La columna del Obispo

La Columna del Obispo: Los cuatro ejes de la existencia humana

1. Nuestra vida se desenvuelve sobre cuatro ejes: la realidad de nuestro ser en el entorno en que nos encontramos, la verdad, el bien y la belleza. Son estos cuatro valores los que dan sentido a toda vida humana. La carencia de estos valores se traduce en todo lo negativo que destruye y hace infeliz a la persona. 2. Toda carencia física o mental; los ambientes que degradan la calidad de vida; la ignorancia, el error, la mentira; el odio, la injusticia, la maldad con todas sus manifestaciones de violencia; la deformación y falta de armonía y belleza en las obras que se construyen, todo ello atenta contra el bienestar de las personas y de la sociedad entera. 3. La realidad de nuestro ser es muy compleja y en buena parte no depende de nosotros. Como seres humanos tenemos una naturaleza que no nos es dado cambiar: estamos dotados de un cuerpo y de un espíritu que lo anima. 4. Nacemos y morimos. Nuestra vida en este mundo es pasajera y transitoria. No elegimos a nuestros padres, ni el lugar y la fecha de nuestro nacimiento. Nacemos por lo general con un sexo determinado. Por estar dotados de un cuerpo compuesto de materia, estamos siempre situados entre dos coordinadas: el espacio y el tiempo. 5. En lo más profundo de nuestro ser hay un anhelo de conocer la verdad, de buscar el bien, de descubrir y contemplar la belleza. ¿Qué es la verdad? ¿En qué consiste el bien? ¿Dónde encontramos la belleza? Son realidades difíciles de explicar con pocas palabras. Es esto, sin embargo, lo que caracteriza al ser humano y lo distingue de todos los demás seres de la naturaleza. 6. Han sido los grandes filósofos (Sócrates, Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Agustín, etc.) los que han tratado de descifrar el enigma del ser humano. El hombre es un misterio. Precisamente porque en él hay “una interioridad”. Si tomamos una piedra podemos constatar que la piedra es solamente un mineral, por fuera y por dentro. Si observamos un animal vivo comprobamos que tiene vida orgánica, pero carece de una conciencia. En el ser humano hay un núcleo interior que es su espíritu y hay un centro de referencia, un sujeto consciente de sí mismo. 7. La persona es por eso un individuo dotado de una autonomía que lo hace ser él mismo, distinto de los demás, no obstante que posee una misma naturaleza. Es un “ser en relación”, capaz de comunicarse, capaz de expresar su interioridad, de manifestar sus sentimientos y sus ideas personales. Estamos hechos para vivir en relación con los demás. Somos seres sociales por naturaleza. 8. Pero lo más maravilloso que hay en nosotros es la libertad, la capacidad de decidir nuestros actos y de elegir los motivos que nos llevan a obrar en una forma u otra. No estamos predeterminados a actuar necesariamente en un sentido, si bien hay en el ser humano un instinto de conservación y supervivencia. Tanto se ha exaltado en nuestros días la libertad subjetiva de la persona que se ha llegado, desde mi punto de vista, a excesos que desvirtúan el verdadero sentido de lo humano. 9. Esta grandeza del ser humano está bellamente expresada en el Salmo 8, donde se dice: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el mando sobre las obras de tus manos, todo lo sometiste bajo sus pies: rebaños de ovejas y toros, y hasta las bestias del campo, las aves del cielo, los peces del mar, que trazan sendas por el mar. 10. ¿Qué es entonces lo que hace que haya seres humanos que se dedican a cometer los actos más inhumanos como si fueran bestias? ¿Por qué han perdido lo más noble de la naturaleza humana? ¿Qué los ha llevado a perder su dignidad de personas? Es este el misterio de la iniquidad en el mundo. ¿Cuál es el origen del mal? ¿Por qué Dios no lo impide? Continuaremos reflexionando sobre el tema en entregas posteriores.

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