La columna del Obispo

La Columna del Obispo: LA CORRUPCION EN EL TEJIDO SOCIAL

Transparencia Mexicana publicó hace unos días el Índice Nacional de Corrupción y Buen Gobierno (INCBG) correspondiente a 2010 en el que se miden los niveles de corrupción que se dieron en la realización de 35 trámites y servicios públicos (los más frecuentes y comunes), que fueron monitoreados y en los que se pagaron “mordidas” (sobornos) para su obtención. En el contexto social, político y cultural actual, hay un ingrediente que atraviesa por todo el tejido social y lo permea como la humedad en los muros: la corrupción, caldo de cultivo de la problemática que nos ha tocado enfrentar. Es como un virus que se penetra en el organismo y causa diversas enfermedades en el cuerpo social. Se da en las personas de todos los sectores sociales, en los grupos, en las instituciones. Tiene profundas raíces que impiden extirparla. Pero ¿qué es exactamente la corrupción, en qué consiste, qué actos la caracterizan? ¿qué conductas deben catalogarse como corruptas?. No es fácil dar una respuesta precisa. Podemos decir que en general es un acto contrario a la ley y al orden establecido o que nos lleva a violar la ley. Por supuesto que actos de esta naturaleza generalmente constituyen un delito y deberían estar penados. Sin embargo, ordinariamente quedan sin castigo, gracias a la complicidad de quienes deberían censurarlos. Así la corrupción se alimenta con la impunidad. Podemos decir que la corrupción se da en tres órdenes de la vida pública: en la política, en el orden económico financiero y en la impartición de justicia. Políticos corruptos, empresarios y comerciantes corruptos, jueces, ministerios públicos y policías, constituyen una fauna de ciudadanos corruptos. Los demás ciudadanos somos víctimas unas veces y otras cómplices de la corrupción en nuestra vida social. La práctica más común y generalizada es el soborno o “la mordida”, como le llamamos en México, que se da a cambio de facilitar y poder realizar un trámite, conseguir un permiso o evitar una multa. A otro nivel son las dádivas o comisiones que se dan para obtener un contrato. Por parte de los funcionarios de gobierno la corrupción más común consiste en hacer uso del poder en beneficio propio o de intereses particulares. Entre las causas que provocan la corrupción podemos mencionar: la falta de formación moral de las personas, la carencia de educación y cultura, la impunidad con que se violan las leyes sin ningún castigo, y muchas veces, como ya hemos dicho, la complicidad de las autoridades y de la ciudadanía. Para combatir la corrupción es necesario acabar con tanta tramitología ineficaz y engorrosa; pero principalmente con la falta de transparencia y rendición de cuentas de los funcionarios públicos. Simplificar los trámites y permisos y dar certidumbre legal a las empresas es incluso una condición indispensable para promover las inversiones. Consecuencias de la corrupción: La corrupción política, como enseña el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, «compromete el correcto funcionamiento del Estado, influyendo negativamente en la relación entre gobernantes y gobernados; introduce una creciente desconfianza respecto a las instituciones públicas, causando un progresivo menosprecio de los ciudadanos por la política y sus representantes, con el consiguiente debilitamiento de las instituciones» (n. 411). La corrupción no solo impacta la economía de un país y debilita el buen funcionamiento del Estado, sino particularmente impide el desarrollo humano de las personas y su calidad de vida. La sociedad entera se vuelve menos justa y menos abierta. Se impone así la necesidad de tener un mejor conocimiento del fenómeno de la corrupción, tomar conciencia de su gravedad, precisar los métodos mejores para contrarrestarlo y clarificar la contribución que la Iglesia y la sociedad civil pueden aportar para llevar a cabo esta difícil empresa. En particular en una siguiente entrega, reflexionaremos sobre lo que la doctrina social de la Iglesia nos enseña sobre este tema.

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