Internacional

La guerra insensata

Nubarrones terribles y amenazantes se ciernen sobre el mundo ante la insensata pretensión imperialista y arrogante de los Estados Unidos de Norteamérica de invadir Siria. La razón esgrimida es débil: el supuesto uso de armas químicas contra civiles por parte del gobierno de Damasco.

El pretexto es del todo insuficiente, dado que no hay pruebas fehacientes de que fue el gobierno sirio el que usó esas atroces armas, y la razón se vuelve estúpida en el razonamiento que hace el presidente Barack Obama, al decir que es inmoral ver morir a cientos de niños por el uso de las armas químicas y quedarse de brazos cruzados.

¿Acaso no es también inmoral atacar sin pruebas y sin el consenso de las Naciones Unidas, provocando muchísimas más muertes y desolación con una invasión que ciertamente no será quirúrgicamente impecable? ¿No es inmoral provocar el odio del mundo musulmán hacia Occidente –de por sí exacerbado– a causa de las abusivas intervenciones de Estados Unidos en Medio Oriente, como las tristemente célebres invasiones a Irak y Afganistán, cuya principal víctima ha sido la población civil, sobre todo las minorías cristianas que viven en los países árabes, y que sufren el terrorismo por parte de las facciones integristas del Islam.

A contracorriente de la insoportable soberbia de los Estados Unidos, Francia y otros países, el Papa Francisco ha hecho un dramático llamado a la paz en su angustiado mensaje del Ángelus del domingo pasado, en el que dijo: “Repito con voz alta: no es la cultura del enfrentamiento, del conflicto, la que construye la convivencia en los pueblos y entre los pueblos, sino la cultura del encuentro, del diálogo: éste es el único camino hacia la paz”.

Es esa misma paz de la que también está sedienta nuestra patria, debido a que desde hace años, México sufre los estragos de la guerra contra el narcotráfico y la delincuencia organizada, una lucha que ha dejado miles de muertos, muchos de ellos, cierto, miembros del crimen organizado, pero muchos otros no, pues han sido víctimas inocentes que nada han tenido que ver con esas atroces actividades: ¡¿Cuántas familias destrozada, cuántas viudas y huérfanos ha dejado este mal que, como un cáncer, ha invadido, incluso, el tejido social?!

En este contexto de violencia, hay otras expresiones que han sido contenidas, como las que ha protagonizado la Ciudad de México en las últimas semanas. Comprensiblemente, gran parte de la ciudadanía ha hecho evidente su hartazgo por la afectación que las manifestaciones han provocado en las actividades cotidianas, en el trabajo y en la economía; sin embargo, es de reconocer la prudencia y la paciencia que ha tenido el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, al mantener una actitud de calma y diálogo para no exacerbar la de por sí ya crispada situación social.

Sin embargo, la Ciudad de México no puede seguir siendo víctima de un sinfín de manifestaciones que afectan a los ciudadanos que nada tienen que ver con los justificados o injustificados reclamos de los diversos grupos sociales. Es urgente una legislación que no sólo respete el derecho a disentir y manifestarse, sino que garantice el libre tránsito al que tiene derecho la ciudadanía, a fin de que sus actividades no se vean afectadas. De igual forma, debe evitarse caer en un estado policiaco de represión, pero también proteger a los policías que, hoy por hoy, son los más desprotegidos ante el exceso de violencia de algunos sujetos que, por lo visto, nada tienen que ver con los reclamos sociales de quienes se manifiestan pacíficamente.

La Arquidiócesis de México se une al clamor del Papa Francisco por la cultura de la paz, la tolerancia y el diálogo, finalmente, la fe cristiana está asentada en creer que la fuerza del amor siempre será más fuerte que el odio y la violencia.

*Información tomada de la publicación perióica «Desde la fe» Siame.mx 09/09/13

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