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Candidatos y políticos como Dios manda

Hace unos días, los medios de comunicación dieron a conocer la particular y curiosa amenaza hecha por un candidato a ocupar una curul en la Cámara de Diputados por el tercer distrito electoral del Estado de San Luis Potosí. El avispado candidato, aprovechando la necesidad e ignorancia de los electores, afirmó que estaría vigilando a los votantes gracias al satélite de su propiedad que estaría escrutando las casillas y así conocer quiénes votaron a su favor. Los medios lo llamaron el “candidato satélite”, hombre que, aprovechando la posición política, se mueve en la mentira, el abuso y los amagos, amén del uso de las mañas conocidas para capturar el sufragio y el dispendio de ayudas en especie. Esa es la imagen del político mexicano: ladrón, sinvergüenza y cínico que se burla de los electores.

Es difícil conocer a un político con las cualidades necesarias para aspirar al gobierno. En México hay una cultura desafortunada donde los servidores pueden moverse en la impunidad más absoluta porque se creen en el derecho de estar por encima de la ley. No obstante, la sociedad civil reclama de ellos el mínimo de coherencia por ser ésta una nación muy lastimada por todos los partidos y exige de ellos transparencia y sinceridad en sus aspiraciones conociendo su trabajo y trayectoria.

Con el fin de acercarse a las plataformas y personalidad de los candidatos a la presidencia de la República, los obispos de México, en su XCIII asamblea ordinaria, recibieron a los cuatro presidenciables para cuestionarles sobre temas que interesan a la comunidad católica y al pueblo de México en general. Fruto de estos encuentros fueron la serie de conclusiones con el fin de orientar el voto de los católicos, sin incidir directamente en preferencias partidistas y animar a los “fieles cristianos a participar de una manera informada, consciente y responsable de la gran fiesta democrática programada para elegir el próximo primero de julio a nuestras autoridades federales”. (CEM. La democracia en México ha de consolidarse en la paz, el desarrollo, la participación y la solidaridad, 29 de marzo de 2012, No. 1).

El 24 de noviembre de 2002, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Joseph Ratzinger, dio a conocer la Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al comportamiento y conducta de los católicos en la vida política, documento de lineamientos definitivos que involucran a los creyentes en la participación política  ya que a los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales(Constitución Lumen Gentium, 31) para promover paz, justicia, esperanza y caridad.

Al cumplir con los deberes de ciudadanos, los creyentes impulsan esta renovación de la condición política más aún si algunos de ellos desarrollan la labor delicada de gobierno y de administración de recursos públicos; sin embargo, la ideología laicista que aún impera en este país distorsiona las conciencias provocando una dicotomía entre convicciones y  vida pública. Una idea desafortunada y desgraciada, fruto de los años de hegemonía política, fue esa cultura de la impunidad. Muchos se conformaron con ver a los grandes en el poder, se podía perdonar todo con tal de que salpicaran a los de abajo. También permeó el influyentismo y los compadrazgos. Católicos, y quienes no lo son, buscaron los favores de los ungidos en los cargos para tener palancas y, por el uso de coto de poder, beneficios del sistema político y las estructuras. Lemas y frases dieron identidad a la clase gobernante y política,  “un político pobre es un pobre político”, “el que no transa no avanza”, “presidente que devalúa se devalúa”…

La política, de acuerdo a la doctrina social de la Iglesia, deben tener un principio rector fundamental: la persona y no debe ser una práctica para encubrir corruptores y justificar colectivismos. Afirma la nota citada: La estructura democrática sobre la cual un Estado moderno pretende construirse sería sumamente frágil si no pusiera como fundamento propio la centralidad de la persona. El respeto de la persona es, por lo demás, lo que hace posible la participación democrática. (Num 3.)

La doctrina cristiana es instrumento ideal para examinar esta cuestión social en la que se encuentra México. Cada católico, responsable y consciente de su realidad, debería advertir que estos esfuerzos de orientación de la Iglesia conducen a un fin que es la realización de una democracia ajena a cualquier elemento que pudiera prostituirla. Esto deriva a un compromiso directo y sin pretextos: Los católicos… tienen el derecho y el deber de intervenir para recordar el sentido más profundo de la vida y la responsabilidad que todos tienen ante ella (Num 4). De inmediato algunos podrían alegar que la Iglesia sólo debe ocuparse de cosas espirituales y “no dar más poder a los padrecitos”; sin embargo, la Iglesia no vuelve por sus fueros perdidos, gracias a Dios. Los obispos mexicanos han apelado a una intervención efectiva de los creyentes tomando como punto central que la institución eclesial jamás favorecerá el partidismo, pero sí promoverá y defenderá los temas que conciernen al ser humano materia de plataformas partidistas y de candidatos. En el pasado, la disidencia contra tiranos y regímenes autoritarios se gestó desde las Iglesias y de ahí brotaron las acciones efectivas y defensoras de la dignidad de la persona; la promoción del bien común no tiene nada qué ver con la “confesionalidad” religiosa ni es un tema laicista exclusivamente, ocupa a todos, tiene que ver con la democracia, la solidaridad y la justicia y más aún en este momento crucial donde los partidos políticos disputan el voto con ofertas, promesas y discursos mismos que, desafortunadamente, han suscitado la desconfianza y la apatía de los millones de ciudadanos.

La enseñanza de los obispos mexicanos, por otro lado, traza la senda para el perfil del político idóneo. ¿Quién sería un político ideal, un político como Dios manda? De manera inicial, la representatividad exige que los candidatos eviten la corrupción política, (CEM. “No hay democracia verdadera y estable sin participación ciudadana y justicia social” No 43). Y no falta razón a purpurados ya que el índice de Percepción de la Corrupción 2011 de Transparencia Internacional publicó un listado de 182 países calificando del 0 al 10 a cada uno de ellos donde el cero correspondería a las naciones más corruptas y el 10 a los países donde prácticamente la corrupción está ausente. México ocupa el lugar 100 de esa lista con una calificación de 3.0, empatado con Burkina Faso, Madagascar, Indonesia, Argentina, Malawi, Gabón, Benín y Tanzania. El antídoto para contrarrestar el veneno de la corrupción está en la honestidad de los políticos (No. 44) que permita percibir al candidato como confiable, transparente, coherente y que ostente en su persona valores como la lealtad, la veracidad y la honradez.

El buen político es cercano a la gente. No sólo tiene conocimientos de escritorio, sino que es capaz de ir al campo de batalla para constatar y escuchar las necesidades de los electores que le permita descubrir las exigencias del bien común. Los obispos llaman a esto una “vocación”, estar al servicio de los ciudadanos. El candidato debe ser reconocido en su compromiso con la justicia. La coherencia de la persona afirmará la fuerza de la verdad en él y si esto es posible en los candidatos, obrarán en consecuencia para dar a cada quien lo suyo y exigir derechos y cumplir con los deberes. (CEM. Mensaje de los obispos del Estado de México con motivo de las elecciones del 5 de julio de 2009. No. II g). Esto trae aparejado una sensibilidad especial por los más pobres, los excluidos y los indefensos que debe demostrarse no sólo en tiempos de campaña sino en la vida diaria. Y es que aprovechando las campañas, los candidatos se presentan en las zonas marginadas de las grandes ciudades aprovechando la coyuntura para ofrecer hasta las perlas de la virgen con el fin de obtener el voto. Y la queja de la ciudadanía es la misma: El candidato vino a prometer aprovechando la pobreza… Una vez que está instalado en el poder, se olvida de ella.

Preocupados por el bien común y destino de México, los obispos consideran que las propuestas de candidatos y de partidos deben atender los graves problemas de nuestro país, a través de la participación de las fuerzas económicas para la generación de oportunidades para todos los ciudadanos, las reformas legislativas urgentes, la consolidación del Estado de Derecho, la reconstrucción del tejido social para propiciar la paz, la protección del trabajo, la calidad educativa, el apoyo al campo y el cuidado de los recursos naturales y del medio ambiente. (CEM. La democracia en México ha de consolidarse en la paz, el desarrollo, la participación y la solidaridad. 29 de marzo de 2012, No. 36)

No obstante el desencanto popular, la jerarquía episcopal invita a los cristianos a seguir formándose en una actitud responsable para no eximirnos de la tarea política. Si queremos políticos íntegros, los obispos de México animan para que todos seamos “testigos de la esperanza” y “superar la tentación del desaliento que justifica la abstención” porque “no se puede cambiar en pocos años ni en los primeros intentos un sistema y estilo de vida autoritario que se construyó por décadas”… (CEM. “No hay democracia verdadera y estable sin participación ciudadana y justicia social” No 52).

Un buen signo de este interés ha partido de los jóvenes universitarios. El afortunado y oportuno Editorial del semanario de la arquidiócesis de México Desde La Fe, publicado el domingo 3 de junio, aplaudió las iniciativas del movimiento #YoSoy132. Ante el desencanto electoral, la apatía y la desilusión por los candidato vacíos, el Editorial no duda en afirmar que los jóvenes universitarios llegan como una refrescante lluvia en medio del calor, para hacernos pensar y sentir, para sacarnos de nuestra rutina y redescubrir la importancia de cada momento. En todo movimiento social hay muchos riesgos, y cuando se trata de jóvenes, todavía más, pero cuando hay ideales de por medio, siempre está la posibilidad de abrir mejores horizontes. Hasta ahora han mostrado audacia para hacerse oír, y prudencia para no caer en provocaciones. No podemos sino agradecer estas nuevas voces en el camino electoral, que exigen un  nuevo escenario en las definiciones políticas.

La exigencia, por lo tanto, es contundente para los candidatos. Un político, como Dios manda, debe vivir y actuar en la verdad, exigencia mayor para los que dicen ser fieles y devotos católicos. Es una sacudida a nuestra conciencia para emitir un voto ponderado y defenderlo ante cualquier intento de robo, estafa, burla, chantaje, compra y engaño que provenga de todos los que aspiran a un cargo público confiado por el pueblo.

Guillermo Gazanini Espinoza / Secretario del Consejo de Analistas Católicos de México. 04 de junio.-

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