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San Juan Diego y la dignidad de los indígenas

“Su confianza en Dios y en la Virgen; su caridad, su coherencia moral, su desprendimiento y su pobreza evangélica. Llevando una vida de eremita, aquí, cerca del Tepeyac, fue ejemplo de humildad” (Juan Pablo II, 6 de mayo de 1990). El Papa Juan Pablo II canonizó el miércoles 31 de julio del 2002 a Juan Diego, quien se convirtió así en el primer santo indígena de América y, por lo tanto, del mundo. Con esta celebración, Su Santidad coronó una labor que realizó de manera constante en pro de la dignidad de los pueblos indígenas de todo el mundo, misma que inició precisamente con su primera visita a México, en 1979, cuando asimismo tuvo su primer encuentro con las culturas autóctonas, en Oaxaca. El 9 de diciembre celebramos la festividad de San Juan Diego, y es sin duda, una gran oportunidad de reflexionar nuestra fe cristiana, fortalecida con la aparición de la Virgen María de Guadalupe en nuestro México. Pero por otra parte, es importante tener en cuenta que en ese tiempo de la Colonización, los indígenas eran maltratados, golpeados, despreciados, asesinados, no se les respetada su dignidad de hijos de Dios (aunque esto, no ha cambiando mucho y tenemos aquí un gran reto como cristianos y como Iglesia de luchar porque se respeten los derechos de nuestros indígenas). En este sentido, la Virgen al elegir a Juan Diego un indígena, como su enviado ante el Obispo, para hacer patente su milagro del Tepeyác, le da un realce a su dignidad, no sólo a él, sino a todos los pueblos indígenas de México y del mundo. Aparecida dice que como Iglesia “acompañamos a los pueblos indígenas y originarios en el fortalecimiento de sus identidades y organizaciones propias, la defensa del territorio, una educación intercultural bilingüe y la defensa de sus derechos” (Aparecida Núm. 530). A partir de los principios del Evangelio, Aparecida apoya la denuncia de actitudes contrarias a la vida plena en nuestros pueblos originarios y la Iglesia hace el compromiso de potenciar la evangelización de los pueblos indígenas para que en Cristo tengan una vida digna y plena. Por otra parte, la Iglesia se compromete a estar atenta ante los múltiples intentos que existen por desarraigar la fe católica de las comunidades indígenas, con lo cual se les dejaría en situación de indefensión y confusión ante los embates de las ideologías y algunos grupos alienantes, lo que atentaría contra el bien de ellas mismas (Cfr. Aparecida Núm. 531). Es motivo de mucha alegría y esperanza que en nuestro V Plan de Pastoral Diocesano de Acapulco, dentro de los 15 proyectos pastorales, se haya retomado un proyecto dedicado a la pastoral indígena. Esto sin duda alguna va fortalecer la evangelización, la identidad y la defensa de la dignidad de los pueblos indígenas de nuestra Arquidiócesis. Que esta celebración de la festividad de San Juan Diego, nos lleve a cada uno de nosotros como cristianos a valorar, respetar, evangelizar y hacer sentir a nuestros indígenas que son nuestros hermanos de igual dignidad, que a pesar de tener una cultura distinta, vivimos en el mismo País y nos une la fe en un solo Dios. Debemos lograr que ellos no se avergüencen (por que nosotros así los hacemos sentir muchas veces) por el dialecto que hablan sea mixteco, tlapaneco, amusgo, etc., que no se avergüencen por cómo se visten, sino que comprendan que esto es una gran riqueza de su cultura que deben conservar.

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