Vaticano

Señor, ¿por qué me pides esto? Y ¿qué me pides? Gracias Benedicto XVI

Una audiencia histórica, quizá ha roto las cifras de asistencia, en la Plaza de San Pedro doscientos mil se han congregado para escuchar la palabra de quien transmite la Palabra y, otros, millones, siguen por medios electrónicos. La última aparición pública de un Romano Pontífice cimbró a todos los que atienden, no sólo por curiosidad, sino con interés al Papa vivo que deja un cargo de cual nunca estábamos acostumbrados a ver en estas circunstancias. Los ritos y gestos de despedida hacen ver al ser humano que ha hecho las cosas bien. Agradecido, queriendo abrazar a todos, acogiendo los gestos de cariño y de respeto a un hombre que dimitió, no por cobardía, presiones, especulaciones, peleas o camorras; no es un hombre que se baja del cargo por escándalos morales personales o por incompetencia; los criterios mundanos seguirán haciendo especulaciones para conocer qué o cuál fue la causa de la dimisión; el 24 de abril de 2005, Benedicto XVI diría a la Iglesia como flamante Pontífice, “Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”. Y eso pareció hoy en la audiencia general, enlazando comienzo y final.

Benedicto XVI muestra esta naturaleza divina y fragilidad humana de la Iglesia. Esta mañana, quienes pudimos oír este mensaje, fuimos estremecidos con el peso de las palabras, tal vez evidentes, pero que perdemos de vista al dibujar objetivos ajenos a la voluntad de Dios; la Iglesia – dijo- no es una organización, no es una asociación con fines religiosos o humanitarios, de esas hay muchas y muy buenas;  el Papa Benedicto, en medio de los escándalos y de las luchas intestinas por el poder, dejó claro que ser cristiano y pertenecer a la Iglesia tiene un sentido sobrenatural que rebasa cualquier estructura y escándalo, a pesar de que los vientos y los enemigos, aún dentro de ella, se empeñen a destrozarla y aniquilarle.

Su mensaje, como fue en abril de 2005, no contenía resultados grandilocuentes y ser recordado como los poderosos en los gobiernos. Como en aquel 24 de abril anunció algo escandaloso e inaudito para quienes ven a la Iglesia como cualquier organización: Está viva, en Ella viven millones, hermanos y hermanas en comunión en un solo bautismo, una sola fe y un solo Señor, Jesucristo. Que el Papado no es cosa sólo de los hombres y quienes llegan a él deben escuchar los designios misteriosos del Señor Jesucristo quien prometió que estaría con Ella hasta el final de los tiempos.

En abril de 2005, sabiendo del peso de esa responsabilidad, confiado en el poder de Dios, habló, como si fuera una confidencia, a los millones que seguíamos esa misa de apertura de su Pontificado, Señor, ¿por qué me pides esto? Y ¿qué me pides? “No estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo”, porque detrás de Benedicto XVI no está sólo la fuerza del ser humano anciano por el peso y la carga de una grave responsabilidad; detrás de Joseph Ratzinger, como diría esta mañana, el Papa llevando con alegría el peso del ministerio petrino, el Señor me ha puesto al lado a tantas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia, me han ayudado y han estado cerca de mi.

El Papa Benedicto XVI será largamente recordado no por el hecho de haber dimitido. Fue el Papa que en ocho años persiguió la corrupción y exhibió que la Iglesia no es propiedad de nadie, su timidez –dicen- no es producto de la personalidad de un hombre apocado, más bien en Benedicto XVI se ha demostrado la sencillez y la humildad de saber hacer lo que Dios quiere, a pesar de la amargura del cáliz.

En el último tuit de su cuenta @pontifex, invitó al redescubrimiento de la alegría cristiana. Alegría brotante del estupor de la resurrección. A pesar de que ese tuit fue respondido con las ofensas y altanería de los que aún no han escuchado el mensaje de la realidad de ser hijos de Dios amados en Cristo, los 130 caracteres de la red social alojan esta infinita realidad anunciada por el Maestro hace muchos años. Que la alegría brota del peso mismo de la Cruz que se salva por el crucificado y no por los crucificadores.

El anciano hombre, agotado por el peso del papado, de las traiciones, de los vatileaks, del dolor de los pederastas, de las desconfianzas, de las intrigas y de las infamias, de la corrupción y de los intereses personales, de la vanidad y de infidelidad, no tuvo palabras de descargo o desprecio. Sencillamente, como llegó, como hombre de fe y caridad, fue agradecido, a todos, a cada uno de los seres humanos, extendió sus brazos y los albergó porque cada persona está vibrante la Iglesia de Cristo. Como en ese abril de 2005 volvió a dar testimonio de ese  Señor que  “ha puesto al lado a tantas personas que, con generosidad y amor a Dios y a la Iglesia, me han ayudado…”

Amar a la Iglesia –dijo- implica tener el valor de tomar decisiones difíciles. Benedicto XVI, hombre que padeció los horrores de la guerra, que ha sufrido los sinsabores de la vida y de la traición como Jesús, optó de cara a Dios en una decisión en libertad como don, en el santuario de la conciencia que acepta la cruz de una forma distinta. Benedicto XVI, para medios de comunicación y especialistas, estará al lado de otros pontífices como Celestino V o Gregorio XII, pero yo lo recordaré en la constelación de otros grandes Papas, de Gregorio Magno, Pío X, Juan XXIII o Juan Pablo II, que guiaron a la Iglesia y nos han dado, de nuevo, la oportunidad de verla no como una obra humana sino como la Iglesia que vive en el resucitado.

Benedicto XVI ha sido un signo de contradicción. Su humildad ha ido contracorriente de lo que nos parece normal y ordinario: Poder, vanidad y soberbia. La catequesis de esta última audiencia nos remite a la primera homilía en el inicio de su pontificado: No es el poder lo que redime, sino el amor. Éste es el distintivo de Dios: Él mismo es amor. ¡Cuántas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte! Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y a la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y, no obstante, todos necesitamos su paciencia. El Dios, que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres. Si él agradeció, es de seres libres, agradecer y reconocer este legado. Como millones, yo también digo gracias Benedicto…

Guillermo Gazanini Espinoza / CACM. 27 de febrero.-

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