Iglesia

La Iglesia católica frente a sus nuevos retos

Medio siglo después del histórico Concilio Vaticano II que “abrió las ventanas” de la Iglesia católica al mundo, el papa Benedicto XVI convocó otro para intentar revitalizar un mensaje que se quedó a medio camino.

Durante tres semanas, desde el pasado 7 de octubre, unos 260 obispos llegados de todo el mundo se entregarán en Roma a una larga introspección, para intentar responder a una pregunta esencial para el futuro de la institución: ¿cómo se puede convencer, en las sociedades contemporáneas fuertemente descristianizadas, de la pertinencia del mensaje cristiano?

La pregunta es vieja, casi tanto como la misma Iglesia católica. Pero adquiere una actualidad particular en un contexto de pluralismo religioso y cultural que se difunde ahora a gran velocidad; mientras que la Iglesia, a menudo a contra corriente, no ha renunciado a tomar parte en los debates éticos y antropológicos que sacudas a las sociedades modernas.

Para preparar el sínodo dedicado a la “nueva evangelización”, la Iglesia analizó sin complacencia las razones, internas y externas, que, desde hace varias décadas, confirman una desafección de la creencia de la práctica religiosa tanto en los países del Norte como del Sur. Los obispos están claramente inquietos ante la “silenciosa apostasía” de una parte de los fieles que se han alejado de la Iglesia.

Con lucidez, éstos han apuntado a la vez “la credibilidad de las instituciones eclesiales”, “la burocratización excesiva de las estructuras institucionales”, “la insuficiencia numérica del clero”, “celebraciones litúrgicas formales y rutinarias”, o, más inquietante aún, el fracaso de la Iglesia “en dar una respuesta adecuada y convincente a los desafíos” del momento. Debilidades tanto o más preocupantes ya que éstas se inscriben, según los obispos, en un contexto hostil, marcado por los estragos de “espiritualidades individualistas”, el “neopaganismo”, “el nihilismo cultural”, la “cerrazón ante la transcendencia” o “los nuevos ídolos que son la ciencia y la tecnología”.

Esta voluntad de analizar sus propias debilidades y de encontrar un remedio es loable, y, a ese nivel, única dentro de las grandes religiones.

Pero mientras que con el cincuenta aniversario del Concilio Vaticano II se perfilan largos meses durante los cuales los católicos del mundo van a ser interpelados a extraer el balance y las enseñanzas de un examen de conciencia de alguna manera más importante, ¿el reto para la Iglesia católica reside solamente en la manera de llevar su mensaje? ¿O en la evolución de una parte de ese mensaje?

Hay consenso en que el Vaticano II, abrió la Iglesia al mundo.

El concilio produjo elementos de ruptura pocas veces igualados en la historia de los concilios: ya sea que se trate de la afirmación de la libertad religiosa, de las nuevas relaciones con el judaísmo, de la incitación a los fieles a abocarse al estudio de la Biblia, de una liturgia más accesible… Según algunas interpretaciones, conservadoras para no decir integristas, estas evoluciones precipitaron la crisis de la Iglesia católica. Otras corrientes defienden al contrario la idea de que, sin el Vaticano II, el desfase entre la Iglesia y la sociedad sería hoy abismal.

Una cosa es cierta: el Concilio Vaticano II y las reflexiones que siguieron dejaron en barbecho la mayoría de los puntos de crispación que enfrentan en la actualidad a la audiencia de la Iglesia.

Fuente; Milenio

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