Vaticano

Francisco, la sorpresa del Espíritu Santo

La elección del Santo Padre Francisco encierra esperanzas para volver a una Iglesia sencilla y límpida capaz de trabar el diálogo recristianizante a la manera de Ignacio y Francisco.

Quien entra Papa, sale Cardenal. La elección del arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, superó cualquier expectativa; en casi un milenio de historia, los cardenales vieron hacia América Latina, el baluarte del catolicismo y ahora, apreciamos el carisma de Francisco que cautivó recordando las maneras de Juan XXIII, las expresiones de Juan Pablo I y el click mediático de Juan Pablo II.

Su nombre causó mayor sorpresa esbozando las líneas programáticas del pontificado, ¿Por qué tomar el nombre de uno de los santos más queridos y admirados, reconocido e imitado de toda la cristiandad? En adelante, el Santo Padre Francisco dialogará con el pueblo, del cual el Obispo ha pedido su bendición, y conocerá, de forma más íntima, el por qué de esa elección; sin embargo, debemos plantarnos en una situación de fe, precisamente en este Año donde Benedicto XVI nos invitó a redescubrir la riqueza del catolicismo, empezando por el conocimiento de los santos.

Francisco es el nombre más identificado del catálogo de los santos. El  pobre de Asís vivió en el Medievo urgido de una renovación donde la cristiandad defendía su hegemonía por las Cruzadas y el poder eclesiástico se encontraba en una situación de decadencia moral. La distancia abierta por el tiempo nos hace incapaces de comprender, en toda su dimensión, la idiosincrasia y ser de una Europa donde la religión permeó en todo aspecto de la vida. Los riesgos fueron evidentes; mientras la piedad se demostraba, existieron los tropiezos que derivaron en las herejías, la crisis del pensamiento y la errónea interpretación religiosa. Una de esas fue el estado de vida del clero y de la nobleza cuestionados por un joven aristócrata, Francesco Bernardone (1181-1226). La reforma católica encontró en la obra del pobre de Asís un vehículo maravilloso para renovar la vida de la Iglesia en la gran época de las órdenes medicantes;  quizá, sin Francisco, el catolicismo habría sucumbido ante las olas de los herejes valdenses y cátaros que predicaban en cada camino y rincón de Italia y Europa. Francisco no tomó una forma “intelectual” o complicada para lograr una obra cuestionada en su momento; su primer movimiento fue predicar en la lengua común y vulgar contra los ideales medievales caballerescos del honor y de las acciones heroicas y ensalzar los valores del Evangelio. De ahí parte para enarbolar el ideal de pobreza como un consejo superior a todo, demostrándolo en ese conocidísimo capítulo del despojo de sus ropas ante su padre y que fue una crítica al papado, el de Inocencio III, favorecedor de los privilegios de la nobleza y de los jerarcas eclesiásticos, atacados por los movimientos heréticos insatisfechos con la Iglesia del poder y del imperio.

Quizá un buen ejemplo de renovación es el amansamiento del lobo de Gubbio, animal que asolaba las regiones y mataba a las personas. Francisco, solo, ordenó a la fiera ceder en nombre de Jesucristo y manso, como un perro domesticado, aseguró la paz con los hombres. Esta leyenda es una de las alegorías más representativas de las disputas y los odios imperantes y que fueron dominadas por el santo, cuya clave de vida era la máxima confianza en Dios y el seguimiento de la libertad en la pobreza. El dinero es tentación y perdición, el joven de Asís vio en el seguimiento radical de Cristo una liberación que despertó su conciencia y desveló los ojos para saber que riquezas y poder podían ser más peligrosas que cualquier herejías y aniquilar el Evangelio.

El Papa Francisco no sólo tendría en el hermano de la creación al modelo de santidad para volver a la sencillez de la Iglesia y hacer cara a la corrupción y autosuficiencia denunciadas por Joseph Ratzinger en la semana santa de 2005; la formación jesuítica del Santo Padre también es un baluarte que encierra otras de las más grandes herencias de espiritualidad y reformas eclesiales. La Compañía de Jesús nació en la época de gran crisis, la reforma protestante;  en 1540, los ideales de San Ignacio de Loyola, (1491-1556) se cristalizaron en un grupo  o sociedad capaz de servir al mundo y estar en el mundo especializándose en ciencias, literatura, música y política, todo para la mayor gloria de Dios, la expansión del Reino y el bien del papado. La Compañía fue una obra adelantada a sus tiempos, su actividad quiso comprender la mentalidad del mundo para convertirlo, acción en la contemplación, itinerancia, mística de Iglesia, obediencia y desarrollo de la libertad, sin olvidar la gran capacidad misionera en tierras de lejano oriente teniendo en San Francisco Javier, tal vez otro modelo del nuevo Papa para escoger el nombre, el gran apóstol que llevó el cristianismo a tierras ignotas quien fuera canonizado, junto con San Ignacio, 391 años atrás, el 12 de marzo de 1622, en el pontificado de Gregorio XV.

La elección del Santo Padre Francisco encierra esperanzas para volver a una Iglesia sencilla y límpida capaz de trabar el diálogo recristianizante a la manera de Ignacio y Francisco. En la Edad Media, la Iglesia enfrentó las crisis heréticas y del poder que ancló en las posesiones; en el Renacimiento tuvo que renovarse o morir cuando la oferta cristiana no fue capaz de impactar y la Iglesia estaba esclerotizada. Una cosa es segura, con el Papa Francisco no veremos esos efectos liberales de falsa modernidad que algunos desearían ver en la Iglesia; por el contrario, el nuevo Papa está formado en una espiritualidad que será capaz de dialogar, anunciar y denunciar sin poner en consensos el patrimonio del Evangelio y de la tradición de la Iglesia.

La vida de Ignacio y Francisco ahora se cruzan en el nombre de un argentino llevado al trono de Pedro. Sólo en su corazón guarda el profundo secreto que lo llevó a tomar un nombre tan conocido y querido por todos. Pobreza, para dar a conocer que la Iglesia tiene un fin sobrenatural y glorioso, unidad del Papa con el pueblo porque el Papa también es Iglesia; amor y reparación, paz y bien, todo a la mayor gloria de Dios. Quizá, en esa reflexión al aceptar el cargo para ser sucesor de San Pedro, el Papa Francisco tenía en su mente ese Cristo de San Damián al cual oró como el santo estigmatizado: “Sumo, glorioso Dios, ilumina las tinieblas de mi corazón y dame fe recta, esperanza cierta  y caridad perfecta, sentido y conocimiento, Señor, para que cumpla tu santo y verdadero mandamiento”, porque de labios de Cristo, el Cardenal austral escuchó: Francisco, vete y repara mi casa. ¿No ves que está a punto de arruinarse toda?

Guillermo Gazanini Espinoza / CACM.

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