todos y agrade a quienes va a llegar.

Empiece colocando al joven en el marinador (seminario); es importante echar la sal desde el principio y no esperar al final de la preparación; es posible que si lo deja para el final el joven salga convertido en sacerdote con excelente presentación pero demasiado “simplón” , de esos que la gente dice que no tiene gusto ni sabor aunque agrade la vista en el plato. Esa salecita dejémosla al gusto del Señor, Él sabe la cantidad que cada uno necesita. Si la echan los chefs se corre el peligro que se les vaya la mano y lo dejen intragable y peligroso para producir hipertensión.

De antemano empiece a quitar todo aquello que pueda entorpecer la receta en el ingrediente principal. Retire nervios (que sea prudente pero no cobarde), elimine exceso de grasa (que no resulte pesado con sus compañeros y con la comunidad), recuerde que para ser excelente sacerdote es necesario ser excelente humano. Mientras lo marina es fundamental  que le agregue una buena cantidad de literatura y estudios de filosofía; saltarse esta parte de la receta puede dar como resultado un fundamentalista muy peligroso, de esos que aseguran conocer el lugar donde se conserva el cordón umbilical de Adán. Mientras tanto fundamente sus estudios con una adecuada formación espiritual, esta es la parte que el Señor  puede salpimentar mejor: mientras más intimidad con Él, el sabor será de mayor excelencia en el resultado final.

Terminado el proceso de formación filosófica es necesario retirarlo del marinador ordinario y pasarlo a un nuevo recipiente (es peligroso no hacerlo puesto que puede descomponerse). Se coloca entonces en una comunidad parroquial la cual empieza a degustar y  decir qué tal va quedando la receta; el cliente final, desde antes, puede opinar que tal va quedando todo y da su parecer a los que están en el proceso de preparación. La opinión de la comunidad es necesario tenerla en cuenta.

Vuelve al marinador corriente y se le dan los toques finales que son muy importantes pues el producto debe ser digerible y no producir intoxicación.

La parte final de la receta tiene una buena dosis de teología y de Sagrada Escritura: el joven no sólo debe saber de Biblia sino saber a Biblia, pero sobre todo debe saber a Dios. Quien lo pruebe, debe encontrar el dulce sabor a Jesús en él. Agréguele una buena dosis de amor mariano y eclesial. Es nocivo un sacerdote que dice amar a Dios pero irrespeta a su Iglesia, sus superiores y todo aquello en lo que decía creer cuando empezó su proceso. Finalmente, preséntelo al superior que, éste, si lo estima conveniente, le pondrá la esencia de todo el proceso: impondrá las manos sobre él y le pedirá a Dios le conceda el don del Espíritu Santo para que lo consagre y lo configure a imagen de Cristo.

A todos los comensales les recomiendo: cuidado con magullarlo de tanto manoseo, nunca le digan que es el mejor plato que han servido en su mesa, se lo puede creer y puede perder su sabor original. Cuando lo tengan que retirar de la mesa no lo comparen con el que viene; cada producto tiene su sabor especial. El toque de Dios no deja que ninguno sepa a lo que sabe el otro aunque todos deban saber al Señor.

Fuente: www.aleteia.org

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